Jueves, 25 Abril 2019

Las cosas por su nombre

PUBLICADO EL Miércoles, 18 Julio 2018 00:24 Escrito por

Como habrán observado los lectores, mi resistencia a utilizar la voz independentista es tanta o más empecinada que la que muestran políticos y periodistas a emplear la más exacta de separatista.

        

Basta con echar una mirada al diccionario de la RAE para comprobar que independencia suena a algo positivo, casi heroico (libertad, autonomía, especialmente la de un Estado que no es tributario ni dependiente de otro), mientras que separación no admite esta connotación en ninguna de sus acepciones, por ejemplo, la que reza tomar caminos distintos o la otra de interrumpir los cónyuges la vida en común, por fallo judicial o por decisión coincidente.

        

Por la misma razón, me rebelo contra el uso bastardeado del término constitucionalista como sinónimo de patriota español; ya sabemos de sobra que la palabra patriotismo es nefanda para el código políticamente correcto, salvo que sea aderezada, atemperada y disminuida en sus alcances y vuelos por el aditivo de la primera, tal como intentó en su época el Sr. Aznar y han puesto al día el anterior gobierno y el actual.

        

Vayamos por partes. La tozuda realidad es que se dan ciudadanos españoles que se niegan a serlo, y su máxima aspiración (acaso la única en la vida, por las trazas) es separar, trocear, escindir una parte de España en la que nacieron o fueron adoptados generosamente, como en el caso de algunos procedentes de familias andaluzas, por ejemplo, o, más recientemente, argentinos a lo Pisarello, moritos atraídos por las gestiones de la extinta fundación Nous catalans o, quién sabe si los desembarcados del Open Arms.

        

Sus motivos, enmascarados confusamente en los agravios, son de índole dogmática, porque ya se sabe que el nacionalismo es una religión laica que exige sumisión completa, hasta el punto de que es adoptada, incluso, por quienes dicen pertenecer a otras religiones más serias y, además, regirlas. Y ahí están, tan ternes, aclamando a sus mártires, ahora tan cerca de ellos, en las cárceles catalanas por mor de Pedro Sánchez; en realidad, añoraban otros más auténticos y difuntos, pero no se les dio la oportunidad de inaugurar un santoral de este tipo.

        

En otros pagos, las causas de anhelar una separación se pueden encontrar en la pseudoantropología o en la más variada mitología; en todo separatismo siempre subyace un componente racial de muy difícil disimulo, como lo ha probado el actual presidente de la Generalidad, que no es precisamente un creador de metáforas y se le ha visto el plumero enteramente.

        

Sea por afán de pureza étnica, por papanatismo o por oscuras razones económicas subyacentes, el propósito es separar lo que unieron la historia, el esfuerzo común y la concordia lograda por muchas generaciones, no independizar un supuesto Estado oprimido.

        

Frente a ellos, claro, se oponen quienes no admiten que su patria se disgregue y sea troceada, sean de izquierdas o de derechas, partidarios de la Constitución vigente o de alguna de las muchas que ha tenido la historia reciente, de Felipe III o de Chindasvinto. Es decir, quienes se definen, simple y llanamente, como españoles.

        

En este caso, el truco consiste en sustituir el Concepto -España- por el Accidente -ordenación legal concreta-, de forma que los adversarios separatistas lo son de una determinada situación coyuntural y no de una concreción histórica.

        

A ojos vistas se advierte la trampa: la única España que se admite y reconoce es la constitucional; todo lo anterior a ella, desde el franquismo a la llegada de Escipión a las costas de Emporium puede y debe ser objeto de una reescritura, para que sea acorde con la nación tolerada. El adversario lo es en tanto se opone -y aun eso es discutible- a la interpretación del texto constitucional que le plazca al gobierno de tuno; siempre cabe el diálogo a calzón quitado.  

        

El invento del patriotismo constitucional procede, como saben, de la Escuela de Frankfurt, concretamente de Habermas, como recurso negacionista del pasado alemán; lo trasplantó a España, con escaso éxito, el PP de Aznar, como he dicho, y desde entonces subyace en el inconsciente colectivo de todos los políticos del Sistema, que echan mano de él cuando es menester.

        

La trampa dialéctica está servida y en ella pueden caer muchos incautos de buena fe, que no tendrían inconveniente en volver a guardar en el armario las banderas nacionales que sacaron el pasado otoño a la calle, y que solo servirían en caso de que los acontecimientos futbolísticos fueran más amables que los del Mundial de Rusia.

        

Por lo tanto, ya lo saben ustedes: llamemos a las cosas por su nombre, porque detrás de las palabras huecas están los significados profundos. En todo caso, habrá que repetir muchas veces que España y la identificación con ella que llamamos patriotismo no puede reducirse a una política alicorta, vulgar, estéril y tramposa como la actual, sino que acaso deban buscarse en conceptos de verdad histórica y en el ámbito eterno donde cantan los números su canción exacta.

        

De momento, la reunión del próximo lunes, entre el independentista y el constitucionalista, seguro que no va por ese camino…

Manuel Parra Celaya

"IN REBUS DUBIIS"

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