Domingo, 25 Agosto 2019

Contrasentidos. Columna dominical de Manuel Parra Celaya

PUBLICADO EL Domingo, 23 Junio 2019 09:41 Escrito por
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La igualdad ante la ley de todos los ciudadanos queda también como paradoja por mor del sistema autonómico, creador de un rompecabezas de desigualdades; tampoco se da la igualdad en el ámbito de lo legal en cuanto a hombres y mujeres, a causa de las normas de discriminación positiva y listas paritarias, que constituyen de hecho un insulto para las mujeres, o por aquello de distinguir violencias de género domésticas.

 

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En una de estas tardes casi veraniegas, al pasar frente a un local de la ANC (Asamblea Nacional de Cataluña, por más señas), me fue dado contemplar los preparativos de una de las enésimas manifestaciones separatistas que, día sí, día también, se celebran en las calles de Barcelona para protestar por el hecho inaudito de que las leyes de un Estado de Derecho europeo hubieran sentado en el banquillo a quienes las transgredieron gravemente.  Nada me llamó la atención de los congregados (edad habitual y porte de los llamados, cariñosamente, lazis), pero sí que estaban engalanando un camión del Cuerpo de Bomberos (de los que pagamos todos los contribuyentes) con grandes pancartas relativas al derecho a la autodeterminación y a los presos políticos.

Inevitablemente, me vino a la cabeza la expresión bomberos pirómanos, ya que quienes están encargados de sofocar los incendios estaban contribuyendo, con material público, a provocarlos. Se trataba de una paradoja -que también se puede llamar antilogía, como ustedes gusten-.

En una serie de rápidas asociaciones de ideas, se me vino a la cabeza que se trataba de uno más de los contrasentidos que pueblan la sociedad y la política españolas, y no tengo inconveniente en hacer partícipes a los lectores de mis sobrevenidas reflexiones.

Por ejemplo, la tremenda paradoja de ese clero que trueca Catolicidad (es decir, universalidad y ecumene) por un localismo estrecho y rencoroso; que, en lugar de predicar el amor cristiano y el hermanamiento entre los creyentes, menosprecia o echa fuera de los templos a quienes no están de acuerdo con sus fervorines y prédicas sectarias, y contribuye a desunir a las familias.

O, generalizando, ese sector de la sociedad (me es igual el porcentaje), representado por los acompañantes del camión de bomberos, que sigue encandilado por el trampantojo de la república catalana, que solo consigue empobrecer Cataluña económica y culturalmente, y convertirla en una rara avis entre los europeos conscientes que buscan su unidad por encima de sus fronteras.

Y qué me dicen de la enorme antilogía de los mandatarios y representantes del Estado español en una Comunidad Autónoma, que, además de hacer mangas y capirotes del ordenamiento jurídico de ese Estado, no cesan en sus bravuconadas y amenazas de repetir el sainete conspiratorio en contra de la integridad nacional.

Tirando del hilo, ¿no es un inexplicable contrasentido que los sucesivos gobiernos de ese Estado, sin excepción, hayan asistido, complacidos e inermes, al avance del procés separatista, otorgando dádivas constantes a los secesionistas a cambio de un miserable puñado de votos?

Puestos en mi terreno profesional, ¿se concibe mayor paradoja que algunos profesionales de la educación sigan confundiendo este concepto con el de adoctrinamiento y manipulación de las mentes infantiles y juveniles, siempre contando con la hierática postura de perfil de la llamada Alta Inspección del Estado?

Pero no solo se dan esas flagrantes contradicciones y paradojas en Cataluña: toda la política española está atestada de ellas, y aquí podríamos ir repasando, uno por uno, los principios de nuestra Carta Magna para advertir el abismo que se abre entre las solemnes declaraciones y la realidad. Acudamos, verbigracia, al sistema electoral vigente, que configura -en teoría, un Estado democrático; pues bien, esta deseable cualidad queda totalmente yugulada por el monopolio que los partidos políticos y sus intereses ejercen sobre la participación ciudadana, con sus listas bloqueadas y cerradas, la absoluta imposibilidad de control por parte de los electores sobre las decisiones de sus elegidos, por no hablar de los pactos y enjuagues postelectorales a los que estamos asistiendo en este momento.

Si acudimos a otro rimbombante calificativo que la Constitución atribuye al Estado -el de social-, me imagino que a los dos millones y medio de parados les suena, no solo a paradoja, sino a cachondeo aquello de que todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo; y quien dice esto, puede añadir lo del disfrute a una vivienda digna o al acceso a la cultura.

La igualdad ante la ley de todos los ciudadanos queda también como paradoja por mor del sistema autonómico, creador de un rompecabezas de desigualdades; tampoco se da la igualdad en el ámbito de lo legal en cuanto a hombres y mujeres, a causa de las normas de discriminación positiva y listas paritarias, que constituyen de hecho un insulto para las mujeres, o por aquello de distinguir violencias de género y domésticas.

Me temo que, de seguir por este camino, me pueden llamar al orden por socavar la moral pública, pero quedan muchas cosas en el tintero que constituyen grandes paradojas de esta España que nos ha tocado en suerte vivir y que ustedes pueden rellenar con sus experiencias.

Manuel Parra Celaya

"IN REBUS DUBIIS"

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