Domingo, 24 Marzo 2019

¿Dónde está nuestro sitio? En busca del sueño perdido

PUBLICADO EL Lunes, 11 Marzo 2019 15:02 Escrito por Jesús Bermejo Villar
En busca del sueño perdido En busca del sueño perdido

 

 

Una legión de imbéciles piensan que sacar los trapos sucios de un partido que se presenta como "patriota y regenerador de la vida política de España" es hacerle el juego a los comunistas (como si en La Tribuna de España no denunciáramos las miserias y corruptelas de TODOS los partidos políticos). Y en su supina ignorancia creen que apoyamos otras opciones políticas cuando, desde La Tribuna de España, RECHAZAMOS cualquier opción política dentro del sistema, TODAS y abogamos por acabar con el Régimen del 78. A partir de ahí, respetamos que cada lector vote a quien considere menos malo, que vote en blanco, nulo o que recurra a la ABSTENCIÓN -que lejos de ser "tirar el voto"- respresenta el auténtico voto contra el sistema. Nos da exactamente igual a quién vota cada uno y, como decía un viejo cartel falangista auténtico de la Transición "apoya y vota al más decente y si no lo encuentras: abstente". 

El artículo de Jesús Bermejo nos habla de donde encontrar nuestro sitio, -como decía José Antonio- "en una atmósfera turbia, ya cansada, como de taberna al final de una noche crapulosa. No está ahí nuestro sitio".

Este artículo es una necesaria ráfaga de aire fresco, un bello tulipán crecido en medio de un estercolero...

 

 



Se hace tortuoso, a veces demasiado angosto, ver pasar el devenir de los días sin conseguir nada gratificante a lo que agarrarnos. Lo que anhelamos se difumina en la búsqueda de un santo Grial que no acabamos ni siquiera de visualizar. Un enjambre de caminos por el cual no saber tirar y terminar actuando sistemáticamente como perros de pavlov. Ese enjambre que solo tiene un destino, triste destino, que es la globalización en su más estricta génesis. Un todo en uno, que más que solucionar unos pocos problemas, los acrecienta de manera considerable al carecer de una idea alta. Un Himalaya de falsedades sin sentido que cobra fuerza dentro de una gran urbe, donde todo ser viviente bebe coca-cola, come en un Mcdonalds y viste de igual forma, estrafalaria, sin el más mínimo sentido de belleza ni de cordura.

¿Y cuál es la solución a este magma de incongruencias? ESCAPAR…

 

Días largos, en los que una vez hallada la paz del descanso de la familia en el hogar, sin afán de conciliar el sueño, uno hace su trabajo, el de pensar, meditar, mejorar y sumergirse en la lucha más importante del que dispone de alma. Una lucha consigo mismo, una rebelión del pensamiento. Cada uno busca su ruta de escape, su atajo hacia la felicidad. Yo la encontré en los reblos, en mis dos hermosas villas castellanas de encinas centenarias, de sosegada calma, y pueblos cada vez menos rebosantes de agua y de vida. Cogerse el coche, maletas llenas de aventuras, y viajar con tu familia al hombro, unos niños que no cesan de parlar, una mujer que no se cansa de aguantarlos, y un padre que no cesa de sonreír… a la vez que se llena de tristeza al ver esas zonas rurales en constante desaparición. Pueblos llenos de historias en sus ya, cada vez más ancianos “sabios”, pero ningún oído para escucharlos. Persianas bajadas, tejados caídos por el poder incesante de la lluvia a lo largo de los inviernos y sin unas manos fuerte y jóvenes para levantarlos. Montes repletos de animales y tierras sin cultivar. Donde antes había un hombre arañando la tierra que daba de comer a su prole, ahora sólo hay cardos y rebrotes que indican que un día hubo vida. Una época en la que se rezaba a San Isidro Labrador y rebosaban, en las fiestas de guardar, las iglesias. Esos majestuosas templos con sus despampanantes campanarios que ahora sólo cumplen una triste misión, el dar sacro entierro a aquellos que nunca recogerán el fruto de lo que sembraron. He aquí en este punto donde se libra la mayor de las batallas, la batalla cultural de los valores rurales contra los modales mundanos de la metrópoli.

 

 

 

 

El mundo rural es un firme defensor de las tradiciones, folklore e identidad de una nación. Un escudo contra el mundialismo y la globalización. La sociedad rural trabaja generalmente en la conservación y mantenimiento de rincones etnológicos a través de sus ferias patrimoniales. Sin duda la sociedad rural está manteniendo un legado histórico que sin su trabajo desinteresado ya se habría perdido. Debido a la distancia entre los asentamientos, la cadena activa de producción es más difícil, permitiendo el uso del trueque que favorece y prioriza la producción doméstica de bienes y comestibles. Mientras en las grandes urbes se tratan asuntos de extrema preocupación como la desigualdad, corrupción… en las zonas rurales estos problemas son apenas intrascendentes. Al disponer de menores tecnologías, se tiende más al apego entre las gentes, solidaridad de forma natural y el respeto a las tradiciones, valores totalmente despojados de las grandes ciudades. En los pueblos se trabaja con una conexión permanente con la madre naturaleza, recorriendo el surco, el gas natural se cambia por la leña a golpe de hacha y directo a la lumbre, sin IVA. Se cambian los grandes restaurantes de estrellas Michelín por laboriosas bodegas de trabajo inmenso, de generación en generación, merendando a 10 metros bajo tierra saboreando el olor de cada golpe de pico que hizo falta para su construcción. Una conexión con tus ancestros que se siente por cada paso que das en el encinar, cada fruto que coges de sus árboles incansables de aportar “cosecha” año tras año, cada uva de sus cepas, cada palo a la estufa, cada matanza, cada…. Imposible recordar sin emocionarse. Ahí es donde está nuestro santo grial en la búsqueda de nuestra identidad. La identidad que se conserva en el trabajo duro, en la disciplina y la “mano dura” de los papás que son más propensos a no conceder cualquier capricho a sus hijos material. Esa identidad que Julius Evola elevaba hacia lo alto”, una civilización tradicional entiéndase como orgánica, tal que en su interior toda la actividad esté orientada de forma unitaria según una idea central, más específicamente, de “lo alto hacia lo alto”, que significa hacia algo superior a lo naturalista. Esta orientación presupone un conjunto de principios inviolables a lo largo de las generaciones de inmutable validez y con carácter metafísico.

O como dice el propio Hegel, se trata de reconocer, en la apariencia de lo temporal y de lo transitorio, la sustancia, que es inmanente, es lo eterno, que es lo actual”.

 

Claro queda que la búsqueda de la identidad requiere forzosamente la búsqueda del mundo rural. Estamos ante una generación de gente emocionalmente débil, todo debe ser suavizado, porque es ofensivo, incluso la verdad pero el no caracterizarnos como esa juventud amorfa, nos hará audaces, libres, y sobre todo incorregibles ante la búsqueda de nuestro sueño perdido.

 

Jesús Bermejo Villar en exclusiva para La Tribuna de España

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