Jueves, 27 Junio 2019

Irrelevante Pablo Iglesias todavía protegido en Galapagar por la Guardia Civil

PUBLICADO EL Martes, 28 Mayo 2019 20:35 Escrito por
Guardia Civil ante la puerta del casoplón de los Iglesias-Montero Guardia Civil ante la puerta del casoplón de los Iglesias-Montero

 

La seguridad privada es un servicio que se paga como bien debería saber Pablo Iglesias e Irene Montero, ahora que las urnas los han bajado de los pedestales no sin cierta intención de puntapié. Al fin y al cabo, de los únicos que han de protegerse, habida cuenta de sus siembras falaces, es de ellos mismos por lo que puedan recoger. 
 
Arrancada de caballo y parada de mulo, dice el aforismo popular que describe la trayectoria de Podemos en España. Así fue la vertiginosa ascensión del podemismo como coherente y previsible su declive, a medida que sus electores despertaban de un espejismo de supuesto beneficio político y social. Había mucho de esperpento en tan afectados e histriónicos elementos de un teatro bolivariano hecho a medida para España. Pero el destino de la derrota iba implícito con el del aparente éxito de los muchos engaños de la demagogia. El artero Pablo Iglesias ha sido líder de un circo de bajo fondo social al que un 26M se le ha caído la carpa que  guarecía a tantos de las inclemencias ganándose con ventajismo la vida opíparamente, parasitando de las arcas públicas sin haber dado jamás un palo al agua.

Estaba escrito el sino de un fracasado al que se le descubrió el truco del ilusionismo político. Desde que nació,  Pablo Iglesias fue un producto artificioso de marketing político, no cabe el casual equívoco en el carácter manipulado de su infancia siendo hijo de su padre, de su madre y nieto de su abuelo del que algunos sospechan chequista, pero protegido por las bondades de una democracia desmemoriada que recordaba los males de unos y borraba las maldades de otros. España fue influida por una estirpe retorcida de radicalismo y revanchista extemporaneidad.

Como niño no poseía libertad para escoger un destino en función de otra educación que la recibida con obsesiva manipulación del parentesco. Pero eso no le excusaba el bajo fondo personal que ha desarrollado, precisamente porque la mala sangre parece ser genética con la carga de responsabilidad moral que conlleva. El  infante debía crecer como una criatura extrema para orgullo de los no menos extremistas obradores de la manipulación leninista concentrada en un hijo; en cuerpo y alma. Algunos padres llevaban sus vástagos prontamente a los clubes de fútbol, a ver si  poseían el talento que permitiera ejercer el día de mañana como rutilantes y cresas estrellas del juego. Otros inculcaban odio, exclusión, llevaban a mítines de radicalismo al zagal que supuraba la intoxicación a gusto de los progenitores y prefabricaban una criatura llamada a revolucionar el orden, con el previsible fin de someterse a la vieja excusa de la justicia social para llenarse los bolsillos: el objetivo primero y último de todos los luchadores por la libertad, y demás monsergas,  que vivían como una plaga hasta el 26 de mayo del cuento político.

 Ya su nombre era una declaración de intenciones radicales, no obstante las afinidades con el terrorismo envenenaban un hogar singular donde se pretendía vivir de la política, en vez de trabajar sin otra pretensión que hacerlo honradamente y en noble igualdad de condiciones. Siendo así de inevitable el destino de quien era una esponja andante de rencores, lucha de clases, violencia justificada y resentimiento visceral con impronta radical, era cuestión de tiempo que una vez crecido fuera el orgullo de sus progenitores por estar hechos a imagen y semejanza de ellos. Igual de arbitrarios, con las mismas destrezas demagógicas y esa mala leche que hay que destilar para estar al margen de una convivencia normalizada y buscar oportunismo con la argumentación ideológica como llave maestra, ganzúa más bien, capaz de abrir todas las puertas así tengan que violentarse en nombre de la libertad de los pueblos.

Pablo Iglesias no tuvo culpa de ser quien fue cuando creció sin opciones, abocado a desarrollar ese carácter cínico tan afín a las ideas totalitarias de la izquierda dizque revolucionaria; siempre lo mismo. Pero aspirar a un gobierno de una sociedad normal para sumirla en la anormalidad de su educación recibida, donde el cóctel molotov y la violencia son instrumentos de control social por la gloria bendita del estalinismo, era una aberración que las urnas acabaron por enterrar. Muchos de sus ex votantes no comulgaban con semejantes aberraciones distantes del más básico sentido común y sana moral.

 Los discursos de Pablo Iglesias sobre la violencia social, fabricación de bombas flamígeras e imposición de la dictadura del proletariado, apestaban fuera de las cuatro paredes de su entorno familiar. Luego pareció moderarse pero siempre se sospechó que callaba las intenciones detrás de un discurso falaz y adaptado. Lo pillaron.

Quien brindaba con un cóctel Molotov en democracia no era persona grata. Esto es algo que dedujeron muchos ex votantes de Podemos que a estas alturas conocen el percal parasitario del orgullo de su casa. El problema podemita resultó ser que los habitantes de un hogar así son la antítesis de lo que es una familia sana y  los votantes no son tontos una vez que se les ha conocido.

Para la próxima Navidad parecerá que Pablo Iglesias habrá brindado con un cóctel Molotov porque estará quemado más allá de lo personal. O eso, o sus padres hicieron un pacto por Satanás cuando lo engendraron para crearlo incombustible. En todo caso ante la irrelevancia política que ha cosechado junto a la revolucionaria de pacotilla Irene Montero, ya es hora de que sean tratados como cualquier ciudadano de a pie que se gasta los cuartos en protegerse mediante el contrato con la seguridad privada.

El casoplón de Galapagar no debería estar custodiado por la Guardia Civil aunque todavía el derrotado líder aspire a algún ministerio, incapaz de entender que su tumba política está señalada en el cementerio del descrédito. Si antes tampoco estaba justificada la protección oficial, la irrelevancia y el demérito de estos vividores no merecen semejante prebenda; un verdadero insulto a la ciudadanía que se gana la vida sin pamplinas sectarias.

 

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