Domingo, 21 Octubre 2018

¿Se retiran los militares Estados Unidos de Afganistán?

PUBLICADO EL Lunes, 06 Agosto 2018 03:40 Escrito por Moon of Alabama [*]

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, EEUU acusó a la organización terrorista islamista Al-Qaeda; en concreto, a las facciones que se ocultaban en Afganistán. El gobierno talibán ofreció a Estados Unidos extraditar al líder de Al-Qaeda, Osama Bin Laden, a un país musulmán para ser juzgado bajo la ley islámica. El gobierno de los EEUU rechazó el ofrecimiento y se decantó por destruir al gobierno afgano.

Bajo la amenaza de los EEUU, Pakistán, que siempre ha visto a Afganistán como su “hinterland” natural, se puso al servicio de Washington. A cambio de cooperar con la operación de los EEUU, se le permitió al gobierno de Islamabad recomoponer sus fuerzas en la región y proteger a algunos cabecillas talibanes.

Las fuerzas especiales de EEUU se dejaron caer en el norte de Afganistán. Enormes cantidades de efectivos y la posibilidad operar con los bombarderos B-52. Junto a la llamada “Alianza del Norte” los norteamericanos se dirigieron a Kabul, masacrando cualquier resistencia por débil que fuera. Los talibanes se evaporaron, reasentándose en territorio pakistaní. Al-Qaeda también se esfumó.

Se celebró una conferencia con notables afganos en Bonn, Alemania. Los afganos tenían la intención de reinstaurar el antiguo Reino, pero fueron presionados para que acabaran aceptando una democracia al estilo occidental. Literalmente comprados con enormes cantidades de dinero, los señores de la guerra del norte, toda suerte de bandoleros sin escrúpulos y con un cierto poder, y un puñado de exiliados codiciosos, conformaron el nuevo gobierno de Kabul. Para ellos todo era dinero y escasísima o nula capacidad para gobernar.

Todos estos errores de los estadounidenses, cometidos en los primeros días de invasión, siguen arrastrándose todavía.

Durante unos años, los talibanes permanecieron en la sombra. Pero las continuas operaciones estadounidenses, en las que no faltaron el bombardeo aleatorio de bodas, la tortura indiscriminada y el secuestro de supuestos seguidores de Al-Qaeda, decantaron a no pocos afganos. Pakistán, por su parte, temía quedarse atrapado entre una Afganistán permanentemente ocupada por los EEUU y una India siempre hostil. Cuatro años después de ser expulsados, los talibanes fueron reiniciando sus acciones hostiles, acompañadas, esta vez sí, de apoyos locales.

Ocupados en el frente iraquí, los EEUU reaccionaron sin prisa. Enviaron más tropas a Afganistán que, tras flujos y reflujos, ahora mismo están en fase de retroceso. Los militares estadounidenses demostraron su incapacidad logística y su increíble incompetencia para conectar con la población autóctona. Cuanto más se implicaba EEUU en el combate, más población afgana se pasaba al bando enemigo. La inmensa cantidad de dinero empleada para “reconstruir” Afganistán fue a parar a los bolsillos de los contratistas estadounidenses y los señores de la guerra afganos, pero con escasísima repercusión en la vida del pueblo. En estos momentos, la mitad de Afganistán está bajo control de los talibanes, mientras que la otra mitad está en permanente disputa.

Previamente a la campaña electoral que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca, el candidato republicano no dudó en mostrarse contrario a la presencia estadounidense en el escenario bélico afgano. Ya en plena campaña, empero, se mostró más cauteloso y señaló el peligro que supondría un Pakistán con una considerable potencia nuclear como una de las razones para no optar por el abandono de Afganistán. El problema para los norteamericanos es que Pakistán, en realidad, constituye el nudo gordiano de las líneas de suministro de los EEUU, y sin alternativas posibles. Quedarse en Afganistán para marcar líneas rojas a Pakistán, mientras EEUU depende de Pakistán para dar operatividad a la logística estadounidense es un contrasentido.

