Miércoles, 21 Agosto 2019

La herejía pentecostal y carismática

PUBLICADO EL Domingo, 06 Enero 2019 13:28 Escrito por
La herejía pentecostal y carismática La herejía pentecostal y carismática

El pentecostalismo es una herejía que ha logrado infiltrarse en la Iglesia con el fin de debilitarla desde el interior.  Va de la mano del modernismo, y también lo refuerza; los dos movimientos proce­den de igual manera y se apoyan recíprocamente en este trabajo de demolición.  Ahora bien, si el modernismo intenta destruir la Iglesia en cuanto a la doctrina, el pentecostalismo lo hace en cuanto al culto.  Ambos se disfrazan con piel de oveja; por eso su terminología es muy similar a la católica.  Con palabras piadosas y su proceder externo pueden engañar incluso a las personas más cautas, y por ello es preciso escudriñar bajo ese ropaje: para desenmascarar a los lobos rapaces que se esconden en su interior, aunque muchos de sus adeptos no son conscientes de su nocividad y actúan con buena intención. A partir de esta terminología es que muchas personas son engañadas, porque entienden que el movimiento pretende simplemente ofrecer plegarias especiales e intensificar la devoción a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

 

UNA CONSTRUCIÓN SOBRE ARENAS MOVEDIZAS

La verdad es que Cristo envió a los Apóstoles a enseñar a todas las gentes.  Ahora bien, enseñar es, ante todo y sobre todo, aceptar y transmitir una doctrina.

La “tesis de la experiencia y de la Fe” es la tesis de Lutero, no de Cristo, que vino “a dar testimonio de la Verdad” (Jn. 18, 37) y que nos ha enseñado una doctrina bien definida respecto del Padre, de Sí mismo y del Espíritu Santo; de su Iglesia, de los Sacra­mentos, etc.  Él exigía que su enseñanza fuera aceptada con fe, “el que creyere y fuere bautizado, se salvará; pero el que no creyere, se condenará” (Mc. 16, 16).

Lutero, un desviado sacerdote católico, sostenía que él y sus seguidores poseían “la plenitud del Espíritu Santo.

El moderno movimiento carismático o pentecostal, de hecho, nació del Protestantismo en Carolina del Norte (Estados Unidos); la fecha oficial de nacimiento fue el año 1892; sus fundadores fueron el Rev. R. G. Spurling y el Rev. W. F. Bryant , pastor bautista el primero, y pastor metodista el segundo. El movimiento fue bien recibido por otras comunidades de signo protestante contemporáneas a ellos.

La Iglesia Católica juzgó el movimiento por lo que era, y en el segundo Concilio Plenario de Baltimore (Estados Unidos) los obispos católicos pusieron en guardia a los fieles para no prestarle ningún tipo de adhesión. Prohibieron a los católicos incluso estar presentes, aun por mera curiosidad, en los llamados encuentros de oración.

La Iglesia, sin embargo, no conoció un movimiento así en su interior por siglos, y los católicos se libraron del contagio hasta 196 , cuando llego a la Iglesia por medio de dos laicos, ambos profesores de Teología en la Universidad de Duquesne en Pittsburg Pennsylvania (Estados Unidos). Se llamaban Ralph Keifer y Patrick Bourgeois; ellos leyeron, releyeron y discutieron los dos libros sobre el movimiento pentecostal protestante: “Cruz y la palanca de cambio”, del pastor Wikerson y “Ellos hablan en lenguas” del periodista J. Sherill.

Desde entonces el movimiento se difundió ampliamente en toda la Iglesia Católica. Ha ganado seguidores incluso entre Cardenales y Obispos, y naturalmente atrae, como una calamidad irresistible, a millares de religiosas, deseosas de experimentar lo que creen ser las emociones del primer Pentecostés.

El movimiento no es católico, sino protestante. No ha nacido en la Iglesia Católica, sino que fue importado a ella desde las sectas pentecostales protestan­tes, en las cuales nació. Es protestante hasta la médula: es hijo de la herejía; llamarlo católico significaría decir que puede haber un auténtico movimiento carismático católi­co y un auténtico movimiento carismático protestante, como si el Espíritu Santo pudiera asumir roles diversos según obre en la Iglesia Católica o entre las diversas sectas protestantes.

