Lunes, 17 Diciembre 2018

NOSOTROS

Grupo SUR ESTE PRENSA EDITORIAL, S.L.

Antonio Vidal Olivo. Presidente

No encontramos mejor manera de definir este proyecto periodístico, mejor definición de La Tribuna de España como periódico digital que el texto que les acompañamos firmado por nuestro colabor habitual Manuel Parra Celaya. Precisamente porque no somos un periódico digital partidista sino un medio de comunicación profundamente antipartitocrático. Porque somos el verdadero periodismo antisistema, ese que sigue creyendo que otra España debe ser posible...

Vivimos en una corte de los milagros. No me duelen prendas en utilizar un título valleinclanesco, porque vivimos en un continuo esperpento nacional. Tampoco me importa repetir aquello de que, si no creyera en otra España, me apresuraría a sacarme el carné de identidad de ciudadano abisinio, pongamos por caso.

Porque resulta que estamos inmersos en un mundo cuya aceleración en ciencia y tecnología es poco menos que inalcanzable. En el que las complicaciones derivadas de las estrategias geopolíticas titubeantes nos quitan el sueño. En el que los grandes problemas de supervivencia del planeta son cada vez más amenazantes. En el que grandes masas de población nómada invaden territorios… En el que la desigualdad en el uso y aprovechamiento de los bienes continúa en progresión geométrica. En el que se descompone una Europa que se creía en el camino de su unidad. En el que la propia España sufre los tirones segregacionistas cada vez más amenazantes…

En el que, en suma, existe una total desarmonía entre el ser humano y su entorno

Y aquí estamos pendientes de cómo darle la vuelta a la historia y de las titulaciones y diplomas académicos de los políticos.

Somos el hazmerreír del mundo occidental y gran parte del otro. Se cuestionan la legitimidad de nuestros jueces y se da sagrado a quienes han protagonizado un golpe de Estado dentro de la Unión Europea. Se nos chantajea en lo económico y se nos ningunea en lo político. Cualquier chisgarabís -del más recóndito lugar del mundo- puede pretender darnos lecciones de civilidad, de democracia y de cosas por el estilo. Y lo asumimos perrunamente, agachando las orejas y, para caer algo simpáticos, moviendo alegremente el rabo…

Hay excepciones, claro. Como nuestros soldaditos que defienden en lejanas misiones, mal llamadas de paz, valores ya olvidados en nuestros lares; o nuestros investigadores, que han debido buscar trabajo y sustento más allá de nuestras fronteras; o nuestros deportistas, que se emocionan cuando suben al podio y ven ondear nuestra bandera.

Salvo estos y escasos ejemplos más, la mediocridad, la vileza o lo tontería campan por sus respetos; el adagio no falla: cuando hay ineptos en las instituciones, es que sus votantes están bien representados. O a la inversa, que tanto da.

Pero resulta que ni voy a pedir la carta de nacionalidad abisinia ni me considero títere de esta comedia esperpéntica, y seguro que, conmigo, muchísimos otros conciudadanos, a quienes no quiero incluir injustamente en el saco de mis críticas.

Tanto ellos como yo, creemos en otra España, alejada del ridículo, de la estupidez y del ninguneo internacional. Otra España que es posible, aunque esta posibilidad se nos aparezca lejana o utópica. Se trata de una España a la que designo desde los ámbitos de la metafísica, para diferenciarla de la ruina de esta España física y material, que tan próxima está, por intoxicación, a la España oficial.

Creo -creemos- en otra España que, conocedora y orgullosa de su pasado, no se recrea en él por ser incapaz de vivir el hoy. O que, por una desmesurada ansiedad de vivir el presente, hace tábula rasa de su historia. Una España que es capaz de encontrar una síntesis feliz entre tradición y modernidad, entre herencia y progreso.

Una España que ha enterrado con creces rencores y odios casi seculares, y persigue el abrazo entre todos sus componentes, pretéritos y actuales; y, sobre todo, propicia a llevar este abrazo a las generaciones que aún no están entre nosotros.

Creo -creemos- en otra España que también logra un perfecto equilibrio entre su unidad esencial y sus inmensas variedades, y a la que se sirve con diferentes acentos y lenguas; otra España que, más que debatir cuestiones de lindes, está llamada a proyectarse en el mundo; y sigue siendo europea por voluntad y americana por vocación.

Una España de todos y para todos. Y en la que todos tienen el trabajo como un derecho y un deber.

Creo -creemos- en esa España metafísica que se reencuentra con sus raíces, que nada tienen que ver con las hojas tronchadas y polvorientas de lo inservible. Una España que cree en sí misma, porque cree, ante todo, en la dimensión trascendente del hombre.

Creo -creemos- en otra España que es capaz de encontrar senderos de mejor justicia y de recta y sabia libertad; que no ve como barreras infranqueables las impuestas coordenadas de un sistema preestablecido y global, porque tiene una valiente capacidad de innovación.

En esa otra España solo tienen cabida los esperpentos como motivo de reflexión para los vicios superados; de ella solo reniegan quienes se asfixian en los espacios abiertos y limpios de un aire libre.

Vayamos, ustedes y yo, en busca de esa España distinta, alejada de esta corte de los milagros, de las manipulaciones de la historia y de la caza de falsos títulos universitarios

 

LA TRIBUNA DE ESPAÑA 

DIRECTOR 

Josele Sánchez
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