Domingo, 25 Agosto 2019

Olor a sal. Un relato breve de David González Sellés

PUBLICADO EL Sábado, 09 Marzo 2019 10:19 Escrito por David González Sellés
Soledad del marinero en la mar Soledad del marinero en la mar

Nota de la dirección de La Tribuna de España 

Sólo unos pocos nombres (del extraordinario equipo que hace posible que, día a día, el GRUPO Tribuna de España cumpla con su misión) les resultan familiares a nuestros lectores: pero más allá de los imprescindibles y populares Marcos Larrazábal, Bernardo Maqueda, José Antonio BielsaDaniel NegrolesGermán Junqueras, Ignacio Fernández Candela, Carlos León Roch, Paco Vera, Víctor Viciedo, Sergio Pérez-Campos, Diego Camacho, Adrián SalbuchiAndrés Hernández, Manuel Parra Celaya, Ramiro Grau, NostraLaureano Benítez, Juan LankampMartín OstosCarlos Roldán, Fray Job, Miguel BlascoPatricio Carrasco, Ladrón de Guevara, Guillermo Rocafort, Javier Navascués, Inma Sequí, Juan Mariano Pérez AbadHonorio Feito, José Carlos ValverdeJason Ditz, Francisco Martínez, Brian Cloughley, Matías Montero y sus viñetas, Noelia de Trastámara, Eduardo Martín Duarte, Milenko Bernardic, Pedro Rosillo, Gonzalo Suárez PalacioMiguel Hedilla, Luys Coleto, Sergio Martínezlas producciones audiovisuales de Carlos G. Senra...-seguro que, por culpa de la memoria de este viejo reportero, que ya comienza a dar señales de próxima caducidad, soy injusto y olvido a alguno- existen otras personas que no son conocidas, rostros no populares para el lector de La Tribuna de España, colaboradores anónimos que todos los días trabajan para aportarnos información, para distribuir en redes sociales nuestras noticias, para darnos soporte técnico e informático, para realizarnos grabaciones de vídeo...

Fíjense si estas personas anónimas son importantes que, el trabajo de alguna de ellas es mucho más importante que el mío: sin ir más lejos, a ustedes no les dirá nada el nombre de Rosa. Bueno, pues ninguno de nuestros 8 digitales saldrían cada día, ni nuestra emisora de radio podría escucharse, ni se verían nuestros vídeos en nuestro Canal Youtube si no fuera por una mujer que está 24 horas al día, siete días por semana, 31 días al mes... al mando técnico de toda esta embarcación que cada vez es más grande y -en consecuencia- mucho más compleja.

O María "La Rumana" (aunque en realidad se llame Mariana -que ni siquiera tiene apellido- bueno claro que lo tiene pero prefiere mantenerlo oculto) -otra mujer maravillosa- nuestra extraordinaria fotógrafo.

O Alba Sánchez, camarada para todo, para poner su voz a los vídeos, para reclutar "repetidores en las redes sociales"...

Mariajo Ruiz, "Mi Mariajo" (para encabronamiento de las locas feministas que creen que eso del "MI" tiene que ver con el heteropatriarcado) siempre compartiendo las noticias en Facebook, Twitter, Instagram, haciendo que los enlaces de La Tribuna de España lleguen hasta La Patagonia Argentina

Una de estas personas -cuyo trabajo es fundamental para el funcionamiento de este proyecto periodístico alternativo- es David González Sellés, un hombre de una cultura impresionante y con unas vivencias que sólo algunas profesiones como la suya (capitán de marina mercante) pueden aportar.

Además, David fue la persona que más me ayudó en mi salida de España, me proporcionó contactos en el extranjero, personas que se encargaran de mi protección, relación -imprescindible en mi caso- con quienes se dedican a "fabricar" documentos idénticos a los oficiales...

Amigo, colaborador diario y anónimo, siempre entre bambalinas (por un sentido franciscano de la humildad y no por miedo a la exposición pública); un día leí este texto que hoy publicamos de su autoría y decidí hacer una excepción y abrir una ventana a la lectura de un relato literario, corto pero intenso, amargo pero veraz: la vida misma.