¿Cómo ha podido suceder una cosa así? La respuesta, pensamos, es ante todo esta: el movimiento carismático promete una conversión inmediata y una inmediata santidad.

Para quienes presentan objeciones, tienen una respuesta pronta y aparentemente convincente: “¿por qué pones objeciones? ¿Acaso no ves que muchos sacerdotes, obispos e incluso cardenales y el Papa respaldan el movimiento? Es claro que no hay ningún mal en ello”. Es evidente que el engaño diabólico escondido en el movimiento carismático ofus­ca a la masa de superficiales que van en busca del éxito clamoroso y de resultados inmediatos, olvidando que el camino de la santidad auténtica y del apostolado eficaz y duradero está hecho de abnegación, silencio, mortificación, humillación, y también de aparentes fracasos: “Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, no produce fruto” (Jn. 12,24).

Hay que advertir que si entre los seglares y en algunas religiosas se puede presumir la “buena fe”, no es así en los eclesiásticos que están en situación de comprender el diabólico fraude.

El caso del reconocimiento pontificio está relacionado con la buena disposición que existe actualmente para reconocer a los movimientos.

Algunos piensan que el propio éxito del movimiento habla a su favor; sostener esto sería un grave error; la historia enseña que todos los movimientos heréticos, particularmente en sus comienzos, recibieron el respaldo entusiasta de muchísimos cristianos, incluso en las alturas de la Jerarquía católica.

Aquí es necesario aclarar que criticar al Movimiento Carismático no es estar contra de la Iglesia ni del Espíritu Santo. ¿Cómo podría ser así?; el Espíritu Santo es la misma alma de la Iglesia, el propio principio de su vida sobrenatural.

Ahora bien; cuando se lo examina a la luz de la sana Teología, la conclusión inevitable es que el pentecostalismo y por lo tanto el Movimiento Carismático, aunque se autoproclame católico no viene del Espíritu Santo. El movimiento busca su justificación sobre todo en los capítulos 12 a 14 de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Pero la semejanza entre el movimiento carismático – pentecostal y lo que acaeció en Corinto es sólo superficial.

  1. a) A diferencia del movimiento carismático – pentecostal, en Corinto no hubo Bautismo del Espí­ritu, no hubo imposición de las manos, no hubo tentativas de organizar encuentros de oración o retiros con el fin de distribuir el Espíritu Santo.
  2. b) De las cartas de San Pablo se deduce con evidencia que el fenómeno no estaba generalizado en la Iglesia apostólica, sino que estuvo limitado a Corinto, y que ensegui­da se comprobaron muchos abusos. Por otra parte, no hubo ningún intento por parte de San Pablo o de otro apóstol o discípulo de difundirlo en otros lugares, con el fin de acrecer o sostener la piedad de los fieles. Por fin, los improperios de San Pablo tuvieron el efecto de una ducha fría sobre el movimiento, que de repente desapareció y no se oyó hablar de él en la Iglesia hasta 1966.
  3. c) En Corinto los católicos hablaban “lenguas extrañas”, al revés de los pentecostales que emiten “sonidos extraños” [mussitationes].

Eran verdaderas lenguas, si bien desconocidas a los presentes. Esto es evidente por la “unánime interpretación de los Padres de la Iglesia” e incluso por los repetidos reproches del mismo San Pablo: “Hay sin duda muchas y diversas lenguas en el mundo y ninguna carece de significado; pero si no entiendo el significado de la lengua seré extranjero para el que habla y el que habla será extranjero para mí” (1 Cor. 14,10). Además, San Pablo, dice que él mismo posee el don y que lo posee con más plenitud que ellos (1 Cor. 14,19).

¿Cómo habría podido aprender tantas lenguas tan rápidamente? Dios por lo tanto, obró en él el mismo milagro que había obrado en los otros Apóstoles el día de Pentecostés. Por el contrario, los pentecostales – carismáticos emiten sonidos ininteligibles (mussitationes), y el balbuceo no puede ser lenguaje de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que es Espíritu de suprema Sabiduría y Verdad.

  1. d) Los pentecostales no tienen en cuenta los consejos de San Pablo, y por lo tanto se vuelven inhábiles para recibir el Espíritu Santo.

