Miércoles, 24 Abril 2019

Carrusel electoral. Opinión del catedrático Martín Ostos

PUBLICADO EL Sábado, 23 Marzo 2019 09:56 Escrito por
Cartel anarcosindicalista (foto facebook) Cartel anarcosindicalista (foto facebook)

 

El columnista de La Tribuna de España José Martín Ostos (catedrático de derecho procesal de la Universidad de Sevilla) reflexiona sobre "el circo electoral" que ya se nos ha echado encima.

 

 

Dentro de un mes, aproximadamente, los españoles estamos llamados a las urnas. Poco tiempo después acudiremos a nuevos comicios. El mero hecho de participar en la elección de  nuestros representantes públicos debería producirnos una gran satisfacción.

Sin embargo, no todo es positivo. Al igual que sucede en muchas naciones, nuestro sistema electoral apuesta decididamente por los partidos políticos como medio idóneo para la representación de los ciudadanos en los órganos de poder. El  cauce previsto es a través de aquéllos; no hay otra manera de acceder al Congreso de los Diputados, al Senado, a las cámaras legislativas autonómicas  y a los ayuntamientos.

En consecuencia, cuando se convocan elecciones, las organizaciones políticas se aprestan a lo que se conoce como la “confección de listas”, que viene a ser la tarjeta de presentación de cada formación. En esa fase nos encontramos durante estos días. Ni programa coherente, ni ideas con fundamento. Lo que importa es el conjunto de nombres que encabezarán cada candidatura.

De este modo, los medios de comunicación nos van informando de las nuevas incorporaciones a cada partido. Salvo en las elecciones  municipales, en general se trata de personas que son mostradas como representativas de distintos sectores sociales (un artista, un deportista, una mujer de etnia gitana, un discapacitado,…). Son fichajes relucientes que,  aunque no suelen tener especiales conocimientos de la vida política, resultan atractivos, por famosos.

En ocasiones, la noticia impacta por las características del candidato (por ejemplo, se comenta que, tal vez, no sea idóneo quien hace años fue condenado por su participación en un asesinato o en una estafa). En otros casos llama la atención el origen profesional de los aspirantes (es el supuesto de los militares; entre ellos, varios generales). También sorprende  el transfuguismo de algunos, generosamente recompensado (en una transacción de este tipo, que podemos calificar como mercadeo político, a mayor peso efectivo en la organización política abandonada corresponde un mejor puesto a ocupar en la nueva lista). Es el lógico pago a quien con todo desparpajo traiciona su anterior militancia.

No olvidemos tampoco el fenómeno de los candidatos conocidos como cuneros (personas que no han tenido ni tienen relación con la provincia en la que encabezan la lista); este privilegio se acostumbra a reservar para los ministros del gobierno cesante. Una forma más de agradecer los servicios prestados al partido.

A pesar de todo, estos peculiares modos de constituir las candidaturas agradan a muchos periodistas y teóricos de la ciencia política, que descubren en ellos una interesante aportación de aire fresco, con gente venida del exterior, sin necesidad de acudir a los afiliados al partido. De esta forma, celebran con alborozo a quienes, con “sacrificada actitud”, colaboran en el fortalecimiento de lo que consideran el mejor sistema democrático posible.

Por otra parte, el carácter empresarial que se observa en la actuación de las citadas formaciones políticas explica las transformaciones introducidas en sus campañas. Ya no se recurre a la llamada cartelería, propia de las primeras elecciones tras la llegada de la democracia; igualmente, casi han desaparecido las  denominadas cuñas radiofónicas. Ahora se apuesta por diferentes actuaciones, entre las que predomina la presencia en las redes sociales y, por supuesto, en la televisión.

Tampoco resultan necesarias las grandes concentraciones, relegadas  para los actos de clausura de campaña. El momento presente insiste en el lenguaje de los gestos y en la celebración de reuniones en lugares simbólicos o con minorías representativas (igual sirve la visita a un museo que la ayuda en la recogida de plásticos en nuestras degradadas playas). Ni que decir hay que, si se produce un inesperado y desgraciado accidente, los candidatos se desplazarán de inmediato al lugar para consolar a las víctimas.

Otro elemento que no puede faltar, más próximo al mundo de la farándula que a la organización seria y democrática de la participación en la vida pública, es el de las promesas electorales. Una incontenible catarata de mejoras sociales, de aumento de puestos de trabajo, de plazas de hospital, de nuevas viviendas y de todo lo que sirva para embaucar, será anunciada como el maná a recibir si se apoya a una candidatura. Sin el menor pudor, los aspirantes proclaman el anuncio de la buena nueva a una población que los oye, pero no escucha, en la creencia de que su verbo cálido, moderno, feminista, animalista, ecologista y todo lo que sea necesario, servirá para atraer el apoyo de su paisanaje. A los afortunados por el escrutinio nunca se les exigirá rendición de cuentas. En cuanto al votante, no se contará con él hasta los próximos comicios. A pesar de que se le pretenda convencer de lo contrario, se siente espectador más que actor. La situación descrita, por contradictoria que parezca, obedece a la cruda realidad.

Sin embargo, en nuestra sociedad afortunadamente existen parcelas en las que la participación se realiza de un modo directo y verdaderamente democrático, sin necesidad de contar con la interesada intervención de los partidos políticos. Es el caso de la universidad o de los colegios profesionales. En ellos, sin desconocer la conveniente diversidad de pensamiento, las elecciones para elegir a sus representantes se realizan exclusivamente por medio de sus miembros. Esto demuestra que es posible un sistema de elección bastante mejor que el presente. Habría, pues, que insistir en esa dirección, en vez de ampliar el actual sistema carente de sentido democrático, cuando no corrupto.

Porque lo descrito más arriba nos recuerda a un tiovivo que da vueltas sobre sí mismo, sin llegar a ningún sitio. Una hoguera de las vanidades que da pie a pensar que el actual sistema no está concebido para atender a los verdaderos problemas de los españoles, sino para solucionar el porvenir de los dirigentes políticos.

 

José Martín Ostos

Catedrático de Derecho Procesal.

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