Jueves, 25 Abril 2019

El feo arte de la censura y un cura llamado Ramón Tejero. Artículo dominical de Manuel Parra

PUBLICADO EL Domingo, 03 Febrero 2019 09:11 Escrito por
Ramón Tejero, sacerdote (como tantos otros) entregado a los demás, cuya labor es silenciada por "la prensa del sistema" por su apellido Ramón Tejero, sacerdote (como tantos otros) entregado a los demás, cuya labor es silenciada por "la prensa del sistema" por su apellido

 

 

Se han gastado ríos de tinta y mares de saliva en recordar la censura del franquismo: en efecto, el trabajo del censor de aquella época -ridiculizado sin cuento a partir de la transición-, debió de ser agotador, amén de ridículo en muchas ocasiones, y no tanto en los asuntos de índole política, cuanto en relación a cuestiones de moral pública.

Supongo que Franco -director de aquella dictadura constituyente y de desarrollo, como calificó a su Régimen, en vida, el profesor Fernández Carvajal- se interesaría sobremanera por los primeros, pero le traerían al fresco las segundas, a fuer de legionario, y no se preocuparía de que la películas terminaran con un beso apasionado o de que las coristas lucieran un centímetro más o menos de ropa. La Codorniz, aquella revista más audaz para el lector más inteligente (hoy la leerían muy pocos)- jugó al gato y al ratón con los censores, con fortuna variada…

La parte moral de la censura correspondía a la jerarquía eclesiástica, que consiguió, entre otros méritos, el secuestro de la novela de Rafael García Serrano, La fiel infantería, a las pocas horas de que el Estado le hubiera concedido el Premio Nacional de Literatura. Precisamente en el prólogo de la edición de 1973, el autor nos relataba una significativa conversación entre David Jato Miranda y el obispo de Madrid y Primado de las Indias, Doctor Eijo y Garay:

        - Señor Patriarca, el veto eclesiástico de su representante hace imposible el ejercicio de la censura. Yo le propongo entregar toda la censura cinematográfica al obispado.

        - Pero, señor Jato -respondió el Patriarca-, ¿usted cree que yo soy tan tonto como para colocarme en postura tan incómoda? Para mí lo bueno es que sea el Estado quien cargue con la responsabilidad de prohibir o autorizar lo que a la Iglesia le plazca.

En honor a la verdad -y con el respeto que merece la memoria histórica- la censura no fue un invento del Régimen franquista, pues ya la practicaba con creces la idílica II República, de la que quedan como testimonio en las hemerotecas innumerables páginas de periódicos en blanco, con el cartel de censurado, o gruesos tachones de tinta negra sobre los textos. Mi amigo, el historiador José M.ª García de Tuñón Aza, sabe mucho más de todo esto y a él me remito.

Cualquier diría que hoy en día, en plena democracia, según dicen, ha desaparecido esta práctica atroz, pero se equivocan, pues siguen existiendo modos de censura, directos y expresos, solapados y sutiles, que pueden decidir qué se publica o se dice ante las cámaras y qué no, incluso que libros pueden ponerse en estampa y cuáles deben quedar reducidos a cortas ediciones casi familiares. Aquí me remito a mi otro amigo, Josele Sánchez, que podría ilustrarnos largo y tendido…

La censura actual se hace más efectiva en los interdictos oficiales sobre qué debe saber el público y qué debe ocultársele, en prensa, televisión y, si Dios no lo remedia, dentro de poco en las redes sociales. Por ejemplo, dicen que se ha decretado el apagón informativo sobre el número de pateras que arriban a nuestras costas y la cantidad de inmigrantes que entran, saltando vallas o por cualquier otro medio; claro que el Ministerio lo niega… También me aseguran -aunque no tengo confidentes en las covachuelas del Estado, lo sé de buena tinta- que está terminantemente prohibido mencionar la etnia, la nacionalidad o el origen de los culpables de cometer actos de delincuencia, en concreto en las agresiones a mujeres, eso que se llama tontamente violencia de género y no de sexo, aunque las noticias solo se refieren a uno de ellos.

La última ha sido el silencio sobre el nombre del párroco del pueblo de Totolán, donde ha tenido lugar la tragedia de Julen, y la ausencia total de entrevistas a su persona, a pesar de que se ha volcado con la familia del niño. Todo porque el apellido del referido sacerdote es Tejero, hijo según parece del Teniente Coronel de la Guardia Civil; en mi seguimiento de la noticia en varios periódicos, solo un comentarista mencionaba, en una coletilla, el nefando apellido.

No creo que se trate, en este caso de una censura previa. O sí. Sospecho que estamos, por lo que deduzco, ante una censura social, interiorizada ya en mentes y conciencias, para no desairar a la corrección política del Pensamiento Único. Si es así, habremos llegado a la forma de dictadura más perfecta, en la que no hace falta la figura atrabiliaria del censor de manguitos, visera de cartón y lápiz rojo en ristre.

Manuel Parra Celaya

"IN REBUS DUBIIS"

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