De hecho, San Pablo, si bien no prohíbe a los Corintios profetizar y hablar en lenguas, repite insistentemente que el don de lenguas es el menos importante entre los carismas, y que no debe buscarse ansiosamente. Cuando se presente el caso auténtico de una persona que habla en lenguas, debe hacerlo con discreción y de manera decoro­sa, y en cuanto no haya nadie que comprenda o ningún intérprete presente, debe callarse.

San Pablo pone en evidencia que el fiel debería ambicionar no estos dones, sino más bien las grandes virtudes de la Fe, de la Esperanza, y de la Caridad.

2) Los pentecostales se apoyan también en algunos episodios de los Hechos de los Apóstoles, especialmente en la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés.

Buscan traer a la mente de todo cristiano aquella gran experiencia mística: “¿por qué -dicen- hay que privar a un cristiano de aquel don incomparable, tan necesario para una vida cristiana ferviente?”

La respuesta es la siguiente:

  1. a) En el primer Pentecostés, la experiencia mística y sensible del Espíritu Santo, junto con los carismas de lenguas, de profecía, de curaciones y semejantes, no fue concedida a todos, sino sólo a los Apóstoles y, probablemente, a los discípulos presen­tes en el Cenáculo, ciertamente no se concedió a los tres mil convertidos que fueron bautizados en aquel día; sin embargo, los Apóstoles hablaban en una lengua, mientras que los oyentes les oían cada uno hablar en su propia lengua. Obviamente los Apósto­les hablaban arameo con su acento galileo, pero la gente les oía hablar en griego, en latín, en parto, en elamita, etc.; evidentemente, es del todo distinto a lo que sucede en los encuentros carismáticos de oración.
  2. b) Los pentecostales se remiten también al capítulo 8 de los Hechos de los Apósto­les, donde se lee que en Samaria el diácono Felipe convirtió y bautizó muchas perso­nas. Cuando los Apóstoles en Jerusalén oyeron lo que había sucedido en Samaria, mandaron a Pedro y a Juan, que a su llegada impusieron las manos sobre los nuevos bautizados, quienes recibieron el Espíritu Santo.

Obviamente se trata del Sacramento de la Confirmació , cuyo ministro ordina­rio es el Obispo.

3) Otro episodio al que se remiten los carismáticos es la conversión de San Pablo, cuando Ananías le impuso las manos diciéndole: “Saulo, hermano, me ha enviado el Señor; a quien viste en el camino, para que recuperes la vista y te llenes del Espíritu Santo”. Inmediatamente sucedió que se desprendieron de los ojos de Pablo unas como escamas, y comenzó de nuevo a ver (Hech. 9, 17-19). Nuevamente estamos ante una interpretación evidentemente errada.

Ananías era probablemente sacerdote y, de todas maneras, no iba imponiendo las manos a la gente para dar el Espíritu Santo; tuvo una visión y un mandato especial para este caso particular: “vete a la calle estrecha y busca en la casa de Judas a uno que se llama Saulo y que viene de Tarso” (Hech. 9, 11). Esto no tiene nada que ver con las pretensiones de los carismáticos.

4) Además hay otros dos episodios a los que apelan los pentecostales:

  1. a) El primero es el episodio referido en el capítulo 19 de los Hechos de los Apóstoles (vv. 1-7), cuando San Pablo encontró en Éfeso doce discípulos de Juan Bautista. Des­pués de haberles instruido sobre Cristo, los bautizó en el nombre del Señor Jesús, y después que “les impuso las manos, el Espíritu Santo descendió sobre ellos y comen­zaron a hablar en lenguas y a profetizar” (Hech. 19, 6). Pero esto es un caso más de administración de la Confirmación por parte de San Pablo, que era Obispo.
  2. b) Otro episodio es la conversión a la Fe de Cornelio y de sus familiares: “mientras Pedro hablaba todavía, el Espíritu Santo descendió sobre los oyentes.

