Domingo, 25 Agosto 2019

Parra Celaya: "Urge nacionalizar España"

PUBLICADO EL Domingo, 09 Septiembre 2018 01:11 Escrito por
José Antonio Primo de Rivera José Antonio Primo de Rivera

El filólogo Manuel Parra Celaya no decepciona, ningún domingo, a sus habituales lectores en su columna de La Tribuna de España. Este domingo, con la calidad literaria y el amor a España que le caracterizan, Parra Celaya analiza el cansancio que muchos españoles tienen ya del "secesionismo catalán" y reflexiona sobre la necesidad de "nacionalizar España", algo que ya propusiera, hace más de ochenta años, José Antonio Primo de Rivera, alguien del que no se está hablando y que también está enterrado en El Valle de los Caídos, éste sí víctima de la Guerra Civil, asesinado -como él mismo dijo en su Testamento- "entre la saña de un lado y la antipatía del otro".

 

 

El cansancio

 

 

Muchos españoles -me imagino que entre ellos gran número de nuestros lectores- se sienten, con razón, extremadamente cansados de que, día tras día, el tema-estrella de la actualidad se refiera a Cataluña. En efecto, el separatismo ha conseguido acaparar la atención política y mediática hasta la extenuación, y cualquier ciudadano se desayuna o se acuesta con el eco de la última peripecia de Puigdemont en su dorado asilo comunitario o con la postrer estupidez lanzada por Quin Torra para exaltar a sus masas.

Esta saturación puede provocar dos consecuencias igualmente nocivas. La primera y más inmediata, el desinterés o la indiferencia; en efecto, los duros acontecimientos del otoño pasado tuvieron la virtud de enardecer ánimos y de resucitar en todos los puntos geográficos de España un patriotismo que -salvo honrosas excepciones- parecía abatido y muerto desde los albores de la Transición,

Pero el problema en Cataluña, lejos de atenuarse o de perder fuelle, aparece sumamente agravado en estos días y augura un nuevo otoño más caliente que el anterior; ello es debido, especialmente, a la pusilanimidad del gobierno defenestrado (con los votos nacionalistas, no se olvide) y de la condescendencia-complicidad del actual. Aquel enervamiento nacional está dejando paso, por saturación, a la apatía y a la displicencia; las banderas que embellecían balcones o se agitaban entusiastas en las manifestaciones, otrora espontáneas, han pasado a dormitar en el fondo de los armarios, y, lo que es peor, de los almarios de muchos ciudadanos.

La segunda consecuencia puede ser aun más nefasta: que esta displicencia se troque en completo abandono y desprecio; que vuelva a repetirse en las conciencias aquella tremenda herejía que figuró como titular del ABC en período republicano y que hizo salir de sus casillas a muchos patriotas, entre ellos a José Antonio Primo de Rivera: "O hermanos o extranjeros".

Del mismo modo, hoy en día, algunos españoles pueden caer en la tentación -provocada- de proferir un aberrante si quieren ser independientes, allá ellos, que lo sean.

He utilizado los términos herejía y aberrante, y no es para menos. Habrá que repetir una y mil veces que España es irrevocable y que su integridad no puede moralmente depender de actitudes insolidarias y segregacionistas, por una parte, y de entreguismos o componendas de partidos, por la otra.

Así, algunos comentaristas ya dejan caer en sus artículos el argumento infantil de que el separatismo no alcanza mayoría de votos para proclamar su república independiente. Alambicando, surge otro razonamiento de cepa constitucionalista: en todo caso, correspondería a todo el pueblo español tomar la decisión en referéndum nacional.

Pues bien, aunque todos los españoles -por una rara unanimidad, también provocada- estuvieran de acuerdo en otorgar la separación a un territorio, ello no dejaría de ser una perversión ética, un crimen histórico perpetrado, no solo contra las generaciones actuales, sino contra las precedentes y, especialmente, contra las que nos sucedan. Habría que salvar a los españoles, en ese caso, de sí mismos.

Además, hay que tener en cuenta otro factor: el nacionalismo es como un virus, cuya propagación se transforma fácilmente en pandemia; como estamos comprobando a diario, brota la semilla de la disgregación, no solo en las comunidades donde el separatismo tiene, por dejación, el monopolio de la educación y de la propaganda, sino en otros muchos lugares donde hace años era impensable que pudieran nacer sentimientos antiespañoles, es decir, contrarios a la propia identidad de las personas. Las miradas de sospecha o de rencor hacia quienes portan símbolos nacionales no solo se dan en tierras catalanas o vascas, sino en muchas otras, merced a ese contagio virulento.

Esto nos hace sospechar muchas veces que lo urgente es nacionalizar España -que no es lo mismo que centralizar o uniformizar-, aun antes de hacer lo propio con respecto a esa Europa que se empeña en destruirse a si misma con la actitud de sus judicaturas.

El llamado problema catalán -insisto en ello- no es más que una manifestación, ahora virulenta, del general problema de España, que no han atinado a solucionar en profundidad ni gobiernos condescendientes o fuertes ni regímenes de cualquier definición.

 

Manuel Parra Celaya

"IN REBUS DUBIIS"

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