Y es que David González Sellés representa a otras muchas personas sin las cuales sería imposible que nos hayamos convertido en una referencia del periodismo alternativo. A todos ellos -y como decía José Antonio- "Nada de un párrafo de gracias, escuetamente gracias como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo".

 

 

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de Justicia, porque ellos serán hartos

 (Sermón de la montaña)

 

 

Algún día me podréis preguntar:

¿Porqué, marido, te roba esa puta de ojos cambiantes, que te devora, te devuelve decrepito y casi eternamente melancólico?

¿Porqué, marido, te roba?

¿Porqué ya… papá?

 

 

Y yo, ahora, ya me pregunto:

¿Porqué Tú, a quien enseñaron me a amarte, no me dejaste ser como soy yo?

¿Por qué ya casi no veo?

¿Y si al termino, el mundo es salvado por los escépticos?

 

 

 

Toc… toc

Don José, son menos cuarto.

Gracias, estoy despierto. Casi siempre estoy despierto.

 

NO PUEDO DECIRTE CUAL ES MI MUNDO, PERO DESDE LUEGO ESTE NO ES.

 

Paco

B/R Cazorla

Coatzacoalcos, México - 06.02.85

 

 

No hay momento más triste,

ni de mayor agonía,

que largar amarras

en el puerto que amaste.

Dejar por la popa un día,

ese refugio del alma;

y navegar por los mares,

con tu soledad buscando,

los recuerdos en la mente,

de los momentos gratos

que nunca volverán.

Recuerdos de mil noches,

en tabernas de puertos,

queriendo vivir en horas,

esa vida que se pierde

escapando de las manos.

Tener vacía la mente,

ver la mar y las estrellas,

y viendo el horizonte,

pensar en la muerte,

tratando de encontrar,

esa paz que anhelas,

esa felicidad que dejaste,

un día al largar amarras

del puerto en que amaste.

 

B/B Unamuno

Alejandría

 

 

01.12.81

Quiero dedicar este relato, a todos los marinos y a aquellas personas que están solas y alejadas de sus hogares y seres queridos; así como a sus madres, esposas, hijos y amigos; pero en especial, a la persona que no pude conocer mejor y cuyo recuerdo me ha obligado a escribir esto.

Escrito a bordo del B/R Reres

Dos Bocas, México - 24.04.83

 

Revisado a bordo del B/R Cazorla

Coatzacoalcos, México - 06.02.85

 

 

Estaba sentado en el espigón con la vista clavada en el horizonte, la barbilla, apoyada en las rodillas, mientras sus pies descalzos eran bañados, esporádicamente, por la creciente marejada.

 

El cielo estaba completamente encapotado y no tardaría en llover.

 

Un rayo cruzó el firmamento, que desgarrándose con un grito conmovedor, comenzó a derramar sus lágrimas por doquier; era lluvia estival, que pasaría pronto.

 

Él, seguía allí, imperturbable, con la mirada clavada en ese horizonte, donde apenas comenzaba a dibujarse la silueta de un vapor, tratando de ganar puerto.

 

Arreció la lluvia y el mal tiempo, por lo que tuvo que ganar altura en el malecón, para que no le alcanzase la marejada.

 

Encontró cobijo entre dos grandes bloques de piedra y allí se quedó, empapado; mirando ese horizonte que se desdibujaba por momentos y a ese viejo vapor que luchaba con la mar, remontándola, encapillando sus golpes y alzando su proa airosa.

 

Tras varias horas, el vapor cruzó frente a él, a dos millas tan solo, capeando por estribor, una mar embravecida.

 

El vapor, esperó el momento oportuno para maniobrar. Cuando llegó, una gran humareda negra emergió de su chimenea, como si retara al temporal y virando  a babor con rapidez ofreció su popa a la mar.

 

La mar lo tambaleó, izando su popa, de  estribor a babor, como queriendo desviarlo de su rumbo, a punto de zozobrar.

 

El viejo vapor, rebasó el espigón; y ya, al abrigo del mismo, reduciendo sus maquinas al mínimo, enfiló el canal de entrada al puerto. Su humo era blanco, como de alivio y descanso.

