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Ni Josele Sánchez es un delincuente, ni Pedro Sánchez presidente de Elecciones Generales limpias

PUBLICADO EL Martes, 21 Mayo 2019 09:12 Escrito por
Josele y Pedro: lo único que tienen en común es el apellido Josele y Pedro: lo único que tienen en común es el apellido

 

Las casualidades no existen cuando se encadenan con un efecto de intencionalidad que explica la existencia de factores aglutinados en pos de un objetivo oculto. En España la sospecha de que el ventajismo sin escrúpulos condiciona el devenir cada equis tiempo, mediante la manipulación del consciente colectivo, se acrecentó aquel 13 de Marzo de 2004 en que la aparición pública de Pérez Rubalcaba provocó un vuelco electoral tras la matanza no esclarecida de 192 personas. No fue casual nada de lo sucedido que provocó la rastrera irrupción de Rodríguez Zapatero en La Moncloa.

Desde entonces el oscurantismo se ha adueñado de la sociedad española, todavía ignorante de las consecuencias de la multiplicidad de rarezas que anteceden el advenimiento de un gobierno socialista, aprovechando que el centro derecha está poseído por una inexcusable tibieza rayana en la estulticia  crónica: Felipe González con el intento del golpe de Estado 23-F; Zapatero con el 11-M y la repetición de legislatura por el asesinato ad hoc de Isaías Carrasco; Pedro Sánchez secuestrando la soberanía nacional y ganador de Elecciones Generales con la sospecha de que la fullería demostrada en el ámbito personal y político se ha extendido con un monumental pucherazo el 28 de abril. Irregularidades indicadas hasta por expertos internacionales y silenciadas por una complicidad e indolencia escandalosas de los medios de comunicación. En tanto es detenido dos veces y con las mismas peregrinas acusaciones un periodista honrado como Josele Sánchez cuyo delito consiste en una revelación de secretos, sin ser funcionario del Estado; la segunda ocasión porque la orden de búsqueda y captura no fue anulada después de la primera detención. Luego un aluvión de imputaciones contra él y los colaboradores de La Tribuna de España, investigados por sus manifestaciones argumentadas, tildadas con absoluta injusticia de islamofobia. Y las casualidades siguen sin existir, no así la callada por respuesta con los periodistas del sistema callados como putas, bien pagados por sus proxenetas de turno, pues en el colmo del descaro la información en España está prostituida y vigilada por rameras de servicio secreto.

La creación del comisariado político Newtral o Maldito Bulo, o la medida anti-hackeo por Decreto Ley que facilitaba la alteración del conteo, son esas casualidades increíbles que constatan el porqué de la creación de tantas piezas sueltas que después encajan en el puzzle del oscuro oportunismo. Simultáneamente las detenciones recientes del presidente y director del Grupo Tribuna de España y la imputación de colaboradores por presuntos delitos de odio, son una manipulación grosera de arbitrariedad contra la libertad individual, en tanto al país se la están metiendo doblada con un golpe de Estado de quinta generación a medida de los intereses tabernarios que descomponen cuarenta años de democracia que,  aun siendo imperfecta, aún lo parecía.

No sin riesgo de una desestabilización determinante puede cercenarse la libertad de expresión en desacuerdo con el panorama político y social que ha invadido nuestras vidas, dando un giro de ciento ochenta grados contra los valores y tradiciones respetados durante cuarenta años de consenso, o silenciar la disconformidad que argumenta la lógica disidencia cuando el país se encuentra en los prolegómenos de una hecatombe advertida pese a las muchas dificultades de la censura. La crítica es necesaria siempre y cuando la intención de la convivencia busque el respeto intrínseco a la ciudadanía que implica la gobernabilidad de un país. La actual obra de ingeniería política persigue la legitimidad de un Periodismo disidente que en ningún momento vulnera los Derechos Humanos, aunque sí se aplica sólida y tenazmente en la crítica severa para denunciar los muchos perjuicios que comporta la influencia radical y destructiva de la tendencia sanchista, de la alteración de la normalidad en un Estado de Derecho ganado a pulso durante generaciones. Desde hace tiempo y mediante una sucia y corrompida arbitrariedad sectaria, los ciudadanos han visto recortados sus derechos e incrementadas las obligaciones por un programa de transformación social que pretende imponer cortapisas en todos los ámbitos donde la libertad es esencial para considerar todavía España como un Estado democrático.

Libertad para apostillar, con argumentaciones nada delictivas, los muchos delitos camuflados contra los Derechos Humanos disfrazados de leyes en defensa de los más desfavorecidos o vulnerables, cuando en realidad se usa un fingido interés humanitario para destruir las bases sobre las que se sostiene la legítima identidad de España y su Historia verdadera y mayoritaria. Esta transgresión generalizada y aceptada imbrica el concepto de la democracia mediante la tergiversación de los valores y la anulación de los preceptos de civilización sobre los que España ha sido construida antes de este asalto ideológico sin precedentes, salvo los de la imposición totalitaria de las artimañas frentepopulistas como prolegómeno de la Guerra Civil española. Si al problema nacional se añade el universal del autoritarismo del Nuevo Orden Mundial, la disidencia legal que practica Josele Sánchez es un derecho inalienable, cuya conculcación debería preocupar al conjunto de la sociedad, rehén del engaño y el fraude que tras las sombras del subterfugio será definitiva víctima de la política sin escrúpulos ni reglas morales.

Al margen de la línea editorial de La Tribuna de España con la que se puede estar o no de acuerdo -yo mismo difiero en puntos de esa línea editorial y no por ello se me ha coartado la libertad de expresión en mis artículos-, lo cierto es que la honradez a ultranza de Josele Sánchez es más visible que la truculenta deshonestidad y descarnada amoralidad del fullero Pedro Sánchez que ha perpetrado una estafa institucional con los ardides más sucios y osados, al menos no sanguinolentos, desde que Zapatero aprovechó la masacre del 11-M para invertir la sociedad y consagrar el oscurantismo como modo aceptado de generar una política incondicionalmente rastrera. Ni Josele Sánchez merece la persecución por los supuestos delitos de odio, ni Pedro Sánchez debería ser considerado presidente de Gobierno con esos antecedentes que presagiaban lo que definitivamente resultó irregular cómputo de votaciones en las Elecciones Generales. La sombra del mismo fraude enrarece las Municipales, Autonómicas y Europeas en ciernes, pero aquí el perseguido resulta ser quien ha demostrado que cuanto dice lleva el sello de la veracidad, justo  de la que Pedro Sánchez carece a tenor de las muchas denuncias que han sentenciado matemáticamente la trampa electoral por la que ha vuelto a usurpar, esta vez con el pretexto de las urnas, la Presidencia del Gobierno.

Josele Sánchez es inocente de los cargos por los que puede ser investigado, en tanto el fullero de La Moncloa es culpable de otros patentes delitos que nadie le imputa. Este es un ejemplo más de la corrupción moral que asuela España sin remisión, cuando además el bajo fondo social podemita  rechaza, con detestable demagogia, las donaciones de Amancio Ortega para paliar los daños del cáncer. Y ahí están compinchados los culpables de tanta degeneración, libres para gobernar en tanto se intenta enmudecer a un ciudadano  como Josele, cumplidor de la ley por toda una vida hasta que la ley se puso al servicio del sectarismo. Algo apesta y no es en La Tribuna de España, siendo ya hasta visible el efluvio de hedor que emana de La Moncloa.

 

Ignacio Fernández Candela

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