Viernes, 19 Julio 2019

Pérez Rubalcaba, sin secretos después de muerto

PUBLICADO EL Miércoles, 15 Mayo 2019 05:18 Escrito por
Descanse en paz... si es que puede Descanse en paz... si es que puede

 

 

A los hombres se les puede engañar con ruindad y pocos escrúpulos, hasta que llega el momento de la verdad y a veces de ese modo tan inesperado como ha sido el ictus que ha dado fin a la existencia del confiado político. No hay secretos traspasado el umbral de la vida. Allá él con su conciencia y las siembras.
 
Alfredo Pérez Rubalcaba se crecía con la argucia tras los negros cortinajes de la conspiración permanente. No era un contendiente preclaro en el combate dialéctico, siquiera un convincente orador ante un electorado potencial. En las distancias cortas era mediocre estratega y zafio argumentador. Su fingida brillantez fue alabada por los predecibles aduladores de partido, pero lo cierto es que Pérez Rubalcaba representó el éxito de las manipulaciones que en la sombra eran tan efectivas como dañinas, mucho más ilimitadas frente al ring del debate televisado donde no podía moverse a las anchas del poder político que era corriente generalizada de las maniobras sin testigos. De hecho, muchos ingenuos que han lamentado su fallecimiento pudieron ser perjudicados a través de esos hilos invisibles convirtiendo el escenario sociopolítico en un circo de marionetas vastamente manipulado.

Alfredo Pérez Rubalcaba se quitaba los zancos que le hacían parecer un rival político de envergadura y quedaba la bajeza real de un macarra malintencionado, acostumbrado a la marrullería y falso en sus actitudes como en sus argumentos peregrinos. Demostrada la simplicidad, la vulgar concepción personal de sus ruines mentiras, desmitificaba el potencial de político veraz que loaban sus correligionarios-en ese cúmulo de vulgaridad que convierte en excelencia lo miserable-, siendo lo falaz muy tangible con la mirada inquieta de un poco elocuente roedor de afilados incisivos, eso sí, en el oscurantismo a puerta cerrada.

El que fuera Vicepresidente de Gobierno y fracasado presidencial en las bambalinas del espionaje no tenía que ver con su apariencia pública de hombre de Estado. Esa abisal diferencia entre el poder que reunía un Rubalcaba mistérico, sospechoso de múltiples actos delictivos con rúbrica estatal; el conocedor de todos los secretos de los españoles, incluidos los jueces, a través de la red de escuchas deSITEL; el ministro del GAL, la cabeza visible de  las añagazas del 13-M en el 2004 y el responsable encubierto del caso Faisán, confundía de continuo. Llamaba la atención con singularidad ese contraste  de poder absoluto e impune, con la indefensión aparente en el rol de político honesto, cuando solo podía usar como armas la estrategia dialéctica, el público embate de la oratoria a cara descubierta. Otro asunto fuere lo que se cocía en los despachos donde influía con subterfugios sobre la existencia de personas usadas como cobayas.

Una cuestión era la teatral apariencia democrática y otra las maniobras en la oscuridad de las que era servil maestro al servicio de una puesta en escena absolutamente impostada. A Rubalcaba solo se le podía conocer de verdad desde la evidencia de sus tramas inconfesables, la guarida de sus argucias.

Era abismal la diferencia entre un Rubalcaba desconocido del que se sospecharon criminalidades como la alta traición, y el Rubalcaba pretendidamente allegado al pueblo como, verbigracia, candidato presidencial. No cuadraba Rubalcaba, el verdadero, escondido ante millones de ciudadanos y las cámaras de televisión.

 

Su declive llegó porque nadie creyó en el Rubalcaba paupérrimo y resignado como candidato presidencial. Se movía como las serpientes, escurridizo y camuflado, y el colmillo ponzoñoso había  perdido su mortal efectividad aunque se mostrara mudando la piel. Con el tiempo era de prever que en España hubiese de todo menos normalidad democrática con maestros del engaño como Rubalcaba que sorpresivamente no pudo esquivar la certeza de la muerte repentina, cuando sus discípulos han rizado el rizo de la infamia cometiendo fraude electoral con que España se juega su próximo futuro de corrupción al más alto nivel desintegrador. Satisfecho estará.

Marchó sin dar oportunidad a la conciencia. En su haber quedan los secretos  cuando rinda las cuentas debidas sin poder ocultarlos tras sibilinas sonrisas. En ese haber de insidia le queda,  entre tanto, el orquestado  oscurantismo del 11-M.  

Descanse en Paz... si es que puede.

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