Jueves, 18 Julio 2019

Ceferino Maestú: el enamorado de la Revolución

PUBLICADO EL Martes, 18 Diciembre 2018 10:25 Escrito por Jorge Garrido San Román
Ceferino Maestú: el enamorado de la Revolución Ceferino Maestú: el enamorado de la Revolución

Se cumple el segundo aniversario de la muerte de Ceferino Maestú, un personaje olvidado por "la prensa del sistema" y que, pese a la falsificación de la historia, fue el verdaero fundador de CCOO, por mucho que nos hayan impuesto la farsa de que la autoría del nacimiento del sindicato fue obra de Marcelino Camacho. Maestú, falangista hasta el último de sus suspiros, es el gran desconocido de la historia sindical de España. Por eso La Tribuna de España ha invitado a Jorge Garrido San Román, dirigente del sindicato falangista UNT, a escribir un artículo sobre la vida y la figura de Ceferino Mestú: Jorge Garrido ha redactado un artículo que supera, con creces, las espectativas que teníamos de rendir tributo a su figura y que le devuelve al lugar que la historia le ha robado.

 

 

Hace unos días se cumplió el segundo aniversario del fallecimiento de una de esas personas grandes que, pese a ello, rara vez aparecen citados en los obituarios de la prensa. Fue el 13 de diciembre de 2016 cuando Ceferino Maestú nació para la vida eterna, como él –hombre de profunda y sincera fe– seguramente habría preferido decir, recordando que la Iglesia es por esa razón por la que fija las fiestas de los santos no en el día de su nacimiento al mundo, sino en el de su fallecimiento, cuando “emigran de la Patria terrena a la Patria Celestial”.

Ceferino fue una de las personas que más impacto me han causado en mi vida, y nunca olvidaré el día que más tiempo estuve con él, cuando me concedió una entrevista un ya lejano 9 de marzo de 2009. Con una agilidad mental envidiable –a sus entonces casi 89 años–, cuando le llamé por teléfono para pedirle la entrevista me reconoció en el acto, y eso pese a que habíamos hablado anteriormente únicamente un par de veces a raíz de la publicación de mi libro “Manifiesto Sindicalista” en 2007, que tanto le gustó. Recuerdo que quedamos junto al monumento al “Plus Ultra” de la madrileña plaza de Moncloa, y que allí estaba ya esperándome, cartera en mano, a las nueve en punto de la mañana, con esa puntualidad exquisita propia de las personas serias y educadas que saben perfectamente que hacer esperar a alguien es siempre, consciente o inconscientemente, una desconsideración, un menosprecio, una falta de respeto hacia los demás. En las épocas decadentes –como ésta que nos ha tocado vivir– se olvidan con demasiada frecuencia estas cosas.

Decir que fue para mí un placer charlar con Ceferino Maestú durante más de una hora y media –¡ojalá hubiera podido disponer de más tiempo!–, sería decir poco. Fue un placer, sí, pero más que eso fue un auténtico privilegio, un honor. El lugar en que nos reunimos, entonces dedicado a un conocido pintor extranjero –ahora es una cadena de comida rápida mejicana– y antaño refugio de conspiradores en tiempos convulsos, resultaba agradable para una conversación tranquila e interesante que, tras regalarme un par de interesantísimos libros suyos recientes que no tenía, iniciamos hablando de… ¡astrofísica!, ya que sobre ese tema –prácticamente desconocido para mí– acababa Ceferino de terminar de escribir un libro. Estaba a punto entonces de ser publicado otro libro suyo que yo esperaba con bastante más interés, pero que no acaba de ver la luz: “Los enamorados de la Revolución. Historia de la CNT y la Falange en la II República española”. Tras muchos años de espera, fue todo un acontecimiento para mí poder leer ese título cuando finalmente vio la luz, aunque tuve que esperar hasta 2012...

