Lunes, 17 Junio 2019

Cuando todo está contra nuestros, Dios siempre está con nosotros

PUBLICADO EL Domingo, 09 Junio 2019 10:53 Escrito por
Dios siempre está con nosotros Dios siempre está con nosotros

En las apariencias, Dios parece muy distante, muy olvidadizo, muy ausente.

 

Cuando nos encontremos en situaciones dificultosas, leamos el salmo 22 que recitó el Mesías en la Cruz, y que no fue un grito de desesperación, sino que era encarnar, hacer vida el salmo 22 y con ello decía: Se ha cumplido lo que anuncio el salmista.

La exclamación de Jesús durante la agonía, recogida por los evangelios, Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, no fue un grito de desesperanza, sino el anuncio del cumplimiento de uno de los salmos más profundos del salterio, que Él, como buen judío, conocía muy bien.

En él se presenta la “figura de un inocente perseguido y rodeado de adversarios que quieren su muerte; él recurre a Dios en un lamento doloroso pero, en la certeza de la fe, se abre misteriosamente a la alabanza.

Su grito inicial, que es el que los evangelios de Mateo y Marcos ponen en boca del moribundo Jesús, es una llamada, una oración dirigida a Dios, que para el discernimiento humano, parece lejano, parece que no responde y parece haberlo abandonado, pero la realidad es distinta y, hay que discernirla, descubrirla desde la certeza de la fe, como lo hizo nuestro Señor.

En las apariencias, Dios parece muy distante, muy olvidadizo, muy ausente. La oración pide escucha y respuesta, busca una relación que pueda darle consuelo y salvación, esa respuesta hay que esperarla y discernirla desde la fe que no vacila ante las adversidades. “Fe es la esperanza segura”. Si se pierde la fe, nada hay que esperar y, la soledad se convierte en algo insoportable”, el salmista al igual que Jesús, saben sin ninguna duda que Dios nunca los abandona, en el Salmo 23, 4 encontramos aliento. “Aunque ande en valle de sombra y de muerte, no temeré mal alguno (Aunque me ocurra), porque tú estarás conmigoTu vara y tu cayado me infundirán aliento”.

A veces en nuestra vida nos encontramos en situaciones de desesperanza, clamamos a Dios, pero aparentemente no responde a nuestra oraciones, el silencio solo es aparente, Dios responde a su manera, no a la nuestra, permite nuestros sufrimientos, porque espera de nosotros una respuesta de fe y fidelidad firme, inquebrantable, y en cualquier circunstancia, respondamos como lo hizo Habacuc 3, 17-19Aunque la higuera no florezca, Ni en las

vides haya frutos. Aunque falte el producto del olivo, los labrados no den sus productos, las ovejas sean quitadas de la majada, no haya vacas en los corrales, Con todo, yo me alegrare en Yahoweh y, me gloriare en el Dios de mi salvación”.

 

En el Gólgota Esas palabras de Jesús expresan “toda la desolación del Mesías, Hijo de Dios, que está afrontando el drama de la muerte, una realidad totalmente contrapuesta al Señor de la vida”.

Jesús clama al Padre en el huerto de Getsemaní para pedirle que si es posible lo libre del sufrimiento, pero el Padre no lo libra del sufrimiento, no es que no lo escuchara, sino que era necesario que tomara la cruz.

Jesús se sintió abandonado por casi todos los suyos, traicionado y renegado por los discípulos, rodeado por los que le insultan, Jesús está bajo el peso aplastante de una misión que debe pasar por la humillación, persecución, tortura y crucifixión. Por esto grita al Padre y su sufrimiento asume las palabras dolientes del Salmo, pero también el cumplimiento de las promesas”.

Ve cómo se pone en tela de juicio su relación con el Padre, Mateo  27, 39-40Si eres el hijo de Dios sálvate a ti mismo y baja de la cruz” Siente el énfasis cruel y sarcástico de los que lo están haciendo sufrir. Sin embargo, Dios está presente en la existencia del orante con una cercanía y una ternura incuestionable e indescifrable”. En la cruz, también están presentes el Padre y el E. Santo, Dios se entrega desde la plenitud de su trinidad, en la persona de Cristo, de la misma manera que cuando el E. Santo actúa, es Dios trino quien actúa, en la persona del E. Santo.

