Jueves, 18 Julio 2019

Test de políticas de izquierda: dime qué haces y te diré lo que no te atreverás a hacer

PUBLICADO EL Lunes, 24 Septiembre 2018 03:48 Escrito por Carlos Javier Galán
Carlos Javier Galán. Letrado y colaborador de lujo para La Tribuna de España Carlos Javier Galán. Letrado y colaborador de lujo para La Tribuna de España

Carlos Javier Galán es un prestigioso letrado laboralista, cuya primera colaboración celebramos en La Tribuna de España. Experto en Economía Social, Carlos Javier Galán (director jurídico del despacho Alberche Abogados) representa, sin duda, uno de los valores en alza de la abogacía comprometida con los más desfavorecidos. Profesor en la Universidad Oberta de Cataluña (UOC), es autor de numerosos libros y ensayos relacionados con el mundo del derecho y presidente de la Asociación Española de Abogados de Economía Social (AESOC) -que tanto ha luchado contra los excesos de la banca y de los fondos buitres y en defensa del derecho a una vivienda digna de todos los españoles-. Carlos Javier Galán fue el primer presidente de la Sección de Derecho Laboral del Colegio de Abogados de Madrid. Colabora habitualmente con medios de comunicación- fundamentalmente como contertulio en diversos programas de radio y televisión-.

 

 

Hace ya tiempo que -con Felipe González a la cabeza- el PSOE renunció al más clásico objetivo definitorio de la izquierda: la pretensión de una verdadera transformación socioeconómica. El partido de diseño que se crea para afrontar la transición (financiado por una parte de la socialdemocracia europea y bendecido por la diplomacia norteamericana para desplazar al PCE y evitar el modelo italiano) utilizó como marca las siglas históricas, descabalgando previamente en Suresnes a quienes las sostuvieron en el exilio. En poco tiempo no sólo renunció al marxismo –un paso que parecía lógico- sino a cualquier pretensión que pudiera inquietar remotamente a las élites económicas y a los poderes geopolíticos internacionales.

Cada vez que el PSOE llega al poder en nuestro país y algunos se preocupan -casi siempre innecesariamente- con la posibilidad de que lleve a cabo una política socioeconómica de izquierdas, yo aplico un test que, como la experiencia me ha confirmado, permite descartar tan inverosímil escenario.

Si, como es habitual, el PSOE no va a afrontar ninguna transformación real del marco económico ni va a hacer frente a ninguna injusticia social, necesita compensarlo con algo que sea absolutamente inocuo para esos poderes, a veces también irrelevante para la vida de los ciudadanos de a pie, pero que aparente ser muy de izquierdas. En algo se tiene que diferenciar del PP o de Ciudadanos. Y casi siempre esas maniobras de distracción o compensación giran en torno a tres ejes:

 

- Uno que podríamos llamar, en sentido muy amplio y con todos los “peros” que quieran ponerle, de moral o ética pública. El eje que no podría ser –desde luego- tildado de anecdótico, pero del que se hace una instrumentalización interesada en vez de un abordaje riguroso. Por ejemplo, con González se concretó en la primera ley del aborto. Con Zapatero, en la reforma de la misma y en la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo. Con Sánchez ya nos han apuntado que podría ser la regulación de la eutanasia.

 

- Otro relacionado con la guerra civil y el franquismo. Con Rodríguez Zapatero, la Ley de Memoria Histórica. Con Sánchez Castejón, el anuncio de la exhumación de los restos del dictador.

 

- Y un tercero que suele guardar alguna relación con la Iglesia Católica. Yo esperaba un amago de denuncia o renegociación de los acuerdos con la Santa Sede y hasta me estaba sorprendiendo ya que Sánchez, tras cumplir raudo las dos primeras condiciones, no hiciera pleno en el test. Pero no falla: ahí tenemos ya, asomando por el horizonte, la polémica artificial sobre la inmatriculación de los edificios de culto católico a nombre de la Iglesia. Algo en lo que habría que diferenciar el fondo del procedimiento, aunque me temo que, en estos combates dialécticos viscerales, cualquier matiz resulta silenciado por el griterío sectario.

 

No digo que tales debates no sean pertinentes, no se equivoquen. Podrían serlo, sobre todo si alguna vez abordásemos alguno de ellos con rigor y sin dos bandos simplistas. Lo que sostengo es que, cuando tales materias se convierten en el centro de la acción política, cuando se sitúan en el frontispicio del programa de gobierno, es señal inequívoca de que nada o muy poco va a cambiar en la vida cotidiana del pueblo español.

Se podrá desenterrar al dictador y pleitear durante años por la propiedad de algún templo, pero ¿incidirá esto en el día a día de las familias de a pie? Es obvio que no. Seguiremos sin establecer controles decididos y eficaces contra la corrupción política. Sin afrontar la situación de un sistema judicial, manipulado en las alturas y abandonado en todos los niveles, que debería garantizar nuestros derechos. O de un modelo de enseñanza que encadena fracasos y que hace más manipulables a los ciudadanos del futuro. Seguiremos sin tomar medidas ante la precarización creciente del mercado laboral. Sin avanzar en conciliación laboral y en corresponsabilidad de mujeres y hombres. Sin dotar de dignidad, razonabilidad y viabilidad a nuestro sistema de pensiones. Sin poner ningún límite a gigantes tecnológicos que ejercen un control cada vez más orwelliano sobre nuestros datos e intimidad. Continuaremos de perfil ante la creciente burbuja del alquiler. O sin estudiar el cambio de un modelo productivo que se derrumbó durante la brutal crisis económica… Esto, entre otras muchas y variadas cuestiones.

El PSOE tenderá intencionadamente la muleta de Franco o de un rancio anticlericalismo, para regocijo de su clientela. La derecha, evidentemente, no podrá eludir entrar a ese trapo, para no perder a la suya. El debate mediático y ciudadano (en cuanto termine con el actual episodio de los pseudomásteres y las pseudotesis que adornan el curriculum de los políticos) se entretendrá en materias que permitirán al PSOE lucir una fachada de izquierda, mientras nada importante cambia realmente a nuestro alrededor.

Y es que, sin duda, es mucho más fácil y vistoso luchar -con fingido denuedo- contra tiranos muertos que acometer las grandes injusticias vivas de la sociedad del siglo XXI.

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