Y es que la Falange de Ceferino era la de los que él llamaba, con intención ilustrativa –y creo que también un tanto provocadora–, “los falangistas rojos: Manuel Mateo, García Vara, Matorras, Matías Montero, Juanito Orellana, Álvarez de Sotomayor. Todos ellos y otros muchos, por igual, fueron rojos, rojos y luego falangistas rojos, con el abrazo de José Antonio Primo de Rivera. Los mataron a todos y, al menos, no vieron lo que vino después”.

 

Ceferino Maestú en la tertulia literaria falangista La Ballena Alegre

 

 

Yo le pregunté por él y la gente de su generación, los nacidos entre 1920 y 1935 –los niños de la Guerra–, que él consideraba “la generación perdida”, y es que no le faltaba razón cuando exponía su tesis: eran demasiado jóvenes cuando estalló la Guerra Civil, vivieron el franquismo en un estado de permanente frustración (política, sindical), cuando llegó la transición ya eran demasiado mayores como para protagonizar nada y, por si eso fuera poco, fueron estigmatizados cuando en realidad, como bien decía Ceferino, “eran una gente estupenda”… Yo siempre he pensado que los hombres de su generación hicieron mucho más por España y por los trabajadores de lo que algunos creen, incluidos ellos mismos, pero Ceferino no podía dejar de mostrar su decepción por haberse malogrado una ocasión histórica para hacer una verdadera revolución, la Revolución de la que él estaba enamorado: la Revolución Nacionalsindicalista.

Me contó Ceferino cómo descubrió la Falange en Vigo con apenas quince años: “Cuando aún sufría el vivo recuerdo del asesinato de mi padre, por los moros de Franco, seguía preocupado por todos aquellos problemas sociales y no sólo políticos que habían provocado cuanto sucedió (…). Cierto día, supe de un acto público de los falangistas, en el cine Tamberlik, y fui, por curiosidad. Busqué un sitio desde el que pudiera ver y oír sin ser visto. Aquello me sorprendió porque los oradores hablaban de Revolución, de Justicia Social. Y, al reaccionar el público con aplausos, Jesús Suevos gritó: “En la Falange no queremos aplausos. Camaradas: ¡Arriba España!”.  Sinceramente, aquello fue un revulsivo emocional para mis quince años y, después de pensarlo mucho, me metí en el SEU de Falange Española de las JONS”. Después me explicó cómo aquello terminó en una enorme frustración, cómo se fue voluntario a la guerra, cómo los militares –la Guardia Civil en particular– trataron de obligar a su Bandera falangista a asesinar prisioneros en Teverga, cómo su Jefe de Escuadra, Francisco Moyán –luego caído en Gandesa–, les reunió a todos para decirles: “Yo no he venido para asesinar y me voy”. Y no se fue él solo precisamente, porque aquellos falangistas no habían ido a la guerra para asesinar cruelmente a nadie, sino para luchar en buena lid, cara a cara, fusil contra fusil, como hombres y no como bestias… Ceferino pidió entonces a su madre que lo reclamara, aprovechando que era menor de edad, y así no tuvo que volver a enfrentarse a esa barbaridad que es siempre la guerra, y más una guerra civil.

Curiosamente sería el famoso sacerdote jesuita José María de Llanos, con el tiempo destacado activista comunista, pero entonces firme partidario de la Revolución Nacionalsindicalista, quien reintroduciría a Ceferino en el falangismo, aunque tuviera que ser a través del Frente de Juventudes –FE de las JONS ya había sido secuestrada legalmente en 1937 con el famoso Decreto de Unificación– y para crear después la centuria universitaria “Íñigo de Loyola”. Y aquí arranca una etapa apasionante en la vida de Ceferino: “Así, tuve que reasumir el encuentro con aquellas antiguas convicciones y leí, pensé y defendí no lo que estaba haciendo Franco, sino lo que José Antonio Primo de Rivera había querido hacer. Conocí, entonces, a falangistas extraordinarios como Narciso Perales, Palma de Plata de José Antonio; Carlos Ruiz de la Fuente, Secretario Nacional de la Vieja Guardia, y Patricio González de Canales, que había sido de todo y bien, hasta del complot para matar a Franco, y a muchos más que no desmerecían de ellos”. Desde luego puedo dar fe de cómo le cambiaba el semblante cuando evocaba el recuerdo de esos falangistas por los que parecía sentir más que admiración, devoción incluso… Era imposible, al oírle, porque uno no puede dejar de ser humano –y más aún si se es falangista–, no sentir a través suyo algo parecido.

