Martes, 23 Octubre 2018

La otra cara del miedo

PUBLICADO EL Jueves, 09 Agosto 2018 03:15 Escrito por

Hace poco leí que, con frecuencia, lo más difícil de creer es la verdad. Y soy de la firme opinión de que la realidad es así, de que la verdad más evidente encuentra múltiples obstáculos para llegar a la mayoría de las personas. O, al menos, a una mayoría cómoda que opta por no buscarla, sea por pura desidia, o por miedo a enfrentarla.

Hace pocos días disertaba un amigo en su muro de Facebook sobre el miedo. Lo hacía sin pudor, hablando del miedo como lo hacen los hombres valientes, admitiéndolo y enfrentándose a él. Como es un soberbio escritor, era capaz de hacerte recrear todas las sensaciones que el miedo llega a provocar en un ser humano, haciendo de esta descripción, a su vez, una declaración expresa de una firme voluntad de vencerlo. Me gustó leer estos pensamientos de una persona a quien tengo por valiente y comprometida, ya que siempre he pensado que las personas que no tienen miedo sólo son unos inconscientes, y que solemos olvidar que sólo es valiente quien conoce el miedo y es capaz de vencerlo. El valor es la otra cara del miedo, decía en una entrevista un hombre tan poco sospechoso de cobarde como el célebre alpinista Reinhold Messner, aventurero sobradamente capacitado para opinar sobre este asunto.

Existe en la actualidad una tendencia social a la denostación del miedo, a mostrar de modo exhibicionista una presunta ausencia de miedos, por lo mucho que éstos nos traban en nuestra realización personal. Es, simplemente, una de las muchas mixtificaciones de nuestros tiempos, tan dados a adulterar todo.

La verdadera victoria del hombre libre no es otra que vencer sus miedos; negar su existencia no tiene, en la mayoría de los casos, más valor que el de una declaración de fanfarronería hueca.

La lucha verdadera está impregnada del amargo sabor del miedo. Y a la lucha suele movernos el miedo. Porque cuando luchamos, si somos honestos, lo hacemos movidos por muchos miedos. Es estúpido creer que la vida está exenta de peligros, de maldad, de múltiples elementos que ponen en riesgo todo lo más sagrado que poseemos.

La Tribuna de Cartagena y La Tribuna de España, diarios valientes donde los haya, son, en el fondo, los portavoces de verdades que nos despiertan los peores temores, de verdades que muchos no afrontan por miedo, mientras acusan a quienes las divulgan de vivir sembrando dichos temores.

Decía Balzac que todo poder es una conspiración constante. El mundo, desde el genial escritor francés, sólo ha cambiado en las formas, pero en el fondo sigue siendo lo mismo, un lugar en el que el poder no hace otra cosa que conspirar. Es terca esa realidad de lo difícil que es, casi siempre, creer la verdad. Las peores conspiraciones han llegado tan firmemente a esta convicción que ya se quitan sin pudor sus caretas. No hace nada que nuestro infame presidente recibía –sin luz ni taquígrafos- a George Soros, una auténtica encarnación del mal, sin que los paniaguados medios dijeran media palabra en sentido crítico.

Admito que tengo miedo. Tengo miedo a que me arrebaten la civilización que conozco basada en los valores del cristianismo; tengo miedo a que desgarren mi patria; tengo miedo a dejar en herencia una España infinitamente peor que la que me dejaron mis padres; tengo miedo a un futuro siniestro que estamos labrando.

Escribo por miedo a la verdad. Porque esa verdad se oculta desde todos los medios subvencionados por esos poderosos que nunca dejan de conspirar. Porque una mayoría prefiere vivir ignorando esos peligros, que no les respetarán porque adopten posiciones propias de avestruces.

Ahora, prácticamente, cumple su primer año La Tribuna de Cartagena y su primer mes La Tribuna de España. Y lo hacen con éxito. Porque esa verdad difícil de creer, esa verdad que nos aterra, se abre camino poco a poco entre esos valientes que son capaces de dominar el miedo que dicha verdad provoca.

Quizá sea porque luchamos por principios por los que merece la pena sacar de nosotros ese valor, que como decía Messner, no es más que la otra cara del miedo.

Sergio Pérez-Campos

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