 

Él, seguía mirando el vapor; y en este momento comenzó a llorar, tiritando de frió, desahogaba su angustia.

 

En un día como este, en algún lugar del mundo, la mar impidió que volviera a abrazar a su padre.

 

Aún siguió un rato allí, inmóvil.

 

Se preguntaba:

 

¿Por qué la gente se hacía a la mar?

 

¿Por qué la mar les robaba a sus padres ..... sus maridos ..... sus hijos ..... sus amigos?, ¿Por qué?.

 

El “Soledad” atracó en el muelle comercial; y él se dirigió allí, corriendo.

 

El Soledad, era un viejo vapor, de tres islas, con su casco cosido con remaches. Era un barco viejo que aún cubría su línea, fiel a sus armadores y bondadoso con los que lo cuidaban.

 

Recalaba aquí, cada ocho o nueve meses; aunque a veces pasaban diez o doce.

 

A él le gustaba el olor del Soledad. Ese olor mezclado de oxido y sal que tiene el barco viejo. Le gustaba el olor característico de los muelles, que muchos puertos ya no tienen.

 

El olor que despiden los sacos de café, aún por tostar; el algodón, las trozas llenas de humedad, el maíz podrido en las brazolas de las escotillas.

 

Le gustaban esos colores, mezcla de gris, blanco, negro, siempre teñidos por el rojo amarillento que tienen las planchas viejas.

 

En el Soledad, nadie se extrañó de verlo llegar al portalón, pues ya lo conocían. Hacía tiempo que acudía a verlos y lo recibieron con alegría.

 

Para él, ellos eran sus amigos. Para ellos, él era como el hijo que estaba lejos y no podían abrazar; era como tener a los suyos cerca.

 

Lo secaron entre bromas. Lo vistieron con una camiseta vieja de marinero y un calzón corto, amarrado con una filástica, para que no se le cayera. Lo sentaron a cenar con ellos.

 

Era feliz y comió cuanto pudo; eran tiempos de posguerra y en tierra no abundaba la comida.

 

Escuchaba a los marineros. Le explicaban sus aventuras, de mil puertos visitados, con ese estilo rudo, casi animal, propio de la incultura, de los que algún día fueron como él y la vida no les enseñó nada más.

 

Se reían unos de otros, rememorando las experiencias del último puerto, entre palabras malsonantes; peleas entre ellos, con algún intruso que entró en las bodegas a robar, por alguna chica de mal o buen vivir en cualquier taberna del mundo.

 

Oía como fantaseaban con lo que harían al bajar a tierra, a las tabernas que irían, a las muchachas y no tan muchachas que achucharían.

 

Entonces apareció el segundo Oficial y un silencio sepulcral invadió el comedor; repartió la correspondencia. El silencio, siguió, mientras leían las cartas de sus esposas e hijos. A algunos, se las leía él, pues no sabían.

 

Al terminar, ayudó al marmitón a recoger la mesa. Al rato, subió un engrasador con su ropa seca, la sala de maquinas era una enorme secadora. Se cambió de ropa, pues tenía que regresar a casa.

 

Esperó en el portalón un rato. Sabía, que pronto se le unirían varios marineros; y así fue. Algunos no salieron, porque para ellos, todos los puertos eran iguales. A bordo, solo quedaron, ellos, los de guardia, y las ratas.

 

Los que bajaron a tierra, ya no estaban tan alegres como cuando los encontró al llegar. La correspondencia, les había hecho tocar su realidad y acordarse de los que querían y no podían ver ni abrazar. Se les pasará, pensó.

 

Conforme caminaban por los muelles se fueron animando y cuando llegaron a la salida del mismo, volvían a ser como antes. Él, se despidió, tenía que correr hasta casa para que su madre no se preocupara. A su madre no le gustaban los barcos ni los muelles.

 

Cuando llegó a casa, explicó a su madre donde había estado y que ya había cenado; también le dio dos latas de sardinas y café, que los marineros le habían dado. Ella sabía que el café era de los sacos rotos, pero lo podría vender al día siguiente y ganar algunas perras más.