Una vez más es preciso rebatir con firmeza que esto constituya una justificación del movimiento carismático pentecostal. San Pedro no fue a Cesarea para imponer y conferir el Espíritu Santo; fue llevado hasta allí a través de una revelación especial, y el Espíritu Santo descendió mientras les hablaba para instruir a los oyentes sobre Cristo y sobre su misión. Dios obró un gran milagro, incluso antes que Cornelio y los suyos fueran bautizados, porque eran los primeros gentiles en ser acogidos oficialmente en la Iglesia y se necesitaba que le quedase bien claro a todos los cristianos judíos, tan convenci­dos de la idea de que nadie fuera del pueblo elegido podría entrar en el reino mesiánico, de que a partir de entonces los gentiles serían invitados a participar de los beneficios de la Redención.

Fuera de estos textos citados, casi esporádicos, no hay ninguna otra prueba de que semejante efusión externa del Espíritu Santo haya tenido lugar en la Iglesia Apostólica, ni siquiera, como ya se ha subrayado, el día de Pentecostés, cuando después de la predicación de San Pedro tres mil personas fueron bautizadas. La Confirmación, sin embargo, no confiere el Espíritu Santo con signos externos y milagros, tan ajenos al Espíritu de Cristo, sino silenciosamente y de manera misteriosa, como los otros Sacramentos.

Durante sus dos mil años de vida, la Iglesia Católica jamás ha conocido el “Bautismo del Espíritu”, tal como nos lo quieren enseñar los pentecostales carismáticos; sino que ha enseñado, infaliblemente, desde el Concilio Ecuménico de Florencia (1439) que la Confirmación es el Pentecostés de todo cristiano; las palabras del Concilio son: “en la Confirmación el Espíritu Santo se da para fortificar al fiel lo mismo que fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés” (Denz. 697)

Como ya se ha dicho, el “pentecostalismo” y el “carismatismo” eran desconocidos en la Iglesia, habiendo nacido en el siglo XIX entre las sectas protestantes. Por lo tanto, su acción fue un insulto a la verdadera y única Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo y en consecuencia, una auténtica apostasía.

Si el considerado Bautismo del Espíritu fuese verdadero, sería en realidad un “Super sacramento”, instituido, sin embargo, no por Cristo sino por los hombres. Naturalmente, los pentecostales “católicos” niegan que sea un sacramento, pero esto se debe a la confusión e inseguridad que invaden toda su enseñanza doctrinal.

Dicen Kevin y Dorothy Ranaghan en el libro “Pentecostales católicos”, que se considera uno de los clásicos del movimiento: “El Bautismo del Espíritu Santo es una parte fundamental de nuestra iniciación cristiana. Para los católicos, esta experiencia es una renovación, que hace nuestra iniciación concreta y explícita”. Es difícil sondear la profundidad de los errores contenidos en estas líneas, pero aún así, pueden ser detectados. En primer lugar, en esta afirmación se supone que el Bautismo del Espíritu tiene un significado distinto según se sea católico o protestante, y por lo tanto habría un Bautismo del Espíritu para los protestantes y otro para los católicos.

Además, si “el Bautismo del Espíritu Santo es una parte fundamental de nuestra iniciación cristiana”, se sigue de ello que nadie es auténtico cristiano si no lo ha recibido, porque le faltaría algo fundamental en la vida cristiana. Las conclusiones serían verdaderamente sorprendentes: San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Asís, Santa Teresa de Ávila, San Francisco Javier, Santa Teresa de Lisieux, San Pío X, todos los papas y los buenos cristianos anteriores a 1966, y posteriormente todos aquéllos que rehúsan recibir el Bautismo del Espíritu o que simplemente no lo han recibido, no serían auténticos cristianos, ya que estuvieron privados de algo fundamental en la vida cristiana.

Los pentecostales católicos niegan que el Bautismo del Espíritu sea un sacramen­to, pero su negación la contradicen los hechos. Un sacramento, en realidad, es un signo externo que produce la Gracia. Ahora bien, el llamado “Bautismo del Espíritu” tendría todos los elementos constitutivos de un sacramento: la imposición de las manos seria el signo externo; la invocación al Espíritu Santo sería la forma; la efusión del Espíritu sería el efecto. Pero hay más. Si el “Bautismo del Espíritu” fuese verdadero, no sería un simple sacramento, sino un “Super sacramento”, muy superior a los otros siete reconocidos por la Iglesia, porque: a) no produciría simplemente la gracia, sino una efusión de ella semejante en plenitud a la producida el día de Pentecostés; b) además no produciría solamente la gracia en el alma, sino también una milagrosa efusión externa; c) por último, no produciría solamente la gracia interna y externa, sino que conferiría.