A principios de este año, EEUU canceló toda ayuda a Pakistán. Incluso el anterior gobierno paquistaní no dudó en amenazar a los EEUU con bloquear las líneas logísticas estadounidenses. El primer ministro entrante, Imran Khan, ha hecho campaña durante años contra la presencia militar norteamericana en Afganistán. Khan es partidario de una alianza con China antes que con EEUU. La única esperanza para Washington, pues, es que Pakistán se vea forzado a solicitar al Fondo Monetario Internacional (FMI) otro rescate y, de esta guisa, volver a estar bajo control occidental. Sin embargo, lo más probable que Imran Khan acabe solicitando ayuda financiera a China.

Bajo presiones de los uniformados, Trump acordó elevar la presencia en Afganistán en unos 15.000 efectivos más. Pero esta presencia apenas si cubría algunas áreas urbanas. El ochenta por ciento de los afganos viven en el campo. Las tropas y las fuerzas de policía afganas no sólo no son incapaces de luchar contra las partidas de talibanes, sino que no están dispuestas a disparar contra sus “hermanos”. Era obvio que la operación acabaría siendo un fiasco.

La mayoría de las medidas adoptadas por el presidente Trump para poner fin a la guerra en Afganistán ha producido escasísimos resultados positivos.

Los soldados estadounidenses en Afganistán no han logrado recuperar territorios a los talibanes. Las muertes de civiles han alcanzado máximos históricos. El ejército afgano está tratando de consolidar una fuerza aérea confiable y elevar el número de combatientes de élite. Los esfuerzos para paralizar las lucrativas operaciones de contrabando de drogas de los insurgentes no han cumplido las expectativas, de tal manera que funcionarios de la inteligencia de Estados Unidos han afirmado públicamente que la estrategia presidencial, si bien ha detenido los ingresos de los talibanes, no ha logrado revertir la situación.

Culpar a Pakistán por su apoyo a determinados líderes talibanes carece ya de sentido. En una reciente intervención de John Sopko, inspector general de los Estados Unidos para la Reconstrucción de Afganistán (SIGAR), hizo la siguiente reflexión: “Seguimos refiriéndonos a Pakistán como el problema clave. Pero el problema también es que el gobierno afgano es percibido muy negativamente por el pueblo y lo que realmente se necesita es conformar un gobierno creíble, que la gente apoye, un gobierno que no sea un nido de depredadores, un gobierno que no sea un grupo de personas sin ley, de señores de la guerra”.

Para Sopko, la política estadounidense de transferir miles de millones de dólares en este tipo de escenarios, lo único que consigue es fomentar la presencia de nuevos caudillos, de personas poderosas que se limitan a aplicar sus propias leyes.

En esencia -entenciaba Sopko-, el gobierno que apoyamos, particularmente algunas facciones de las fuerzas policiales locales afganas, no son más que milicianos uniformados del caudillo militar de turno,  imposibles de distinguir del enemigo”.

Este fue el problema desde el principio: EEUU se limitó a desarrollar una política de sobornos. Se han gastado ingentes cantidades de dinero sin que todo ese dinero se tradujera en apoyo popular. Los norteamericanos bombardearon y disparaon a los talibanes a lo loco, a menudo a poblaciones locales sin implicaciones con el enemigo. Se iniciaron diecisiete ofensivas militares en un año guiadas por la incompetencia, en lugar de proponer campañas políticas y económicas planificadas y sostenidas en el tiempo.

Después de un año de fracasos, la administración Trump decidió que había sonado la hora de retirarse de la mayoría de las operaciones bélicas en marcha y apostar por la negociación con los talibanes.

Ese cambio de rumbo, que prima las conversaciones con los talibanes, es el resultado del convencimiento de que el futuro pertenece a éstos, si bien es cierto que aún no se ha establecido una fecha para el diálogo, que la estrategia bien podría descarrilar, y que, en cualquier caso, la mesa de diálogo tendrá cuatro interlocutores: el gobierno de Kabul, los talibanes, Pakistán y los EEUU.

En febrero pasado, los talibanes hicieron firme su posición en una carta que aceptaba el diálogo, pero con una única salida. Los afganos están cansados después de cuatro décadas de guerras impuestas, anhelan la paz y un final satisfactorio para todas las partes, pero nunca abandonarán ni su credo religioso ni la defensa de la soberanía nacional.