 

Después de soportar la reprimenda de su madre por llegar tarde, se acostó y se durmió, enseguida, pero no sin antes notar como su madre lo besaba, pensando que no se daría cuenta, pues estaba enfadada. Su madre, no quería que andara con los marineros, temía que acabara como su padre.

 

Se durmió soñando. Soñaba con barcos, con piratas, con princesas, con todas las historias que le explicaban, con sitios desconocidos y el romanticismo por lo lejano; y una sonrisa quedó en sus labios, como de felicidad.

 

A trabajar empezó a los once. Su madre no estaba muy bien de salud aunque se mataba trabajando para alimentar a sus dos pequeños, la guerra civil la desgastó mucho.

 

Trabajó en un taller, hasta que una bomba lo destruyó. A él, lo llevaron al hospital, su madre se asustó mucho cuando acudió corriendo a buscarlo y no lo encontró. Las monjas lo trataron bien, le dieron sopa caliente y durmió en una cama que tenía las sabanas blancas, no amarillas como las de casa. Solo estuvo un día en el hospital, pero se acordaría siempre.

 

Había cosas que se quedaban grabadas y no se borraban nunca. Como aquella vez que de noche, vino un amigo de su padre. Habló con su madre y le entregó un viejo reloj que su padre tenía, una vieja gorra y algo de ropa. Cuando marchó, su madre los metió en la cama; y cuando pensó que se habían dormido, rompió a llorar. A su padre no lo vio más. De mayor, su madre le dijo que se lo tragó la mar.

 

A los doce entró a trabajar en una fábrica de paraguas, de ayudante. El capataz le enseñó a leer seguido. Con lo que le daba su madre, compró su primera novela y la leyó; luego la cambió por otra, y así cogió practica leyendo y sabiendo el significado de las palabras. Un día, vino la policía y se llevó al capataz, era anarquista y no lo vería nunca más.

 

El tiempo fue pasando, trabajando y estudiando; a la luz de una vela, acabó la carrera y salió de Alumno de Puente. Su madre se alegró; y aunque lloraba por dentro no le dijo nada.

 

Había llegado el momento en que él podría vivir todas las aventuras que le habían explicado. Podría conocer todos los puertos  y mujeres exóticas del mundo.

 

Y así fue, como tras gastar los mejores años de su vida, estudió una carrera para hacerse a la mar.

 

Texto de David González Sellés en exclusiva para La Tribuna de España

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Empezó a navegar con ilusión, enamorado de su profesión, de los barcos y de la mar.

 

Ahora, después de quince años, que lejos quedaba todo aquello.

 

¿Cómo decirle al mundo que era mentira?, que todo era falso.

 

 

Poco a poco, la mar, lo fue corroyendo, como a las planchas de su barco; habían envejecido juntos, se habían desgastado y oxidado a la par.

 

La mar, esa mujer caprichosa, acaparadora de vidas, que mece cuando conquista para hundirlas, cuando se cansa de ellas, en el océano de la soledad.

 

Que lejos estaba en su memoria. Le parecía mentira como, sin darse cuenta, había dejado de estar vivo, perdiendo el contacto con los seres queridos.

 

Para los que amaba, él era el aventurero que conocía mundo, que había estado en todas partes. Siempre podía hablar de algo distinto, de costumbres extrañas y culturas diferentes. Para ellos, él, representaba los sueños de aquellos que no osaron o no quisieron correr el mundo para verlo; porque sus raíces eran más fuertes que sus sueños.

 

Cuan lejos de la realidad era todo; y que precio tan alto había tenido que pagar a cambio.

 

A veces, no podía aceptar que estaba casado y tenía hijos. Era intangible, irreal; como si fuera algo que pasó en alguno de los puertos que estuvo en un continente remoto, del que tan solo restaba un vago recuerdo.

 

Y lo cierto, es que los quería y que la mayor parte del tiempo la pasaba pensando en ellos.

 

Pensaba, en las próximas vacaciones, haremos esto o aquello. Iremos aquí o allá.

