Domingo, 21 Julio 2019

Corazón proscrito. Columna dominical de Manuel Parra Celaya

PUBLICADO EL Domingo, 16 Junio 2019 11:17 Escrito por
Manuel Parra Celaya, una de las prosas más hermosas y profundas de la prensa española. Un lujo exclusivo (todos los domingos) para los lectores de La Tribuna de España Manuel Parra Celaya, una de las prosas más hermosas y profundas de la prensa española. Un lujo exclusivo (todos los domingos) para los lectores de La Tribuna de España

 En efecto, nunca en la historia el ciudadano de a pie se había visto tan constreñido en su vida pública y privada; te dictan cuáles deben ser tus opiniones, tus fuentes de información, tus textos de cabecera; qué películas debes ver (por supuesto, con mensaje explícito o subliminal); qué debes comer y de qué debes abstenerte… 

 

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Con sinceridad, la primera intención fue titular este artículo con un sonoro ¡Qué c…se han creído!; pero prevaleció la elegancia sobre la concesión a la vulgaridad, quizás por contraste con las numerosas muestras de chabacanería del lenguaje y del gesto de moda en la calle, en tertulias y los diversos hemiciclos parlamentarios que pueblan España.

El motivo de la tentación fue la noticia -o quizás fake new- de que la Generalidad de Cataluña, entre golpe de Estado y golpe de Estado, tenía el propósito de prohibir fumar en los vehículos particulares; rememoré, a lo mejor erróneamente, que algo por el estilo insinuó el Gobierno vasco hace un tiempo, sin que nunca llevara a término esa nueva forma de intromisión de lo público en lo privado o, si se prefiere, de una nueva vuelta de tuerca en la práctica del totalitarismo democrático.

Antes de seguir, ratifico que soy fumador de pipa desde mis añorados diecisiete años; no es muestra de soberbia ni mucho menos confesión humilde reconocer que este uso acompaña mis lecturas, mi inspiración en los escritos y mis sobremesas con amigos o familiares, las cuales quedan evidente y bruscamente truncadas si el ágape se da en un restaurante, en cuyo caso me traslado al salón de fumadores que ha establecido el Sistema, esto es, a la calle. Añadiré, sin pizca de altanería, que sigo haciendo deporte casi a diario y practico el montañismo en cuanto tengo ocasión.

Pero, como no pretendía hablarles de mis aficiones, dejo que la Anécdota se eleve al terreno de la Categoría. Y la primera conclusión, ya apuntada, es la tremenda paradoja de que los secuaces y herederos del prohibido prohibir hayan llenado la vida social de prohibiciones y controles, algunos de apariencia nimia y otros que rozan los procedimientos inquisitoriales que obsesionaron a los románticos decimonónicos, precedentes de la tropa que nos rige.

En efecto, nunca en la historia el ciudadano de a pie se había visto tan constreñido en su vida pública y privada; te dictan cuáles deben ser tus opiniones, tus fuentes de información, tus textos de cabecera; qué películas debes ver (por supuesto, con mensaje explícito o subliminal); qué debes comer y de qué debes abstenerte… A modo de esas grandes superficies que tienen flechas en el suelo para indicarte el recorrido que debes hacer, una odiosa y dictatorial burocratización de la política, del pensamiento y del lenguaje establece los cauces de la relación del individuo con la colectividad; creo que le llaman gobernanza.

Profundicemos más en el tema, y volvámonos a referir al tabaco (no al progresista porro); entraremos, así, nos introducimos en el terreno de la biopolítica, término que data de los años 20 del siglo pasado y que es, según el profesor Dalmacio Negro, la política de los cuerpos, política integral de la vida, poder sobre los cuerpos, poder sobre la vida, y que intensifica la politización hasta el paroxismo (El mito del hombre nuevo, 2009).

Con la biopolítica se produce una superación de las ideologías y se da entrada a la aparición de las bioideologías, mundo en el que estamos inmersos de hoz y de coz; la nueva izquierda se fundamenta en ellas y esa es la razón por la que ha abandonado sus antiguas banderas en pro de la justicia social; en palabras del mencionado profesor, no es la transformación del mundo exterior o la transmutación revolucionaria de la sociedad lo que le interesa, sino la transformación de la naturaleza del hombre. De este modo, las bioideologías adquieren una dimensión cientifista utópica y pseudoantropológica. Ya no pretende este progresismo la destrucción del capitalismo, sino que ve en él una fuente de recursos a explotar.

Son, por tanto, bioideologías el multiculturalismo, sospechosamente vinculado al racismo por su exaltación de las diferencias étnicas; el ecologismo, producto urbanita que mitifica la naturaleza; el feminismo radical y la doctrina LGTBI, y -llegando a nuestro asunto, la bioideología de la salud.

Esta corriente también de moda pretende salvar la vida de los efectos de la nociva cultura tradicional; en palabras de Houellebecq, citadas por Negro Pavón, tiene como consecuencia un aumento del control social y una disminución global de la alegría de vivir; viene a ser un redentorismo del cuerpo, en paralelo a la negación laicista de la redención del alma; sus contradicciones son más que evidentes, en tanto defienden el aborto y la eutanasia, por ejemplo; no se halla lejos la ideología de la salud de las corrientes transhumanistas, pero este análisis nos ocuparía mucho más espacio.

Si aquel ministro del franquismo llamado Arias Salgado se empeñaba en llevarnos a los españoles al cielo a patadas en el culo (García Serrano dixit), los actuales regímenes totalitario-democráticos pretenden que seamos sanos a base de patadas a la libertad personal.

Ven como no ando desencaminado en mi explosión de escándalo ante las medidas más restrictivas que se anuncian, a modo de globo-sonda, contra el placer de fumar mi pipa en mi vehículo, en mi domicilio y en aquellos lugares donde no moleste a los no fumadores (regla esta de rango superior a todas las prohibiciones legales)?

No es que un servidor se haya transformado en anarquista; es que, en este marco social asfixiante, late con fuerza mi corazón de proscrito.

                                                     

               

               

 

Manuel Parra Celaya

"IN REBUS DUBIIS"

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