TODO ESTO ES CONTRARIO A LA FE

Si lo que los pentecostales afirman del Bautismo del Espíritu fuese verdad, ¿dónde habría que colocar la Confirmación en la vida cristiana?

Los pentecostales católicos o Renovación carismática, evitan la cuestión, y como no quieren negar abierta­mente la Confirmación, la ponen aparte. Ranaghan, en el libro citado “Pentecostales católicos”, propone la cuestión en estos términos: “Se puede estar más seguro de lo que quiere decir estar bautizado en el Espíritu Santo, que de lo que quiere decir estar Confirmado”.

¡No saben lo que quiere decir estar confirmado! Sin embargo la enseñanza inmemo­rial de la Iglesia es la infalible declaración del Concilio de Florencia en 1439, a saber: que “la confirmación es el Pentecostés de todo cristiano”. Incluso —como veremos más adelante— algunos, como el ya mencionado Padre Darío Betancourt, afirman que aunque se recibe el Espíritu Santo en la Confirmación y en el resto de los Sacramentos,

El Espiritu Santo está como ligado, frenado hasta que el bautismo en el Espíritu de los carismáticos, lo libera de nuestro interior y lo hace surgir.

El dilema es por lo tanto inevitable: o el Bautismo del o en el Espíritu es verdadero y la Confirmación es falsa, o por lo menos no necesaria; o la Confirmación es verdadera y el Bautismo del Espíritu es falso. No pueden ser verdad las dos cosas.

Los carismáticos dicen que la efusión milagrosa del Espíritu Santo se debe a la fe. La afirmación suena bien cuando no se examina de cerca.

LOS PRETENDIDOS CARISMAS

EL DON DE SANACIÓN: – Al oír a los pentecostales o carismáticos o de la renovación carismática o en el espíritu, parece que estuvieran caminando sobre una alfombra esmaltada de innumerables milagros, que exhiben como prueba segura del origen divino del movimiento. Sin embargo, para aceptar como auténticas las curaciones milagrosas se requieren tres condiciones:

  1. Que se excluyan todas las causas naturales capaces de obrar una curación súbita.
  2. b) Que el supuesto milagro se someta a un examen atento por parte de médicos, científicos y teólogos.
  3. c) Que la sentencia final sea dada por la autoridad competente.

Ahora bien, estas tres condiciones no se dan en el Movimiento Carismático o Renovación Carismática. Ellos creen en los milagros por el simple testimonio de quienes dicen recibirlos.

EL DON DE LENGUAS

Si consideramos la naturaleza del “carisma”, nuestra perplejidad no puede más que aumentar, porque las lenguas que dicen hablar los pentecostales – carismáticos no son de hecho len­guas humanas. Son balbuceos extraños, simples balbuceos de sonidos ininteligibles, (que algunos han llegado a afirmar que era la “lengua o lenguaje de los ángeles”) a los que se llama glosolalia. Ya hemos notado que las “lenguas extrañas” de que se habla en los Hechos de los Apóstoles y en la primera carta a los Corintios eran verdaderas lenguas, si bien desconocidas en su mayor parte a los pre­sentes. No existe nada semejante en la Tradición de la Iglesia, en la ense­ñanza de los grandes maestros del espíritu y de los grandes místicos de la Iglesia.

¿Podría ser que, lejos de ser un don del Espíritu Santo, el “hablar en lenguas” [mussitationes] fuera un fraude o una manifestación de procesos psíquicos debidos a una explosión emotiva? Se puede añadir que hay, al menos en algunos casos, otra posible fuente: Como ya hemos recordado, el movimiento carismático “católico” pentecostal fue importado del pentecostalismo protestante. Los pentecostales católicos lo han reconocido agradeci­dos, y han llegado a considerar como auténtico el movimiento pentecostal de los pro­testantes.

Las diferencias doctrinales no son una barrera. Y así los católicos, que deberían sostener que solamente ellos poseen la Verdad plena, no intentan iluminar a sus herma­nos protestantes con la plenitud de la Verdad que sólo se puede encontrar en la Iglesia Católica.

