Miércoles, 21 Agosto 2019

Palabras antipáticas. Columna dominical de Manuel Parra Celaya

PUBLICADO EL Domingo, 19 Mayo 2019 12:34 Escrito por
Manuel Parra Celaya. Su columna dominical para La Tribuna de España entre las opiniones mejor valoradas por los lectores de la prensa digital Manuel Parra Celaya. Su columna dominical para La Tribuna de España entre las opiniones mejor valoradas por los lectores de la prensa digital

 

 

No incluyo bajo este título los exabruptos racistas de Núria de Gispert, flamante Creu de Sant Jordi otorgada precisamente por el no menos etnicista Quim Torra, presidente de la Generalidad de Cataluña; ambos coinciden, como sabemos, en animalizar verbalmente a sus oponentes -todos aquellos que defienden la unidad de España y el Estado de Derecho-, a falta de mejores recursos dialécticos.

Ya sabemos que esta animalización fue un recurso literario de D. Ramón M.ª del Valle-Inclán en sus Esperpentos, pero ahora es un burdo recurso político de los separatistas, que no hacen falta que vayan a mirarse a los espejos cóncavos del Callejón del Gato para ver sus imágenes distorsionadas: sus propias palabras y sus hechos los deforman bastante y, de este modo, forman parte de ese esperpento colectivo en que se ha convertido España.

Pero, lejos de amargarme en la crítica, tiro por elevación y, sobrepasando estas lamentables situaciones que se han convertido en cotidianas en mi tierra, me centro en esos términos de moda que el Sistema hace correr, pero que, a Dios gracias, no han inficionado aún al hombre de la calle. Todo llegará, me temo, porque ya sabemos que todo lenguaje es intencionado, pues tiene la pretensión de conformar el pensamiento y no de expresarlo, como creen los ingenuos.

De este modo, hay vocablos que se repiten insistentemente y se extienden por doquier; ya no solo en el sentido de lo que Amando de Miguel calificaba como el politiqués o jerga del político, sino como recurso casi esotérico con el que designar realidades, visibles o semiocultas, y, lo más importante, como medio para adoctrinar a conciencia.

Como procedo de la Enseñanza, he tenido que sufrir en mis propias carnes el agobio de un argot pseudopedagógico, nacido en laboratorios ajenos al aula; normalmente, se trataba -y se trata, según mis excompañeros- de expresiones vacías de contenido,  redundantes o de carga pedantesca a más no poder. La jubilación me permitió dejar de leer y escuchar esa terminología aberrante, compuesta por términos o sintagmas tan odiosos como diseño curricular, diversificación educativa, preconceptos, competencias básicas, operar en el ámbito de la interactividad, proyectos referenciales, adaptabilidad o cliente educativo.

Entre ellos, recuerdo uno particularmente aborrecible: transversalidad, que lo mismo servía para un roto que para un descosido; no llegué a tener pesadillas con ella, gracias a que un grupo de docentes nos dedicamos a crear humorísticamente retazos codornicescos en los que todo era transversal, desde lo más corriente hasta lo más disparatado, sin dejar de acudir al terreno de las interioridades.

Casi olvidada la dichosa jerga, sin abominar por ello de una limpia mirada educativa, no dejo de constatar que, en un marco social y político más amplio, se siguen prodigando odiosas palabras, a las que no me atrevo a calificar de conceptos por su inconcreción y frivolidad, amén de por su carga intencional.

Me es particularmente abominable empoderar y empoderamiento, que lo mismo las utilizan las femen para sus reivindicaciones, que los aspirantes a pequeños empresarios (también me disgusta lo de emprendedores) que los animalistas cuando se refieren a las pobres gallinas; que conste que solo la he empleado una vez en mi vida, concretamente cuando, rizando el rizo, dije que España debía empoderarse, lo cual era como arrebatarla las armas el enemigo para usarlas en propio provecho.

Otra voz detestable es gobernanza, que se me aparece como avanzadilla de ese Nuevo Orden Mundial al que nos están dirigiendo; abomino de ella por lo que contiene de cursilería y, sobre todo, de silente amenaza de un globalizado totalitarismo democrático, sin jugar a las paradojas.

Constructo y relato las encuentro francamente despreciables, por lo engolado de su uso, y que suelen ser, en la derecha, prueba de impotencia y, en la izquierda, insufrible muestra de esa hegemonía cultural de la que presume.

En general, hago caso omiso de todas las expresiones de la corrección política, que pretenden disfrazar evidencias con hipocresías; acostumbro a expresarme en privado y en público de acuerdo con el idioma y la norma de la Madre Academia, y el que se pique que se rasque. Del mismo modo, no hago ni caso de la intimidación que encierra el amplio vocabulario de las fobias, y suelo reírme abiertamente ante cada término que finalice con el sufijo -fobo.

Como he dicho alguna vez, siento profunda desconfianza cuando oigo eso de la tolerancia, que suele usarse como sinónimo de bajada de pantalones; me quedo, más científicamente, con la sabia definición que ofrece José Antonio Marina: Tolerancia es el margen de variación que una solución admite sin dejar de ser solución.

Por lo tanto, s¡ alguien me acusa de intolerante -o de otras lindezas por el estilo o peores-, me limito a sonreír y a pensar mientras no me llames lo que eres tú…

Manuel Parra Celaya

"IN REBUS DUBIIS"

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