La Falange que evocaba Ceferino, no lo puedo ocultar, era la Falange que a mí más respeto y admiración me merece. Y es que es obligado reconocer que en la Falange han confluido históricamente tendencias muy diversas y hasta en buena medida opuestas. Y esto se refleja claramente en una anécdota que Ceferino me contó con detalle y que en sus memorias, “La vida que viví con los demás”, también desveló: antes de las elecciones de febrero de 1936 José Antonio Primo de Rivera encarga a Carlos Juan Ruiz de la Fuente que asista a un mitin de Gil Robles en el Cine Madrid, que tome nota de lo que dice, y que se presente en la Jefatura Nacional para informarle; cuando regresa está reunida la Junta Política y José Antonio le hace pasar y exponer ante todos lo que ha dicho Gil Robles; tras ello él hace ademán de irse y el propio José Antonio le dice que no, que se quede, pues lo que están tratando en ese momento es de su interés; se trataba de decidir si la Falange debía unirse precisamente al grupo de Gil Robles o no, y había un enfrentamiento directo y muy duro entre Raimundo Fernández Cuesta, José María Alfaro y Rafael Sánchez Mazas por un lado –firmes partidarios de esa unión–, y el propio José Antonio, Manuel Mateo y Julio Ruiz de Alda por otro, quienes rechazaban tajantemente esa posibilidad; la discusión fue subiendo de tono y, cuando terminó y salió Carlos Juan de allí, su convicción era la de que FE de las JONS estaba a punto de sufrir su tercera escisión en menos de tres años, algo que no llegaría a suceder por la precipitación posterior de acontecimientos.

También me contó Ceferino su paso por el “Círculo José Antonio” –de donde se puede decir que prácticamente le echaron a causa de lo incómodo de sus posiciones–, el inicio de su “periodo de predicación rebelde y de militancia social activa”, cómo se gestaron las magníficas “charlas de la Ballena Alegre” –la mayor y mejor aportación doctrinal al Nacionalsindicalismo tras la muerte de José Antonio y seguramente incluso hasta el día de hoy– en los años sesenta y cómo nació la idea de la revista “Sindicalismo”, siempre con las limitaciones y los problemas que el Régimen ponía a todo lo que no controlaba. No podía evitar Ceferino recordar con tristeza cómo Mariano Sánchez Covisa provocó un incidente que sirviera de excusa para prohibir las “charlas de la Ballena Alegre”, o cómo Manuel Fraga –sí, sí, el mismo que, como algunos otros, tan bien supo reciclarse durante a transición en demócrata y tolerante de toda la vida– censuró y terminó prohibiendo la publicación de la revista “Sindicalismo”. Lo recordaba con tristeza, sí, pero en su expresión no se veía rastro alguno de odio y me atrevería a decir que ni siquiera de rencor. Es lo que les pasa a los católicos convencidos y a las buenas personas –¡y qué decir cuando en una misma persona confluyen las dos cosas!–, que no tienen ni tiempo ni ganas para esas miserias humanas. Y yo me alegro de que haya gente así, porque son los que contribuyen a dignificar con su ejemplo el Nacionalsindicalismo que otros –los menos, sí, pero siempre los más llamativos– han manchado tanto.

