Sábado, 24 Agosto 2019

¿Por qué nos mienten sobre la nacionalidad y religión de los violadores? "Los otros alemanes", un artículo de Sergio Pérez Campos

PUBLICADO EL Miércoles, 24 Julio 2019 08:42 Escrito por
¿Por qué nos mienten sobre la nacionalidad y religión de los violadores? ¿Por qué nos mienten sobre la nacionalidad y religión de los violadores?

En España, si necesidad de importarlos, tenemos más que suficiente cantidad de hijos de puta autóctonos. Lo que repatea, lo que da un asco insufrible, es esta pertinaz manipulación para hacernos ver como normal que de un colectivo de apenas la décima parte de la población, se nutra la ejecución de más del ochenta por ciento de las agresiones sexuales que ocurren en nuestro país.

 

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"Los otros alemanes"

 

Uno de los síntomas más habituales de esta estupidez crónica, pertinaz y generalizada que nos lleva inevitablemente a un desastre de proporciones apocalípticas es el de la sorpresa ante hechos cantados, ante realidades largamente pronosticadas, eso sí, por quienes cargan con etiquetas del más fascista de los catastrofismos. Se da el caso de que en España ya padecemos de forma groseramente indisimulada una censura en los medios que debería escandalizar a cualquiera de esos adalides de la “libertad de expresión” que tanto proliferan; sin necesitarla, todo hay que decirlo, porque para cacarear los dictados del Mundialismo hegemónico, más que a la libertad, hay que apelar al derecho inalienable de lamer el escroto del poderoso. Derecho, todo hay que decirlo, más viejo que el oficio de puta.

La sistemática ocultación de datos cuando se nos informa sobre delincuencia –más acentuada si hablamos de delitos contra la libertad sexual- es una mera copia de lo que ya vienen sufriendo en países como Alemania o Suecia desde hace muchos años. Bajo el pretexto de que la revelación del origen étnico –si es inmigrante el agresor- incita a la xenofobia,  la eficaz mordaza aplicada por esos gobiernos sobre los medios ha sido un hecho contra el que no se ha rebelado ninguno de esos afanosos y estrictos demócratas de nuestra suicida Europa.

En España sólo copiamos. Una vez llegado a nuestra patria, con toda su carga de “diversidad”, el fenómeno de la multiculturalidad, quedaría feo que fuésemos conscientes de su lado sórdido. 

Choca, sin embargo, la premura con la que se informa de la nacionalidad del agresor sexual, en el caso de tratarse de individuos de nacionalidad comunitaria. Es por eso que, cuando no se hace alusión a la ciudadanía del sujeto, podemos dar por hecho sin temor a equivocarnos, que éste es un inmigrante o refugiado, que parece que ambos términos conviven ya en un confuso concubinato semántico.

Puesto en estas suspicacias, hace pocos días me encontré con el enésimo caso de manipulación, cuando a una manada de violadores le adjudicaron de forma inmediata su condición de ciudadanos alemanes.  Qué prisas –pensé- se han dado en aclararnos que no eran pobrecitos inmigrantes los agresores. Sólo hubo que esperar a la aparición de las fotos de éstos para comprender los sujetos eran alemanes en sentido estrictamente administrativo, ya que sus nombres y aspectos dejaban a las claras el origen turco de los prendas

No es que uno vaya ahora a negar la evidencia de que en todas partes cuecen habas. En España, si necesidad de importarlos, tenemos más que suficiente cantidad de hijos de puta autóctonos.

Lo que repatea, lo que da un asco insufrible, es esta pertinaz manipulación para hacernos ver como normal que de un colectivo de apenas la décima parte de la población, se nutra la ejecución de más del ochenta por ciento de las agresiones sexuales que ocurren en nuestro país.

Hace unos días, recién llegado a la playa, vi a un grupo de jóvenes surferos entretenidos en jugar al vóley, mientras esperaban una mejoría de sus ansiadas olas. Al acabar su partido, recogieron la red y tomaron unas bolsas de basura, con las que recorrieron la playa para realizar una minuciosa limpieza. Una imagen de civismo de las que a uno le levanta el ánimo, y que me hubiera resultado exultante si además los chavales hubieran sido españoles. Pero no. Eran alemanes. Altos, de piel blanca y rasgos innegablemente teutónicos; algo diferentes –por decir algo- de la manada cuyas fotos vi hace tan poco en la prensa. Educados, afables, alegres, deportistas. Eran, simplemente, los otros alemanes.

Sergio Pérez-Campos

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