Jueves, 20 Junio 2019

Un voto real. Artículo dominical de Manuel Parra Celaya

PUBLICADO EL Domingo, 26 Mayo 2019 10:48 Escrito por
¿Cuál es el mejor destino de las urnas? ¿Cuál es el mejor destino de las urnas?

 

 

Toda vez que no existe o es ineficaz el voto ideológico, en toda elección uno se ve abocado a aquello de votar lo que parezca menos malo, cuando no al voto de oportunidad o de rechazo a lo que le parece más nefasto para la comunidad en que vive.

Sin embargo, en el caso de los comicios para elegir nuevos Consistorios, así como en los que pueden llevar a Estrasburgo a representantes españoles con vocación europeísta, se me ha dado una oportunidad única de ejercer una suerte de democracia real, esto es, de votar con plena conciencia; se me preguntará cómo ello es posible, y la respuesta es muy clara: porque tengo dos amigos que ocupan unas cabeceras de lista, y cuyos nombres y siglas por los que se presentan no voy a divulgar naturalmente, por aquello del secreto a voces.

Con todo, votaré con cierto escepticismo, porque dudo, no de la inteligencia, honradez y buen hacer de mis amigos candidatos, sino de las maniobras legales (aunque ilegítimas) que pueden llevar mi papeleta y la de muchos ciudadanos al cajón de reciclaje de papel, suponiendo que exista.

Siempre he creído que los únicos comicios que pueden tener autenticidad son los de las localidades pequeñas, aquellos en que todos los vecinos saben de qué pie cojean los candidatos; allí se vota, no por siglas de partidos ni por ideologías más o menos etéreas, sino con cierta convicción de que fulano o mengano son personas cabales y preparadas para ejercer el cargo y de que mirarán por el bien de la población y sus necesidades y -aunque esto no se puede saber a ciencia cierta- que no echarán mano de las arcas municipales para sus haciendas privadas, en una u otra forma de corrupción política, ya que el ser humano es débil por naturaleza, y el sistema democrático aún más.

Conozco varios casos en que los habitantes de un lugar dieron su voto a quien sabían a ciencia cierta que no pensaba como ellos en el terreno de las ideas políticas, pero se trataba de una buena persona, capacitada y honrada a carta cabal. También me constan casos en que los elegidos no amparados por unas siglas tuvieron posteriormente que fichar por un partido determinado, si es que querían que la Administración autonómica favoreciera la solución de los perentorios aprietos comunitarios que aquellas personas gestionaban sin paraguas partidista. Pero esto es una consecuencia más de ese monopolio absolutista que ejerce la partidocracia sobre la teórica soberanía popular, con exclusión de cualquier otra fórmula o medio, aunque este venga reconocido por las leyes.

En el caso del voto a mis dos amigos, se me puede echar en cara mi escasa vocación democrática, al abogar por formas de sufragio que parecen retrotraer utópicamente a las polis griegas inventoras del concepto; lo asumo, en tanto no me apeen de algunas de mis convicciones, nacidas de la observación de la realidad.

La primera de ellas viene dada por no creer en el dogma de que todos los votos depositados en la urna responden a un mismo nivel de conocimiento, reflexión y formación en la cosa pública; en efecto, la complejidad de los programas o el grado de demagogia empleado en la campaña para rapiñar votos imposibilitan o inclinan, respectivamente, la decisión del ciudadano. Uno no se atrevería a elegir más que por referencias directas al cirujano que lo va a operar a corazón abierto o al abogado que va a llevar su causa ante los tribunales; si faltan estas referencias, no queda más remedio que encomendarse al destino y esperar a ver cómo terminará el problema.

Por el contrario, yo era perfectamente capaz de elegir a mis compañeros de claustro de profesores que me iban a representar en el Consejo Escolar y, si perteneciera a un colegio de médicos o de abogados, también sabría en quién depositar mi confianza de colegiado y profesional. A su vez, los elegidos podrían conocer, con pequeño margen de error, a quienes, en otros niveles, favorecer con su voto, ya que con ellos compartirían intereses comunes.

Por otra parte, son estos intereses los que conforman una sociedad, que no es una mera suma de individuos, sino un entramado de micro-estados que desembocan, a fin de cuentas, en ese Estado, con mayúscula, que no es otra cosa que la estructura jurídico-política que se da una nación en cumplimiento de sus fines históricos y coyunturales.

Mencionadas estas reservas de fondo, no es del todo ocioso referirme a otras objeciones, llamémoslas coyunturales, que favorecen sobremanera mi desconfianza. Según el artículo 6 de la Constitución vigente, los partidos son el instrumento fundamental para la participación política, pero en ningún momento se dice que sean el único; no obstante, ya se han cuidado de que no existan otras, como dije antes, aunque sea en forma complementaria. Y, en el mismo artículo, se afirma sin sonrojo que su estructura interna y su funcionamiento deben ser democráticos: oigan, de chiste…

Otras objeciones -¿menores?- me vienen conferidas por el incalificable sistema d´Hont, la delimitación de las circunscripciones electorales a la provincia  y no al conjunto del territorio nacional y al ucase de las listas cerradas; no se le escapa a nadie que el propósito era mantener indefinidamente un esquema de bipartidismo a ultranza, ese que ya ha hecho agua por todos sus cotados, y a establecer eso que los enfants terribles llamaban antes casta…hasta que entraron ellos para repartirse el pastel.

De forma que, amable lector, me quedo como criterio único de mis veleidades, a la hora de depositar mi pedacito de papel llamado voto en su urna correspondiente, con la amistad y el conocimiento directo y personal. Algo es algo.

Manuel Parra Celaya

"IN REBUS DUBIIS"

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