 

Después, cuando llegaban las vacaciones tras los doce o catorce meses trabajando a bordo, se daba cuenta que su mundo no existía.

 

Llevaba días pensando en como los estrujaría con abrazos y besos cuando llegara a casa, pero al llegar, quería abrazar a su mujer e hijos, para decirles que los quería, pero no sabía hacerlo pues sus largas ausencias le hicieron perder la costumbre de abrazar y la familiaridad con los que amaba.

 

Papá, no te sientes ahí, que ese es mi sitio. Ahí tampoco, le decía el otro, que tengo que hacer los deberes.

 

 

La monotonía en la vida de los que amaba, de pronto, se veía rota con su llegada, con su intrusión; y se sentía un extraño en su casa, un extranjero en su propia casa.

 

Más tarde, a los quince días de estar con ellos, empezaba a  recuperar el tiempo perdido y a disfrutar de ellos otra vez, con cierta espontaneidad; a bañarlos y llevarlos al parque, a ser feliz.

 

Pero, al mes, cuando apenas comenzaba a disfrutar de ellos, las vacaciones se habían acabado.

 

Y llegaba el momento de la partida, siempre, con esa lacerante pregunta.

 

¿Papá, porqué te vas?

 

Y esa súplica desgarradora.

 

Yo no quiero que te vayas .... yo tampoco. ¿Por qué? ... ¿Porqué?.

 

¿Porqué preguntar algo que no tiene respuesta?.

 

Y esas odiosas maletas gritando de forma impertinente, desde la puerta de casa,  que las vacaciones se han acabado.

 

Siempre se le hizo angustioso ese momento, en cambio, nunca fue capaz de llorar; no porque no lo sintiera o no quisiera ni porque hubiera perdido la costumbre, sino porque sus lacrimales ya estaban secos, de tanta soledad, y quemados por el sol, la exposición permanente a las inclemencias y a la mar.

 

Otra vez, a vivir de los recuerdos. Del tiempo pasado con la familia, los amigos, los seres queridos. Otra vez a soñar con las próximas vacaciones. Siempre igual, con la mitad del tiempo mirando hacia la proa y la otra mitad a la popa; el futuro y el pasado, los sueños y los recuerdos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una copa y otra, para levantar el ánimo, para olvidar, para acabar desgarrándose por dentro en su soledad.

 

Pensando, que lejos está del mundo; de ese mundo que no conoce, de ese mundo que no lo conoce, para el que solo es un extraño, un borracho, pendenciero y mujeriego.

 

Las putas, la solución pasajera, un oasis en su soledad para poder abrazar a alguien; y cerrando los ojos, soñar que está con su amada, sintiendo el calor y el roce de un ser vivo a su lado.

 

Cuantas veces se había quedado extasiado con un amanecer de atmósfera netamente clara, con una nitidez asombrosa, donde los colores le recordaban la alegría de estar vivo; o con un ocaso con un cielo borrascoso, donde las nubes dejaban entrever reflejando los rayos del sol, todas las tonalidades del arco iris.

 

Cuantas veces se había relajado contemplando una mar plana, como si de una balsa de aceite se tratase, donde tan solo quedaba la arruga que le producía el barco al surcarla; y como la mar ocupaba dicho hueco generado, con rapidez,  como si quisiera mostrarle hasta que punto es imprescindible.

 

Cuantas veces se había asombrado por la grandiosidad de la mar embravecida rompiendo en cubierta.

 

Que gran placer había sentido al vivir todas estas emociones; y como se alegraba de que todavía le afectaran.

 

Que gran placer, paz, satisfacción, le producía contemplar las noches negras iluminadas por millones de estrellas; y escogiendo dos o tres, saber donde estaba y enmendar el rumbo.

 

Que relación más estrecha había mantenido siempre con la naturaleza; con ese silencio, donde no hace falta decir “te quiero”, porque es evidente y las palabras sobran; como los cálidos y silenciosos besos, que su madre le daba, cuando pensaba que dormía. No había que demostrar nada ni que decirlo, ahí estaba.

