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Las kale borroka no son noticia… Columna dominical de Manuel Parra Celaya

PUBLICADO EL Domingo, 27 Enero 2019 08:23 Escrito por
Los democráticos CDR en pacífica manifestación Los democráticos CDR en pacífica manifestación

 

 

Dijo el representante de Vox que el asedio al parlamento andaluz por las feministas convocadas por sus habituales mentores constituye un episodio de la kale borroka. En todo caso, es uno más en la cuenta, porque, prácticamente, en muchos lugares de España, hace muchos años que la lucha callejera, al margen de cualquier ordenación legal, es un hecho casi cotidiano.

No me refiero solamente a las dos regiones españoles donde es imposible declararse sencillamente español y manifestar en público voces disidentes con el statu quo instalado, sino que en cualquier lugar hace tiempo que es del todo imposible que se celebren actos públicos sin la inevitable coreografía de abucheos, silbidos, escraches e incluso violencias físicas por parte de quienes se han considerado y consideran monopolizadores de la democracia y únicos actores en escena, con derecho a quemar banderas nacionales o retratos del Jefe del Estado e imponer silencio a quienes de ellos discrepan.

Sí, hemos empleado la palabra violencia, que tampoco es noticia, pero no se olvide tampoco que existen muchos tipos de violencia, además de la puramente física; está, por ejemplo, la violencia moral, la que, sin argumentos ni diálogo que valgan, aplasta al adversario no consentido.

A la primera suelen hacerle frente -que no siempre- los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado; la segunda es consentida en todas las ocasiones, con la coartada de la libertad de expresión, sin que valga añadir aquello tan conocido de que la libertad de uno acaba donde empieza la libertad de los demás.

No se suelen quedar atrás en el uso de esta violencia moral los políticos, teóricos representantes de todo un pueblo, cuyas intervenciones, agrias e insultantes, constituyen una variante más de la violencia, instigadora -por lo menos- de la anterior: la violencia dialéctica, que mejor denominaríamos violencia contra el pensamiento y el lenguaje. Parece que se da una reñida competencia en quién consigue, mediante declaraciones públicas o twists, mostrar que el adversario político, lejos de ser entendido por tal, como ocurre en otras naciones, es un peligroso enemigo, cuya sola existencia pone en riesgo a toda la colectividad. Y la diferencia entre adversario y enemigo es vital para el buen sostenimiento de la paz y de la propia esencia de la res pública.

Puestas así las cosas y dado que esos políticos del insulto, la acusación y la amenaza velada han sido elegidos por una parte del pueblo español, habría que preguntarse hasta qué punto el verdadero concepto de democracia, con sus elementos inseparables de civismo, respeto a la dignidad de cualquier ser humano, acatamiento de las leyes y, sobre todo, vida social apacible, está presente entre nosotros y solo la inexistencia de armas entre la población asegura una distancia con respecto a otros momentos convulsos de nuestra historia.

Si tiramos por elevación, observaremos que los tipos de violencia mencionadas -dialéctica, moral, física- siempre se ejercen contra quienes tienen la osadía de discrepar del Pensamiento Único y Oficial establecido. No se trata ya de la vieja historia de izquierdas y derechas, ni de clase oprimida contra clase opresora, o de protestas legítimas por situaciones concretas, sino por alzar las voces del disenso libre contra las (casi) unánimes del consenso obligatorio.

Siempre he sostenido que los llamados antisistema, o su anacrónica vertiente antifas -apelativos tópicos que se sacan a la palestra cuando la violencia callejera deviene en insoportable para los ciudadanos de a pie- no son más que una parte del Sistema al que dicen combatir; son su guardia de corps, su primera línea, son quienes llevan a cabo los trabajos sucios que, desde un prisma estrictamente legalista, otros no pueden ejecutar. Como prueba, añádanse a esos calificativos los que, de forma local, actúan al margen de lo establecido, pero con el acicate y el visto bueno de las altas esferas; tomemos como ejemplo los CDR en Cataluña y veremos clara la correspondencia entre la inducción del Sistema y sus alegres mesnadas callejeras.

Y no se diga que es un caso aislado; aquello del árbol y las nueces quedó como algo más que un exabrupto de un lenguaraz: era una clara indicación de la mano que mece la cuna…

Llegaremos así a la conclusión de que esta democracia es un fiasco, un espantajo, por lo menos para quienes no son capaces de aceptar al convecino discrepante, al opositor tenaz, al adversario considerado como enemigo. Y no limitemos esta categoría a los sectores más montaraces de nuestro panorama, pues en las trastiendas de los partidos y de las propias instituciones públicas se suelen cocer muchos guisos ignorados por el público.

 

Manuel Parra Celaya

"IN REBUS DUBIIS"

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