Miércoles, 24 Abril 2019

Por mí, que vengan. Sobre el turismo en las grandes ciudades. Artículo de Manuel Parra Celaya

PUBLICADO EL Domingo, 14 Abril 2019 11:11 Escrito por
Campaña contra el turismo. Imagen Facebook Campaña contra el turismo. Imagen Facebook

 

 

 

Hoy he encontrado mi barrio, cercano a la Sagrada Familia, trufado de pasquines en contra del turismo y con la consigna de rescatar nuestras calles y plazas; los firma la C.U.P., con lo que está todo dicho.

Ya hace algún tiempo que me es dado contemplar otros carteles y pintadas en diferentes lugares barceloneses de sabor típico (Barrio Gótico, Turó de la Rovira…) que amedrentan con un Turist go home, en reminiscencia casposa de mi primera época universitaria cuando se predicaban huelgas por la guerra de Vietnam.

Por lo que sé, la fobia antiturística es común a varias ciudades grandes de España; no me considero especialmente señalado cuando estoy en ellas, del mismo modo que me importan un ardite cuando las veo en otras ciudades europeas que recorro: además de ciudadano español sin cortapisas cretinas, siempre me he considerado ciudadano europeo, a pesar de Bruselas.

Hace escasos días, escuchaba la noticia de que el Ayuntamiento de Madrid, que a Carmena tiene por capitán, había publicado una normativa, tan estricta que era de utópico cumplimiento, según los expertos, sobre los pisos destinados a acoger visitantes foráneos. En lo tocante a este aspecto, confieso que mi corazón está dividido, pues entiendo que existe el abuso de una especulación creciente, en detrimento de los ciudadanos y de los propios turistas, y, en concreto en mi domicilio, a veces tengo que sufrir las molestias de uno de esos habitáculos piratas cuando los arrendatarios de ocasión no son apacibles familias sino adolescentes dados a un jolgorio sin freno…Evidentemente, debe existir una regularización racional, y no especialmente tendente a nutrir las insaciables arcas municipales.

No obstante, el litigio que plantea la CUP y sus conmilitones de otros lugares es de más calado; ¿cuál es la causa profunda de esta inquina al visitante, que no busca la ordenación lógica sino que constituye una obsesión, amén de una consigna política? Encuentro dos razones, que sintetizo en las idea de regresión y de aldeanismo, ambas con tintes patológicos, a las que son tan proclives los agentes, mentores y autores de pintadas, carteles y manifiestos.

Por la primera de estas pulsiones -hablando en términos de psicoanálisis- esta hueste experimenta un incontenible deseo de retorno a una edad de oro, pero, por supuesto, sin la gracia y la profundidad del Hidalgo a partir de la contemplación de una bellota; se les cae encima este mundo intercomunicado, sin barreras entre las personas normales, y quisieran volver a inexistentes etapas idílicas, en las que los barrios, pueblos y ciudades eran, supuestamente, recintos estancos, sin circulación de automóviles y con las calles polvorientas o, todo lo más, adoquinadas; en estos lugares, siempre según su utopía, vivían seres felices, sin las inevitables complicaciones que genera la complejidad moderna.

Este rasgo instalado en su subconsciente está emparentado, quién lo duda, con la nostalgia personal hacia una infancia feliz, sin tener que asumir las difíciles decisiones y los exigentes esfuerzos que implica la edad adulta; tiren ustedes del hilo psicosociológico y descubrirán aquí esa adolescencia inacabada tan extendida, que intenta poner trabas a la madurez responsable en todos los órdenes de la vida.

A la segunda pulsión detectada, la del aldeanismo, estamos los españoles más inclinados que el resto de los humanos a causa del Estado de las Autonomías que disfrutamos; ya se sabe: cada ente autonómico, una nación histórica, exigente de Estado propio; cada comarca, un reino; cada municipio, un feudo, donde los papeles de señor y siervo están exactamente repartidos; la aldea vecina, una rival, acaso dotada de peores cualidades.

Por supuesto, nuestra aldea no puede ser contaminada por la presencia de forasteros, pervertidas sus costumbres ancestrales y purísimas, viciada la pureza de su habla; y que nuestras mujeres, además, tengan que sufrir la competencia de las extranjeras.

Si me centro en un este último aspecto, qué les voy a decir; estéticamente, me complacen mucho más las bandadas de jovencitas cuidadas de más allá de los Pirineos o de los mares -varias veces he destacado la educación y finura de las bellas japonesitas enamoradas de Gaudí- que los esperpentos progres que pueblan los ambientes donde se degusta con fruición el antiturismo.

Más allá de lo estético, uno es ferviente partidario de una España abierta al mundo; ya sé que en todos los lugares crecen habas, pero me asfixian sobremanera los ámbitos cerrados, aldeanos, nacionalistas, que estamos respirando; anhelo una España alegre y minifaldera, ecuménica, y no globalizada ni aldeana, donde compartamos arte, historia, paisajes y tradiciones con los de otras latitudes.

Por último y descendiendo a lo económico, entiendo que los obsesionados con atacar al turismo pretenden matar una gallina de los huevos de oro. Ya quisiera también que una profunda restructuración de nuestras fuentes de riqueza y de nuestras potencialidades humanas, productoras y emprendedoras, sobrepasaran incluso los beneficios que nos traen los admiradores visitantes; pero, entretanto, ahuyentar o restringir el turismo con amenazas callejeras o medidas absurdas solo conduce a aumentar los elevadísimos índices de paro y enflaquecer nuestros caudales, en una operación de puro masoquismo colectivo.

Josele Sánchez

Director de La Tribuna de España.

Desperta Ferro: La palabra de Josele Sánchez

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