Sábado, 24 Agosto 2019

De turista a viajero: personas o rebaños

PUBLICADO EL Lunes, 29 Julio 2019 11:42 Escrito por
¿Alguien puede llamar a esto disfrutar de un viaje? ¿Alguien puede llamar a esto disfrutar de un viaje?

Sergio Pérez-Campos es, además de un excelente articulista, un viajero impenitente que ha recorrido los lugares más insólitos del planeta acompañado sólo de su viaje mochila de trotamundos. Este artículo es una interesante reflexión sobre el turismo de masas, ese turismo que invade  los lugares más hermosos de millones de horteras que viajan con idéntica estulticia con la que votan.

 

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Es verano y resulta completamente imposible substraerse a un fenómeno como el turismo de masas. La sociedad moderna adolece, entre otras muchas lacras, de una terca e impúdica tendencia a lo que hemos dado en llamar postureo, y los viajes son muy probablemente uno de los terrenos donde mejor fermenta dicho fenómeno.

Hoy en día todo el mundo viaja; todo el mundo presume de que le gusta viajar. Pocos son los que se atreven a reconocer que no les gusta, o siquiera que no les apasiona, ante el temor de ser anatemizados. Ninguna época ha conocido mayor temor al estigma social que la nuestra; quizá o precisamente por la globalización.

Uno lleva  casi cuatro décadas viajando a su aire, mochila al hombro, y en búsqueda constante de los lugares menos trillados. Me han llamado inconsciente y loco muchas veces por haber osado plantar mis pies en países que la mayoría consideraba peligrosos, o simplemente por haberlos recorrido a mi aire. He conocido a viajeros asombrosos, auténticos trotamundos, y por eso no puedo entender que haya quien pretende hacer de todo tabla rasa, igualarlo todo, pretender que no existen diferencias apelando a todos esos tópicos con que la modernidad trata de uniformarnos. Que ya sabemos que a los rebaños no les gustan las ovejas negras, ni nadie que piense por su cuenta.

Esta masificación del viaje está provocando efectos devastadores. Muchos paraísos han dejado de serlo en las últimas décadas. La invasión de la masa en “modo turista”, ruidosa, bulliciosa, puerca, ensuciadora, y hortera hasta la náusea, que pugna entre el garrulo gentío para hacerse un hueco donde poder inmortalizar su puñetero selfie, que a veces abandona una maravilla sin haberla siquiera contemplado con sus ojos, admirándola exclusivamente a través de su inseparable móvil; esa invasión, insufrible, ubícua, inícua y cateta, ha dificultado enormemente la búsqueda de los verdaderos viajeros; ha desacreditado una actividad tan enriquecedora e inteligente como viajar. Y en muchos lugares comienza a generar una cierta hostilidad más que justificada por parte de unos nativos que, sopesando las ventajas económicas que los ingresos que les reporta el turismo y las molestias y lacras que trae consigo, lleguen en algún momento a replantearse hasta qué punto les conviene.

Hace tiempo leí un magnífico ensayo titulado “De turista a viajero” en el que se perfilaban muy certeramente las principales diferencias entre ambos conceptos. Si bien es cierto que puedan existir tipos ambiguos, por lo general, no es demasiado complicado situar a cada uno en su justa categoría.

Pensaba en todo esto ante el incremento natural que el estío provoca en el fenómeno cuando una noticia me confirmó mis peores sensaciones sobre la evolución del mismo. Se hablaba de turistas que mendigan en los países que visitan. Lo más llamativo es que se trata de jóvenes de países desarrollados que tienen el cuajo de poner la gorra en países subdesarrollados. Burgueses bien engordados y malcriados que en un obsceno alarde de miseria moral se muestran pedigüeños para sufragarse un viaje ante personas que, en muchos casos, apenas tienen para subsistir, para llegar a un mínimo de vida digna.

Me recordaba a esos turistas que cuando hablan de sus viajes alardean de sus habilidades regateadoras, de esos que se creen algo parecido a Phileas Fogg porque un día escamotearon medio euro a una pobre artesana en Bolivia o en Camboya. Medio euro que, siendo nada para ellos, marcaba una diferencia sustancial para la nativa.

Me recordaba –y me recuerda machaconamente cada día- que estamos construyendo una sociedad que es capaz de banalizar todo, de trivializar incluso las actividades más nobles ejercidas por el ser humano.

Viajar es mucho más que ver postales; mucho más que coleccionar selfies o imanes; y sin duda mucho más que pasear por el mundo tu mala educación y tu miseria moral, tu falta de respeto , tu prepotencia y esa forma de mirar por encima a quienes en muchas ocasiones te reciben con una hospitalidad que no siempre merecemos.

Viajar es crecer, aprender y respetar. Lo otro es postureo. O la simple impudicia de pasear por el mundo nuestra mala educación.

Sergio Pérez-Campos

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