Sábado, 24 Agosto 2019

A nadie importa el asesinato de un niño blanco y europeo: "Nadie es Óscar" por Sergio Pérez-Campos

PUBLICADO EL Miércoles, 07 Agosto 2019 11:40 Escrito por
¿De qué sirven las flores? nadie le devolverá la vida al pequeño Óscar ¿De qué sirven las flores? nadie le devolverá la vida al pequeño Óscar

Europa se muere. No es un pronóstico, y mucho menos una profecía. Es la constatación de una agenda de la que tuve conocimiento hace ya más de cuarenta años, y que se ha venido cumpliendo paso a paso. Constatar una agenda no requiere pitonisas, ni ser un Nostradamus. Basta con saber leer esa agenda y cotejarla con los hechos que te circundan.

 

Suscríbete a patreon.com/latribunadeespana para poder acceder a contenido exclusivo por sólo 3€/mes

 

Por 1 euro al mes (menos de lo que cuesta un café) puedes ayudarnos a seguir haciendo este periodismo que quieren callar.

Sólo tienes que darte de alta en este enlace

https://www.teaming.net/porlalibertaddeprensa-mujeresdelatribunadeespana-

 

 

Nadie es Óscar

 

No tendrás portadas, ni vigilias con manadas de gilipollas portando velitas. Nadie hará viral un lazo con la frase Yo soy Óscar para extenderla como la pólvora por las redes. Nadie montará minutos de silencio, ni programará homenajes.

La muerte de un niño, siempre antinatural y cruel como una pirueta siniestra del destino, no conmoverá en esta ocasión a todos esos millones de almas presuntamente cándidas que exhiben tan a menudo  un sentimentalismo de opereta, grotesca e impúdicamente, para que la magia de internet pueda hacernos admirar a todos la profundidad y alcance de su bondad.

 

 

Eras alemán, hijo de un pueblo y una raza opresora, y el hijo de puta que te arrojó a la vía era, en realidad, una víctima. O así al menos lo dirá la lógica de la dialéctica progre. Un pobre inmigrante eritreo, ejemplo de integración que, sin embargo, no pudo extinguir de su seno el fuego de un odio irrefrenable hacia sus anfitriones. Un odio que siguiendo esa misma dialéctica, queda plenamente justificado porque los malvados europeos hemos pasado siglos jodiendo impenitentemente al resto de razas y pueblos del planeta.

Eras hijo de una nación que lleva casi ochenta años pidiendo perdón, de un pueblo cuyas cuatro últimas generaciones han sido educadas en el complejo de culpa. Perdieron tus bisabuelos la gran guerra, y con la derrota venía la obligada asunción de la verdad de los vencedores. No importa de cuántas mentiras contenga. Qué más da que naciones tan racistas como  Inglaterra o USA esgrimieran como pretexto vuestro propio racismo para sojuzgaros. Se celebran estos días los aniversarios de las masacres de Hiroshima y Nagasaki, que torticeramente pasaron de genocidios y crímenes contra la Humanidad a convertirse en un mal necesario, para evidenciar por enésima vez en la Historia que el vencedor la escribe como le da la gana y que todos los crímenes los cometió el perdedor. Y que sus ignominias quedarían debidamente silenciadas –o justificadas- en toda historiografía posterior. Aunque para ello se deba perseguir o prohibir las versiones disidentes, como se ha hecho en Europa sistemáticamente, pese al carácter democrático del sistema triunfante y su hipócrita proclamación de la libertad de expresión como un rasgo esencial de este liberalismo putrefacto que corrompe el mundo moderno. En España, sin ir más lejos, el hombre más perseguido por el sistema es un librero que ha osado divulgar bibliografía disidente, con cárcel y ruina económica incluída; faltaría más.

No verás, pequeño Óscar, la lenta agonía de una Europa que adjudica a tu asesino la condición de víctima y a ti te ignora. Después de tu muerte todo ha sido un deseo de investigar sus circunstancias –como si no estuvieran meridianamente claras-, sin que nadie tenga el más mínimo interés por buscar las responsabilidades que se pueden substanciar más allá de la repugnante figura de tu asesino material. Porque para que este asqueroso haya llegado a matarte, son muchos los que en mayor o menor medida han colaborado. Un poder mundialista sin escrúpulos que sigue inexorablemente su criminal agenda para destruir Europa; unos políticos infames que sirven a ese poder como obedientes sicarios;  unos medios lacayos que difunden su propaganda, bien sea por estupidez o por recibir puntualmente su repugnante mordida; un pueblo imbécil, acomplejado, débil; una masa de ciudadanos corrompidos por un liberalismo que ha sabido esconder tras una prosperidad económica y un estado del bienestar la lenta pero imparable degradación moral de varias generaciones de europeos. 

Paradójicamente, sólo en los países del Este, los que sufrieron la miseria económica –y también moral- del comunismo, y quizá por haber estado ya de visita en el infierno, parece cuajar cierto foco de resistencia hacia ese poder hegemónico que tiene a los europeos situados al borde del abismo.

Europa se muere. No es un pronóstico, y mucho menos una profecía. Es la constatación de una agenda de la que tuve conocimiento hace ya más de cuarenta años, y que se ha venido cumpliendo paso a paso. Constatar una agenda no requiere pitonisas, ni ser un Nostradamus. Basta con saber leer esa agenda y cotejarla con los hechos que te circundan.

A ti, pequeño Óscar, te han privado de la vida a una edad obscenamente prematura. Y si hay algo tan repugnante como tu muerte es la indiferencia de esta Europa miserable, cobarde y débil que no es capaz ni de indignarse con tu crimen. Mucho menos reaccionar con un mínimo de gallardía y de sentido de la justicia.

Una Europa que día a día, con su indolencia, su egoísmo pandémico, su estulticia y su cobardía sin parangón está condenada a desaparecer. 

Al menos habrá algo de justicia poética; lo habremos merecido. La indiferencia general ante tu muerte, pequeño, no es más que el enésimo síntoma de una agonía asumida entre aplausos de buenismo.



Sergio Pérez-Campos

DISIDENCIAS

Comenta esta noticia