Miércoles, 19 Junio 2019

Espiritualidad y Religión

PUBLICADO EL Domingo, 03 Febrero 2019 09:27 Escrito por
Artículo dominical del franciscano Fray Job Jesús de la Esperanza Artículo dominical del franciscano Fray Job Jesús de la Esperanza

 

 

 

El proceso de secularidad dominante en la sociedad actual, se caracteriza por la independización de muchas realidades que antes pertenecían al ámbito religioso, ha supuesto la separación de la noción de espiritualidad de su identificación con la religión. La espiritualidad, antes siempre ligada a lo religioso, se considera ahora una dimensión humana, que no necesariamente ha de vivirse de modo religioso.

Esta dimensión, hace referencia a la existencia en el ser humano de una realidad más allá de lo meramente corporal o psíquico, la realidad de la Conciencia o el Espíritu.

La Conciencia es la huella resultante de las experiencias vividas y las creencias, es el ámbito de la libertad y la responsabilidad en el ser humano, que le capacita para encontrar un sentido más allá de él mismo. El Espíritu humano se caracterizaría, por tanto, por dos cualidades: la capacidad de autodistanciamiento (no reducirse a lo meramente corporal o psíquico) y la capacidad de autotranscendencia(salir más allá de la mente a algo más allá de uno mismo, descubriendo y viviendo los valores, bienes espirituales que dan sentido a la propia existencia).

La espiritualidad es así una dimensión de lo humano que siempre está ligada a una conciencia ética y a un salir más allá de uno mismo, de la propia mente.

La dimensión más profunda de espiritualidad, en la que más que abrirnos a valores, nos abrimos a la alteridad, no solo  a la relación con un otro con el que estoy en relación constitutiva, es también una apertura a la realidad de un  Ser Existente Superior y Absoluto. Esto permite al hombre una respuesta global a este descubrimiento, una respuesta con toda su persona, a su existencia y no solo con la parte más profunda de su mente. La espiritualidad imprime necesidad de transcendencia, de abrirse a esa realidad, de sentir y vivir la realidad existente que nos supera pero que nos interpela.  

Como decía Thomas Merton, los hombres no son islas, son constitutivamente relacionales. La dimensión transcendente que implica la espiritualidad supone el encuentro sin fusión con un otro (alter), más allá de mí y en relación conmigo, que simultáneamente me ayuda a descubrirme a mí mismo, pues me descubre que yo en lo profundo también soy ese misterio de alteridad. Por otro lado, me hacer salir del centramiento en mí mismo, pues me interpela a responder (responsabilidad) con todo mi ser a ese otro, que al igual que yo, se me presenta en su vulnerabilidad. Es también abrirse, relacionarme y responder al encuentro con ese Ser Superior y Absoluto. Es decir a Dios.

Las corrientes de espiritualidad contemporáneas (muchas de ellas presentándose como espiritualidades pretendidamente noduales o místicas) desconocen esta dimensión de trascendencia presente en la verdadera espiritualidad. Confunden la espiritualidad con la dimensión de profundidad de mi yo (en el ser humano lo más profundo sería esa conciencia, que en estas espiritualidades se centra en sin abrirse más allá de ella misma), lo cual, tiene el peligro de reducir la espiritualidad a la dimensión más profunda de lo inmanente (de mí mismo), sin abrirme a la transcendencia (a otro que me transciende), y sobre todo sin abrirse a la relación con Dios que es la verdadera característica de lo espiritual.

Se confunden así las experiencias mentales más allá del pensamiento (el silencio meditativo centrado en sí mismo, con la espiritualidad verdadera que supone una salida de la mente hacia una realidad que la transciende, la alteridad). No extraña pues que lo característico de estas formas de espiritualidad, sea el creer que la experiencia espiritual más profunda supone superar la alteridad, reduciendo la espiritualidad a un ensimismamiento en lo más profundo de una conciencia que no se abre más allá de sí misma.

Es habitual que estos nuevos discursos proclamen su modo narcisista de vivir la espiritualidad como la experiencia espiritual más profunda y consideren a las religiones como meras construcciones humanas, siendo su modo de entender la espiritualidad un territorio que puede ser muy tóxico en realidad. Una espiritualidad ensimismada en mi yo inmanente, supone en el fondo un narcisismo, que constituye como al individuo como objeto de veneración que lo aleja de la verdadera espiritualidad.

Reducir la religión a un mero instrumento, es una visión muy reduccionista del fenómeno religioso; es la antigua afirmación del viejo positivismo y el cientificismo, que pretendían reducir la religión a una etapa superada de la conciencia o a un mero fenómeno sociológico. Hace tiempo que la fenomenología de la religión demostró que la religión es un fenómeno con una entidad propia, que no puede ser reducido a una mera etapa primitiva de la conciencia (la mentalidad dualista dicen algunos) o a un mero fenómeno social (conjunto de creencias, instituciones o cultos).  La religión es la perspectiva espiritual que lleva a su mayor profundidad esa dimensión de transcendencia que caracteriza a la espiritualidad.

En la espiritualidad religiosa el ser humano se abre al Misterio, que no por ello deja de ser real y existente, la verdadera espiritualidad es una realidad totalmente transcendente, con la que se entabla una relación personal, respondiendo con todo su ser a ese Misterio, que se le presenta como el fundamento de la realidad. La religión tiene un cuerpo de mediaciones institucionales, creencias, prácticas (que sirven para expresar la respuesta humana global al Misterio) pero no puede reducirse a ellas.

Como experiencia, la religión tiene su expresión más plena en la mística, que Martin Velasco define como la “presencia inobjetivable de la Transcendencia en lo más profundo de la inmanencia”. La Transcendencia (salir más allá de uno mismo) y la inmanencia (ir a lo más profundo de uno mismo) se unen en la experiencia mística, que siempre tiene, por ello, una dimensión religiosa al hacer referencia a una realidad totalmente transcendente, que se nos muestra como Misterio. Junto a esa dimensión religiosa en toda experiencia mística, la religión es transcendida también, pues hay un fuerte componente de redescubrimiento de la sacralidad de lo secular (inmanencia) ya que en lo secular se manifiesta el Misterio. La mística integra lo religioso y lo secular, sin fusionarlo.

La religión, por tanto, no es simplemente una creación mental humana, sino que es espiritualidad que nace de un encuentro con la transcendencia absoluta, la forma más plena de espiritualidad. Y esta religiosidad está presente en toda experiencia mística, pues la mística supone descubrir esa transcendencia absoluta en el seno de la inmanencia más profunda.

En toda experiencia verdaderamente espiritual, habrá en ellas, esa referencia a una transcendencia absoluta y, por tanto, tendrán una dimensión religiosa, aunque esta religiosidad no sea confesional.

La espiritualidad es una dimensión humana, la religión no queda encerrada en esa dimensión humana, sino que se abre al Misterio que transciende lo humano, y la mística une lo humano y lo divino, lo religioso y lo secular, lo transcendente y lo inmanente. El hombre es un ser espiritual en esencia, es una cualidad que lo diferencia de los animales, esa espiritualidad supera los límites corpóreos y otorga al ser humano de una dimensión superior que le permite ser trascedente. Un animal puede sentirse satisfecho con solo tener cubiertas sus necesidades alimenticias, donde cobijarse y ser aceptado. El ser humano, además de estas cosas, necesita lo espiritual para poder sentirse plenamente satisfecho y feliz.

 

 

Tomado parcialmente de Fraternidad Monástica

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