No obstante la desolación del presente, el Salmista reconoce una cercanía y un amor divino tan radical, que ahora puede exclamar, en una confesión llena de fe y generadora de esperanza: desde el seno de mi madre, tú eres mi Dios”.

Ante ellos el orante pide socorro, en un grito que abre los cielos, porque proclama una fe, una seguridad que va más allá de toda duda, de toda oscuridad y de toda desolación. Y el lamento se transforma en esperanza, dejando lugar a la alabanza en la acogida de la salvación.

Este Salmo nos ha llevado al Gólgota, a los pies de la cruz, para revivir su pasión y compartir la alegría fecunda de la resurrección. “Dejémonos invadir de la luz del misterio pascual y, como los discípulos de Emús, aprendamos a discernir la verdadera realidad más allá de las apariencias, reconociendo el camino de la exaltación, en la humillación y, la plena manifestación de la vida en el sufrimiento de nuestra cruz”.

Así poniendo de nuevo toda nuestra confianza y esperanza en Dios Padre, en el momento de la angustia, le podremos rezar con fe también nosotros, y nuestro grito de auxilio se transformará en cantos de alabanza, y podremos decir como dijo San Pablo en Colosenses 1,24 “Me alegro cuando sufro en carne propia, porque así participo de los sufrimientos de Cristo, que continúan a favor de su cuerpo, que es la iglesia”.

La Sangre de Cristo podría haberse derramado en vano, si cada hombre no aporta lo que falta a esa Pasión y no completa en su carne, según las palabras del Apóstol, los sufrimientos de su Redentor.

Para que la Pasión de Cristo me salve, es preciso que yo me asocie a Ella. Debo tomar la mano que Jesús me tiende desde lo alto de la Cruz, y prolongar en mi vida, en mis miembros, en mi corazón y en mi carne la Pasión de mi Redentor. Debo hacerme uno con Él, y completar en mí, la Ofrenda, el Sacrificio de Salvación ofrecido por todos los hombres. Entonces estaré salvado.

 

Me uno a la Pasión de Cristo cada vez que sobrellevo los mil padecimientos que me sobrevienen en la vida. No es que Dios me haya abandonado, sino que al igual que le paso a Cristo, El Padre me permite ser protagonista de su plan de salvación. Me da la oportunidad de cooperar con Cristo, uniendo mis sufrimientos a los de su pasión, entonces, mí sufrimiento adquiere dimensión sagrada y redentora.

Si así lo hago puedo decir como el Apóstol Pablo: “Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo”. Y, si todo ello lo hago en gracia de Dios, la Pasión que Cristo padeció por mí no habrá sucedido en vano, pues en mi comunión con Cristo, me convierto en uno de sus discípulos, parte de su cuerpo místico, capaz de ofrecer mis sufrimientos y mi vida, como ofrenda sagrada, que junto a su pasión y muerte, se torna propiciatoria por mis propios pecados y los del mundo.

Mateo 10,28 “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”.

2 Corintios 6:1-13Así, pues, nosotros, como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios”.            

2 Porque dice: “En tiempo aceptable te he oído, Y en día de salvación te he socorrido. He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación”.                                                                

3 No damos a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea vituperado.                                                                   

4 Antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias;                                                                                         

5 En azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos;

6 En pureza, en ciencia, en longanimidad, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero,

7 En palabra de verdad, en poder de Dios, con armas de justicia a diestra y a siniestra;

8 Por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama; pasando como engañadores, pero siendo veraces;

9 Como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, mas he aquí vivimos; como castigados, mas no muertos;

10 Como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo.

11 Nuestra boca se ha abierto a vosotros, nuestro corazón se ha ensanchado.

12 No estáis estrechos en nosotros, pero sí sois estrechos en vuestro propio corazón.

13 Pues, para corresponder del mismo modo (como a hijos hablo), ensanchaos también vosotros”.

Muchos son los cristianos que a través de la historia han padecido junto a Cristo sufrimientos, la tortura y el martirio, no es que Dios les haya abandonado, sino que aportaron lo que le puede faltar al sacrificio de nuestro Señor como expiación del mundo, tuvieron la oportunidad de dar al mundo testimonio vivo de su fe, una fe que no se quebranta ante las vicisitudes, una fe que es actual, este año ha habido miles de misioneros que han sufrido el martirio por Cristo. Dios nos permite el honor de ser coparticipes en su plan de salvación, y por tanto coherederos de las promesas ¡Bendito sea Dios!

 

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