Miércoles, 21 Agosto 2019

Segunda República: los obstáculos para una alegría completa. Artículo de Manuel Parra Celaya

PUBLICADO EL Domingo, 07 Abril 2019 13:46 Escrito por
Proclamación de la República Proclamación de la República

 

               

Escribo estas líneas semanales a punto de coincidir con una fecha significativa. Me supongo que para la mayoría de jóvenes que las lean no les dirá nada, casi igual que para una gran parte de los españoles por cuyas mentes ha pasado el rodillo borrador de nuestra historia. Quienes sí rememorarán -interesadamente- el acontecimiento de que trata la efemérides serán los representantes de las izquierda definida e indefinida (en feliz expresión de Rodrigo Agulló), que andan empeñados en una operación retorno absurda, que se basa en la ocultación o tergiversación de una gran parte de nuestro pasado, maniobra en la que colabora eficazmente una derecha vergonzante.

               

Pues sí, la próxima semana será 14 de abril es el aniversario de la instauración de la II República española en 1931, que fue recibida con alegría por una parte importante del pueblo español, antes del no es esto, no es esto de Ortega; esta alegría con ser de expresión tan imprecisa, ocultaba más profunda precisión que todos los programas; esta: la aspiración ferviente hacia el recobro de la unidad espiritual de España sobre nuevas bases de existencia física popular. Patria y justicia para un pueblo sufrido. Y no crean que la cita es de alguno de los encumbrados por la proclamación de aquel Régimen y por el raudo exilio de Alfonso XIII, sino de José Antonio Primo de Rivera.

               

Lo malo fue que los anhelos que motivaron aquella alegría -la devolución de un espíritu nacional español y la implantación de una base material, humana, de convivencia entre los españoles- pronto quedaron defraudados por aquella política sectaria, que colocó por lo menos a la mitad de españoles frente a la otra mitad, Ni hubo patria ni caminos de justicia social. Fue una de las ocasiones perdidas para que España se reencontrara consigo misma o, si se quiere, para sentar las bases de solución de nuestro secular problema nacional.

               

Se habían dado antes y se dieron después otras ocasiones, también desperdiciadas, y una de las últimas fue la instauración y posterior desarrollo del Régimen actual; junto a los aciertos y, en muchos casos, a una innegable buena fe, se cometieron tremendos errores que ahora estamos pagando y que, para sintetizar, diagnostica Stanley G. Payne: España es el único país occidental, y probablemente del mundo, en el que una parte de sus escritores, políticos y activistas niegan la existencia misma del país, declarando que la nación española sencillamente no existe. He aquí, formulada por el hispanista norteamericano, una breve definición del problema de España.

               

Esta falta de conciencia colectiva está siendo paliada en el momento actual por amplios sectores de la sociedad; a su remolque, como siempre ha solido ocurrir, políticos que se afanan, con ocasión electoral, en subirse al carro de las exigencias, hasta hace poco soterradas, de muchos españoles en pro de una afirmación nacional.

               

Pero un riesgo asoma en el horizonte por partida triple: por una parte, que esta explosión patriótica adopte la fórmula alicorta del patriotismo constitucional; por otra, que desemboque en una dimensión estéril de un nacionalismo español; por último, que la segunda ambición de aquel histórico 14 de abril -el conseguir una base humana de justicia-siga sin cumplirse.

               

El primero de estos riesgos equivale a la negación de la consideración de una nación como fundación y tarea de muchas generaciones, reduciéndola a un pacto reversible por voluntad de alguno de sus contratantes; identificar una patria con un determinado marco constitucional -aunque fuera el más perfecto y admirable del mundo- es menospreciar el esfuerzo de todos los que nos precedieron e hipotecar el de que quienes nos seguirán en la marcha de los tiempos.

               

El segundo riesgo, además de encerrar un oxímoron histórico -España se justificó como nación por sus afanes de universalidad y no por su cerrazón- colocará frente a frente a los diferentes sentimientos, localistas y unitario; el verdadero patriotismo descansa en unas bases racionales de tarea colectiva ilusionante que superan por elevación cualquier forma de particularismo regional. La españolidad debe rebasar todo tipo de castellanismo, andalucismo, vasquismo o catalanismo, como también a la meliflua expresión de un españolismo.

               

El tercer riesgo mantendría vivos resentimientos de carácter social; los valores espirituales, entre ellos el del patriotismo, deben enlazarse con la seguridad de que los valores materiales e inmediatos del hombre, sus necesidades perentorias, le son garantizados en la vida comunitaria.

               

Confiemos en que, con el esfuerzo de todos, ni estos tres peligros ni el escollo brutal del retorno al pasado por mor de memorias históricas, vengan a imposibilitar nuevas ocasiones históricas para resolver nuestro problema. Confiemos y trabajemos para que las ocasiones de alegría del pueblo español no se vean nuevamente defraudadas, como ocurrió en la fecha de aquel 14 de abril.

Manuel Parra Celaya

"IN REBUS DUBIIS"

Comenta esta noticia