Recuerdo que repasamos su papel, desde la UTS (Unión de Trabajadores Sindicalistas), en las nacientes Comisiones Obreras, utilizando para ello el apoyo del Centro Social Manuel Mateo (asociación nacionalsindicalista de tipo cultural dirigida entonces por José Hernando Sánchez y Diego Márquez Horrillo),  lo que le supondría conocer la “hospitalidad carcelaria” franquista, y cómo él y otros católicos y falangistas terminaron fuera de CCOO cuando el Partido Comunista de España se hizo con su control total; hablamos de cómo la transición política tuvo su equivalente sindical con unos sindicatos financiados desde el exterior, con una UGT que sólo quería ser correa de transmisión del PSOE y que dinamitó la posible unidad sindical, una Constitución que oficializó en cierta forma los sindicatos para dar pie a la subvención y su consiguiente control –“si no les financian los trabajadores, sino los empresarios, el Estado, las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos, entonces los trabajadores nunca les controlarán; es el que les subvenciona el que les controla”, afirmaba rotundo Ceferino–; el fracaso de su última aventura sindical, la CTI (Confederación de Trabajadores Independientes)…

Ceferino en sus últimos años era muy escéptico con las generaciones jóvenes, pues pensaba que su materialismo les imposibilitaba pensar en nada que vaya más allá de sus narices y sus egoísmos individuales, y que eso dificulta mucho la labor sindical en el siglo XXI, y por ello, aunque él pensaba que sólo cuando la crisis mostrara toda su crudeza el pueblo sería capaz de pensar que quizá fuera necesaria una verdadera revolución, no llegó nunca a ver cerca el momento. Las condiciones no eran aún suficientemente determinantes, y a su edad él consideraba que ya sólo podía hacer una cosa: “escribir para ir sembrando”. Y es que es verdad que, por mucho que madure la fruta, si no hay nadie que ponga el cesto, la fruta se perderá en el suelo; si no se siembra la Revolución, nunca será posible hacerla.

Pero él, que desde luego bien pudiera haber servido de modelo a José Antonio para inspirarle su concepto de los “inasequibles al desaliento”, aún así no dudó en decirme que “ahora, a mis 88 años, sigo pensando que el sistema capitalista y su régimen de relaciones laborales es injusto y creo que hay algo que hacer”. Cuando murió, ya con 96 años cumplidos, seguía pensando exactamente igual.

Somos muchos los que pensamos que hay algo que hacer, Ceferino, muchos más de lo que parece…

 

 

Semblanza biográfica de Ceferino Luís Maestú Barrio

Nacido en Vigo en 1920 y fallecido en Boadilla del Monte (Madrid) en 2016, fue periodista de profesión y fundador de varias agencias de noticias (entre ellas, Fiel); afiliado con quince años al SEU (Sindicato Español Universitario, vinculado a Falange Española de las JONS) al poco de estallar la Guerra Civil; perteneció al Frente de Juventudes y fundó la Centuria “Íñigo de Loyola”; fue el principal promotor de las famosas “Charlas de la Ballena Alegre” a principios de los años sesenta y en 1964 fundó y dirigió la revista “Sindicalismo” hasta su prohibición por parte de Manuel Fraga; participó en los inicios de Comisiones Obreras desde la UTS (Unión de Trabajadores Sindicalistas) y a causa de estas actividades fue detenido en 1965 y procesado por el Tribunal de Orden Público; cuando el Partido Comunista de España se hace con el control de CC.OO. él deja esa organización para fundar el sindicato independiente CTI, del que llegaría a ser Secretario General y del que finalmente también quedará distanciado.

Obras destacadas: La vida que viví con los demás (autobiografía de 2003); Una Revolución cristiana en libertad (2005); Hasta la ballena pidió la Revolución. Un intento de resurrección falangista (2008); El pensamiento sindicalista de los falangistas de Primo de Rivera (2008); Los enamorados de la Revolución. Historia de la CNT y la Falange en la II República española (2012).

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