Tanto los carismáticos “católicos” como los protestantes afirman trabajar, con rapidez y en espíritu de caridad y de mutua comprensión, por la unidad, que es la mira del movimiento ecuménico. Las cuestiones doctrinales no se discuten

El movimiento carismático, por tanto, está destinado a hacer naufragar la esperanza del ecumenismo, ya que ninguna unión será posible en tanto que los protestantes —o de otras confesiones— no acepten la plena potestad de fe y de gobierno de la Iglesia Católica. ¡El sincretismo es herejía!

Según Kevin Ranaghan,

“el Espíritu Santo no hace diferencia entre la Iglesia Católica y las varias denominaciones protestantes, sino que trabaja igualmente en todas, despreocupándose de lo que creen y enseñan.” Eso no solo es falso. Es una herejía.

La humildad es el fundamento y la fuente de todas las virtudes; el orgullo es la fuente de todos los pecados; la humildad es la virtud de Cristo. El humilde, en cambio, busca el último puesto, evita lo sensacional y extraordinario, tiene miedo de engañarse y se considera indigno de los dones extraordinarios.

Los carismáticos: desean dones extraordinarios, particularmente los que impresionan los sentidos, como el don de lenguas [mussitationes], el de su interpretación, y el de curación. Cristo advirtió: “Hipócritas solo buscaos milagros” “El Reino de Dios no viene con señales visibles”- Lucas 17,20, “Si no veis señales y prodigios no sois capaces de creer” Juan 4,48 – “Bienaventurados los que creen sin ver” Juan 20,29

Mientras el humilde implora “¡No a mí, Señor, no a mí!”, el pentecostal se pone en primer lugar con atrevimiento y dice con los hechos, sino con las palabras.

El movimiento crea una atmósfera sobrecargada de emotividad, y que, por lo tanto, expone al autoengaño; declara, en efecto, que la experiencia personal es la suprema prueba de la efusión del Espíritu Santo.

Sin embargo esto es contrario a la enseñanza de Cristo, que dijo que el cumplimiento de la Voluntad de Dios es el único criterio seguro de estar en la vía de la salvación: “No todo el que me dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre Celestial, este entrará en el Reino de los Cielos” (Mt. 7,21).

Estas son las palabras de Jesús: “muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor; ¿es que no hemos profetizado en tu nombre y no hemos expulsado los demonios y hecho milagros en tu nombre? Entonces les diré: ¡No os conozco, alejaos de mí, obradores de iniquidad!” (Mt 7 22 23).

En torno a este aspecto del movimiento carismático, he aquí lo que escribe un autor francés, Henri Caffarel: “sería inútil recoger aquí ejemplos, pero es claro que normal­mente, por la excitación que domina en esta asamblea, se está muy cerca del histeris­mo colectivo y los jefes son evidentemente incapaces de canalizar las explosiones emotivas. En algunos casos no se puede estar seguro de sí se está todavía en los límites de una auténtica vida cristiana, o si ya se roza la superstición.

¿Se puede imaginar a Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Ávila, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, recorriendo el mundo haciendo ostenta­ción de sí mismos, en su reconocido carácter de auténticos dispensadores del Espíritu Santo?

La enseñanza y la práctica carismática contradicen también la explícita enseñanza de los grandes maestros de la vida espiritual y de los Doctores de la iglesia.

San Juan de la Cruz resume así esta doctrina: “POR TANTO DIGO QUE DE TODAS ESTAS APRENSIONES Y VISIONES IMAGINARIAS Y OTRAS CUALESQUIERA FORMAS O ESPECIES (…) AHORA SEAN FALSAS DE PARTE DEL DEMONIO, AHORA SE CONOZCAN SER VERDADERAS DE PARTE DE DIOS, EL ENTENDIMIENTO NO SE HA DE EMBARAZAR NI CEBAR EN ELLAS, NI LAS HA EL ALMA DE QUERER ADMITIR NI TENER PARA PODER ESTAR DESASIDA, DESNUDA, PURA Y SENCILLA” (Subida al Monte Carmelo. Lib II. Cap. 16).

Es exactamente lo opuesto de lo que hacen los carismáticos.

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