 

La mar, que mujer tan contradictoria, amante infiel y embrujadora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Había algo que no le gustaba, que le daba miedo, era la niebla. Que gran traición.

 

Esa niebla que difumina el horizonte, como la niebla del tiempo difumina los recuerdos haciendo imposible saber a que distancia y donde tenemos a los que amamos.

 

Niebla gris, difusa y húmeda, que aísla más aún, al difuminar el cordón umbilical que lo une a la naturaleza, al cielo y la mar, a los que ama y no puede ver.

 

Ese ambiente saturado de humedad y que mezclada con el polvo del Harmatán, a treinta o treinta y cinco grados de temperatura, le asfixiaba, impidiéndole respirar, ahogándolo aún más en su soledad.

 

Esa incertidumbre, de no ver la proa del barco, de estar a punto de colisionar, de no saber por donde se va ni si se llegará a algún sitio o no.

 

Esa sirena sonando constantemente, para avisar a otros buques de nuestra proximidad.

 

Ese vacío roto al escuchar la sirena de otro barco, sin saber donde está.

 

Y el sonido de las dos sirenas se torna de pronto en llanto de angustia en la que los dos barcos intentan evitar la colisión; y cada vez con mayor fuerza se oirán, conforme se acercan, como si el destino estuviera empeñado en unirlos, con lo grande que es la mar. Y una tercera sirena se unirá al llanto, pues no hay dos sin tres, tratando de evitar el abordaje, sin saber donde están los demás.

 

Pero al fin, mientras sus sirenas gritan y gimen, se rehuirán, pues su soledad es suya y nadie debe entrometerse en sus vidas.

 

Dejadle, dejad que el miedo con su sabor a bronce se aleje y pueda llegar a puerto seguro.

 

Dejad que siga su camino a ese puerto de esperanza, que lo frustrará de nuevo, pues nadie le espera, pues ese puerto no es suyo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Su puerto está a cientos de millas de distancia y a miles en el tiempo, porque su puerto es su hogar.

 

Su puerto es esa casa, comprada tras muchos sacrificios y que poco a poco adquirió personalidad propia, al llenarla de recuerdos, de momentos de alegría y llantos, hasta no dejar ningún rincón vacío.

 

Esos hijos que se han ido incorporando a su vida con toda la ilusión y alegría; esos hijos que casi no son suyos, pues apenas lo conocen.

 

Esa mujer que espera y espera, soñando siempre, que llegue el día que no tenga que marchar.

 

Esas miradas tiernas, húmedas cuando se encuentran, que demuestran todo el amor que un ser puede sentir y no puede explicar.

 

Esos brazos que se cierran, en torno a los seres queridos, tratando de fundir en uno, esos cuerpos separados.

 

Esas palabras, que no saben salir, por los años pasados, con el pecho constreñido y la garganta rota por el silencio de su soledad impidiéndole hablar.

 

Esa madre que ve, como la historia se repite, sin poder ni saberle decir que su soledad también es suya.

 

Ese tiempo endiabladamente sádico, que como un reloj de dos velocidades, se acelera en las vacaciones y ralentiza navegando. Como si el destino le jugara una mala pasada, acelerándolo a velocidad de vértigo, convirtiendo las semanas en horas y los días en segundos.

 

Y otra vez, esas odiadas maletas, impertinentes, impertérritas, avisando que el tiempo se acaba.

 

Y otra vez, esa angustia, esa despedida, esa agonía de tener que esperar un año más para volver.

 

Y otra vez, las mismas preguntas:

¿Por qué?

¿No tenía todo el mundo familia?

¿No vivía todo el mundo con sus mujeres e hijos?

¿No era su obligación como padre y marido estar con ellos?

 

Entonces, ¿por qué él no podía?

Dios¡ ¿por qué no le avisaste cuando aún era tiempo, antes de partir la primera vez, cuando apenas era hombre?.

 

¿Por qué no pudo ver crecer a sus hijos?.

Y ahora, después de catorce meses, aún no conoce al último.

La angustia lo iba colmando mientras la sangre le golpeaba las sienes.