Las recientes conversaciones entre los talibanes y diplomáticos estadounidenses en Doha, Qatar, no incluyeron —para sorpresa de todos— al gobierno afgano. A pesar del tono entusiasta de la agencia de noticias Reuters, las conclusiones de la cumbre no fueron muy halagüeñas.

Según un cabecilla talibán, hubo “señales muy positivas” en el marco de un “ambiente amistoso” en el hotel de Doha, pero “no se puede hablar de conversaciones de paz”, ya que de lo que se trataba, en realidad, era de “establecer una serie de reuniones para iniciar ulteriores conversaciones formales. Hemos acordado reunirnos nuevamente pronto y resolver el conflicto afgano a través del diálogo”.

Las dos partes discutieron propuestas para permitir el libre movimiento de los talibanes en dos provincias concretas, donde no serían atacados, una idea que, dicho sea de paso, el presidente Ashraf Ghani ha rechazado de plano. También se discutió sobre la presencia de talibanes en el gobierno de Kabul.

Otras conclusiones, a decir del representante talibán, fueron la de permitir “bases militares” estables de los talibanes en Afganistán y, como colofón, de que “la paz sólo puede restablecerse en Afganistán cuando se retiren todas las fuerzas extranjeras”.

¿Qué significa tal posición de los talibanes?

En primer lugar, los talibanes quieren gobernar oficialmente determinadas regiones del país y usarlas como refugios seguros, a lo que obviamente se opone al gobierno afgano.

En segundo lugar, la participación de los talibanes en el gobierno, propuesta que no rechaza, sin embargo, el presidente afgano Ghani. Este anhelo es, sin embargo, muy difícil de cumplir. Es muy poco probable que los dirigentes de la llamada “Alianza del Norte”, como Abdullah Abdullah, lo acepten y tampoco es menos cierto que los talibanes no tienen gran interés en ser “parte del gobierno”, para evitar así ser culpados de sus fracasos. Su carta del pasado febrero deja meridianamente claro que no quieren una parte, sino que quieren ser el gobierno.

¿Y Estados Unidos? Estados Unidos pretende, en principio, seguir en Afganistán, cosa a la que se oponen tanto los talibanes como los pakistaníes.

Los talibanes estarían listos, en su caso, para aceptar una retirada pacífica de las fuerzas militares estadounidenses. De hecho, es su única oferta, acompañada de la promesa de la expulsión de terroristas islamistas extranjeros de suelo afgano. Actualmente, los norteamericanos se están trasladando a ciudades grandes y bases militares seguras. Las áreas periféricas, si no han caído ya, no tardarán en caer en manos de los talibanes. Tarde o temprano las líneas de suministro de EEUU serán cortadas y sus bases estarán a tiro.

No hay perspectivas en Afganistán. La retirada es la única vía que los EEUU pueden negociar. No es una cuestión de “”, sino de “cuándo”.

La presencia soviética en Afganistán duró nueve años. Durante ese tiempo Moscú organizó un gobierno y un ejército que logró, durante tres años más, contener a los insurgentes tras la retirada soviética. El gobierno de Kabul sólo cayó cuando los soviéticos cortaron las transferencias de dinero. La ocupación estadounidense, de diecisiete años ni siquiera va a ser capaz de eso. El actual ejército afgano es un nido de corrupción y sus mandos una colección de incompetentes. Los EEUU les proporcionaron costosísimos y complicados equipos que no se ajustan a las necesidades afganas. Tan pronto como los EEUU se retiren del sur y el este del país, Kabul caerá como fruta madura. Sólo en el norte podrían demorarse un cierto tiempo las cosas. ¿Acabará Afganistán bajo la influencia de China?

El imperio errático ha vuelto a fallar en otro de sus enloquecidos empeños. Eso no impedirá, sin embargo, buscar una nueva aventura. El descomunal aumento del presupuesto militar de los EEUU apunta a un nuevo conflicto ¿Qué país será su próxima víctima?

 

[*] Moon of Alabama es un blog estadounidense de actualidad política fundado en 2004, en el que sus trabajos son publicados de manera anónima.

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