Domingo, 18 Agosto 2019

Manuel Parra: ¿Intercambio de cromos?

PUBLICADO EL Domingo, 04 Noviembre 2018 10:37 Escrito por

¿No es estupendo decirte a ti…que soy gibelino?

-Rafael García Serrano: La fiel infantería-

 

 

 

 

La señora Carmen Calvo, vicepresidenta del Gobierno español, viajó a Roma y se entrevistó con monseñor Pavolín, secretario de Estado del Vaticano. Por supuesto, no la guiaba ningún afán piadoso ni se trataba del cumplimiento de una promesa de peregrinación formulada antes de junio a cambio de ser elevada al cargo que ocupa.

Sencillamente, la Sra. Calvo iba a proponer un intercambio de cromos a la jerarquía de la Iglesia Católica, o, si se quiere decir más crudamente, a plantear un chantaje en toda regla: yo te arreglo o, por lo menos, suavizo el tema de los bienes eclesiásticos en España a cambio de que tengamos las manos libres para que podamos exhumar a Franco del Valle de los Caídos y, de paso, impedir que sea enterrado en La Almudena.

Esta última petición sobre lo revisto por la familia de quien falleció hace cuarenta y tres años quita el sueño a Ricardo Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal española, y a Carlos Osoro, Arzobispo de Madrid, por lo que no es extraño que ambos estuvieran también moviendo los hilos en Roma para llevar a cabo una gestión a tres bandas, porque da la impresión de que los intereses del gobierno laicista, que trata incluso de llevarse de rondón la Mezquita de Córdoba, para reparar el desaguisado que cometió aquel fascista de Fernando III, y los de las jerarquías católicas españolas van en la misma línea.

Todo ello haciendo olvido y omisión de que el personaje histórico cuyos restos están en litigio fue el Jefe de Estado más celebrado y premiado por la Iglesia, a la que no solo restituyó lo destruido o robado por el Frente Popular sino acrecentado hasta lo indecible; además, le cedió el control sobre la Educación en España durante cuarenta años y, aunque nadie lo diga, el poder sobre la censura, pues me imagino que a Franco le importaba un ardite que se vieran turgentes escotes o largas piernas en las revistas. Por ello, el apoyo y las bendiciones de los sucesivos Papas de antaño fue unánime y clamoroso, a excepción, si se quiere, del recién beatificado Paulo VI, aunque llegó a reconocer al final que se había equivocado con ese hombre.

No sabemos, por lógica, en qué términos transcurrió la reunión entre la señora vicepresidenta española y el secretario de Estado romano; solo nos ha llegado la información, por parte de la primera de que el Vaticano no se va a oponer a la exhumación de que se ha abierto un camino de diálogo en todos los temas planteados, incluyendo el de los abusos sexuales. Sin embargo, no ha tardado nada la oficina de la Santa Sede en desmentir a la señora Calvo y echar pelotas fuera, en el sentido de que la Iglesia no tiene nada que decidir sobre los enterramientos y las familias de los deudos. Un nuevo ridículo.

Uno no espera nada del actual gobierno español -como tampoco lo esperaba del anterior, para ser claros-, pero también alberga bastantes recelos acerca de los tortuosos caminos en que se suele mover la diplomacia vaticana, sin necesidad de acudir a la época de los Borgia; es la misma diplomacia la que ha llevado de cráneo -con perdón- a los últimos sucesores de San Pedro y, actualmente, al Papa Francisco, que no atina a cómo meter mano -otra vez, con perdón- al mundillo de politicastros ensotanados que le rodean y le hacen la vida imposible. Es más, uno tiene, además de recelos, grandes sospechas de que el chantaje -ya saben: cadáver por exenciones y bienes eclesiásticos- llegue al término que desean los nada píos componentes del tándem Sánchez- Iglesias.

Como católico a machamartillo que soy, no tengo empacho alguno y desconfiar profundamente de la dimensión política vaticanista y, aun, de la menor dimensión política de determinados obispos españoles. Además, me cae bien el Papa Francisco, a pesar de que metió soberanamente la pata -nueva petición de disculpas- con sus mensajes demagógicos e indigenistas hace poco tiempo y también a pesar de que no ha dicho ni una palabra (que sepamos) sobre la toma de partido separatista y antiespañola de gran parte del clero y de la jerarquía en Cataluña.

Pero uno es capaz de separar rotundamente lo sagrado y lo temporal, cosa que no sé si es tan evidente para algunos sectores de la Iglesia. Y, por ello, no tiene empacho -como el personaje de La fiel Infantería- en declararse gibelino.

Manuel Parra Celaya

"IN REBUS DUBIIS"

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