Viernes, 19 Julio 2019

No todo es Mordor. Lectura reconciliatoria

PUBLICADO EL Jueves, 29 Noviembre 2018 09:36 Escrito por
Héroes anónimos Héroes anónimos

 Mi último artículo, “Zulos y cloacas”, fue de los que me dejan mal cuerpo. No es que me retracte de una sola de mis palabras; ocurre que ciertas realidades penetran en uno tan sombríamente que le dejan atrapado en un pesimismo difícil de soportar. Enfrentar la realidad adolece de provocar estos efectos con lamentable frecuencia.

 

Quiso la casualidad que nada más enviar mi artículo a La Tribuna de España comencé una lectura que me ha reconciliado sobradamente con el ser humano. Trataré de no parecer bipolar, pasando de un estado extremo al contrario. Pero es cierto que el relato de unos hechos acaecidos en Australia en 1998 me ha devuelto en buena medida la paz de espíritu.

Fue precisamente mi retorno del país oceánico lo que propició la bofetada de realidad que inspiró mi artículo anterior. Fue en las antípodas donde, en un pequeño pueblo, rebuscando entre libros usados encontré un ejemplar de “An extreme event”, en el que Debbie Whitmont narra la trágica regata Sydney-Hobart de 1998.

Creo que seas o no, amigo lector, amante del mar, te haces una idea del valor que atesoran los hombres con disposición a surcarlo, que suelen ser de una pasta especial, en la que se combina el espíritu deportivo, el coraje, la curiosidad, el afán de aventura, la inquietud, y un cierto romanticismo que el mundo moderno no ha podido desarraigar, pese a que parezca éste su principal objetivo.

Los que afrontaron la popular regata en las Navidades del 98 se encontraron con vientos y oleajes que excedían por mucho lo que la predicción meteorológica había vaticinado. El desastroso resultado fue que muchos barcos quedaron desarbolados, a merced de olas de más de 15 metros, con ráfagas de hasta 80 nudos que provocaron el hundimiento de algunos de ellos. Y lo que es peor, la muerte de seis navegantes.

En medio de aquel caos, cuando las cosas se pusieron realmente mal y comenzaron las labores de rescate, apareció todo lo que hace que este relato me reconcilie con el ser humano, todo lo mejor de esta especie: el valor, la solidaridad, la generosidad, la audacia, la responsabilidad.

En medio de un huracán infernal, hombres y mujeres de servicios de policía, armada, urgencias sanitarias, desplegaron un operativo que salvó una cantidad incontable de vidas humanas; un operativo que se basó, tanto en la buena preparación de los equipos, como en su carácter heroico y suicidamente desprendido.

Impresiona especialmente el testimonio de una paramédico que reconocía el terrible miedo que sentía al lanzarse a las enfurecidas aguas para enganchar a los aturdidos náufragos  para ser izados al helicóptero. Y tras reconocerlo, cuenta que no duda de que volvería hacerlo, porque es su trabajo, y porque le gusta salvar vidas.

Me recordó este testimonio a las muchas personas que conozco en España que comparten ese mismo espíritu y que no dudan en arriesgar sus propias vidas por las de personas que, no en pocas ocasiones han propiciado mediante imprudencias y negligencias la situación de apuro, sin que esto lleve a estos profesionales plantearse su actuación . Y no sólo profesionales, sino los héroes anónimos que ante situaciones de grave peligro, dan ese paso que les pone en riesgo sin apenas pensar en su propia seguridad.

De oportunísima puedo calificar la lectura de este libro. Además de haberme proporcionado un fantástico entretenimiento, me ha servido para recordarme que, entre tantas cosas que me mueven al pesimismo, queda mucha gente por la que merece la pena luchar. Muchas personas que cada día ayudan a hacer mejor el mundo y que aportan luz entre tanta sombra. No todo es Mordor. Gracias a Dios.

Sergio Pérez-Campos

DISIDENCIAS

Comenta esta noticia