 

Nada, nada tenía sentido, nada existía, no podía ser, todo era una pesadilla, un mal sueño. Su esposa, sus hijos, el barco, hasta él mismo era irreal.

 

Pero algo le decía que no, que no era ningún sueño, que era real pues tenía sus cartas; las había recibido en todos los puertos que tocaban, ellas, eran su ilusión por la vida.

 

Cuando llegaban, todos los trabajos se interrumpían, era el acontecimiento más esperado e importante en sus vidas y paraban para leerlas.

 

Las cartas eran su esperanza, el lazo que le unía a los suyos.

 

Después, cuando las leía, cuando contemplaba las fotos en su soledad, volvía esa opresión angustiadora, con más fuerza todavía si cabe; esa sensación de impotencia, de estar reprimiendo los sentimientos constantemente, la angustia.

 

Pero esta vez será diferente. Había ahorrado y pasará varios meses con su familia.

 

Quizás monte un negocio, aunque a lo mejor encuentra trabajo en tierra, ¿porqué no?.

 

Y de esta forma, va construyendo su propio castillo de naipes, un castillo en la arena hecho de ilusiones; de esas ilusiones que siempre tienen la misma forma, de hogar; volver a su casa.

 

Tan solo faltaban tres días para llegar a puerto. A su puerto. Tendría la oportunidad incluso de desembarcar donde vivía. Estaba rebosante de felicidad pues el próximo puerto era el suyo.

 

Por fin conocerá a su último hijo y abrazará a los suyos, para no zarpar nunca más; aunque eso sea el fin de su carrera profesional, ¿qué importa ya? Estará en casa, si, eso será.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Era de noche y hacía calor. No podía dormir. Se levantó y salió a cubierta.

 

Que noche más preciosa, que mar en calma, que estrellas.

 

Tan solo una ligera brisa, casi insuficiente para ahogar el calor.

 

Todo era quietud, calma reconfortante.

 

Inspiró fuerte varias veces, como tratando de inspirar la paz que lo envolvía.

 

El buque cambió de rumbo, matando la ligera brisa existente, al darle la popa; pero aún así solo subió un poco más la temperatura.

 

Se quitó la camisa mientras caminaba por cubierta.

 

Ahí estaba él, a solas con la naturaleza, a solas con Dios.

 

Ya no le ahogaba la ansiedad, la angustia había desaparecido.

 

Se descalzó; y quitándose los calcetines, los metió en los zapatos mientras ponía los pies en cubierta.

 

Sintió el fresco húmedo y la sal de las planchas.

 

Cerró los ojos y notó la presencia de su mujer e hijos mientras los veía. Era feliz.

 

La temperatura subió un poquito más y se desvistió del todo, colocando la ropa con sumo cuidado sobre sus zapatos.

 

Se quedó parado frente a la inmensidad de la mar y cerrando los ojos de nuevo extendió los brazos para abrazar a los que amaba, a sus seres queridos.

 

Los tenía allí, podía sentirlos. Por fin el destino había detenido el reloj del tiempo donde él quería.

 

Su sufrimiento había terminado, su soledad también, su dicha era enorme y por fin era feliz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eran las cuatro de la madrugada pasadas.

 

El Segundo Oficial mandó, de nuevo, al marinero a llamar al Primer Oficial.

 

A las cuatro y media avisó al Capitán y le dijo:

 

El Primer Oficial tiene la puerta del camarote cerrada con llave y no contesta.

 

El Capitán se levantó y abrió el camarote del Primer Oficial; este no estaba, el camarote estaba vacío, la cama sin deshacer.

 

El Capitán subió al Puente y mandó al Segundo Oficial y al marinero que buscaran al Primer Oficial.

 

A las cinco, el marinero encontró la ropa del Primer Oficial en cubierta, sobre sus zapatos.

 

Dieron aviso de Hombre al agua, al tiempo que viraban en redondo para buscarlo.

 

Otros dos barcos que había en la zona buscaron también.

 

Doce horas después se pusieron de nuevo a rumbo.

 

A él, nunca le vieron más.

 

Tan solo sigue existiendo en el recuerdo de los que le amaron.

 

 

 

 

 

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