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¿Qué pasa en la en la trastienda europea mientras la estrella de la señora Merkel se apaga?

PUBLICADO EL Martes, 10 Julio 2018 01:09 Escrito por Srdja Trifkovic

Durante años y años la canciller alemana Angela Merkel ha sido considerada, con toda razón, una de las mujeres más poderosas del mundo. En los últimos meses, sin embargo, su autoridad ha caído en picado como consecuencia, fundamentalmente, de su errática política inmigracionista. Esta caída se hizo más que evidente en la recientísima cumbre especial de la Unión Europea sobre inmigración.

La reunión se convocó apresuradamente ante la insistencia de la señora Merkel por desarrollar una estrategia europea conjunta, con la hacer frente a la ola migratoria en curso. Pero, en realidad, de los que se trataba era de forzar mecanismos para evitar el colapso del gobierno de Berlín, haciéndonos creer que la Unión Europea puede desarrollar políticas de inmigración más estrictas. 

Su objetivo, en realidad, no iba más allá de aliviar la presión de la Unión Social Cristiana (CSU), socio bávaro del Partido Demócrata Cristiano (CDU), que había amenazado con abandonar la coalición gubernamental si la canciller no ponía fin a la política de puertas abiertas. El líder de la CSU, Horst Seehofer, amagó con renunciar como ministro del Interior a menos que la señora Merkel acordara rechazar la entrada a inmigrantes que solicitaran asilo en cualquier otro país de la Unión Europea, con el trasfondo del más que justificado miedo al crecimiento electoral del partido Alternativa por Alemania (AfD). 

“No se trata se saber si la señora Merkel sigue como canciller la próxima semana o no”, dijo Xavier Bettel, primer ministro de Luxemburgo, al salir de la reunión de Bruselas. Sin duda, le traicionó el subconsciente, porque la realidad es que verdadero objetivo de la cumbre no era otro apaciguar a los opositores. La antigua mandamás se ha visto, por tanto, reducida a enarbolar políticas mendicantes que, quiéralo o no, siguen contribuyendo a dividir a la Unión Europea y a cambiar sustancialemte el panorama político continental.

El “acuerdo” de Bruselas se limita a solicitar a los países miembros que acepten voluntariamente a los inmigrantes en nombre de la “solidaridad” y que los conduzcan  “centros de procesamiento” (¡no los llamen “campos de concentración”, por favor!). Por supuesto, no se dice dónde ubicarían dichos centros, cómo se organizarían ni, por supuesto, a dónde irían a parar los solicitantes rechazados. 

Propone también dicho “acuerdo” la creación de “plataformas de desembarco” en países extramuros de la Unión Europea, para evitar el Estrecho de Sicilia. Parece obvio, pues, que las nuevas soluciones están a años-luz de los anteriores planteamientos de la señora Merkel que hablaban de una “solución europea conjunta” que habría conllevado cuotas obligatorias de reasentamiento, lo que habría supuesto zonas donde gobernaría la “Sharía” en países que, como los de la Europa central, aún no se habían visto afectados por la “jihad” demográfica. 

El “acuerdo” de Bruselas es un auténtico dislate. Libia, Argelia, Túnez, Marruecos y Egipto ya se han adelantado a recharzar la creación, dentro de sus fronteras, de los “centros de procesamiento”. ¿Cabe la posibilidad de que cedieran? Evidentemente, pero solo a cambio de inyecciones de miles de millones de euros, procedentes principalmente del contribuyente alemán. Pero hay más: las autoridades de Hungría, Polonia, Bohemia y Eslovaquia ya han dicho que no piensan aceptar un solo inmigrante más, ni siquiera bajo las amenazas de las “cuotas obligatorias” impuestas por Bruselas. 

El nuevo gobierno italiano es escéptico: sus líderes consideran que no estamos ante acuerdos vinculantes y que, invariablemente, los acuerdos “voluntarios” acaban simpre en el cesto de los papeles. Cualesquiera que sean sus términos operativos, parece obvio que la señora Merkel se verá forzada a aceptar enfoques más restrictivos hacia la immigración. ¿Podría, sin embargo, tratarse de una estrategia de distracción de la canciller alemana? No hay que descartarlo, porque la señora Merkel, inexplicablemente, sigue siendo una enfervorizada partidaria de la gran sustitución, aunque también es verdad que se le están acabando las opciones para mantener antiguos consensos. 

El canciller austriaco Sebastian Kurz, cuyo país asumió la presidencia semestral de la Unión Europea el pasado primero de julio, ha afirmado públicamente que proteger a los ciudadanos europeos —no mostrar “solidaridad” y “compasión”, según la retórica estandarizada de la señora Merkel— sigue siendo la principal prioridad del bloque: “Necesitamos un cambio de paradigma en nuestra política de inmigración. Tenemos que centrarnos más en la protección de nuestras fronteras exteriores como condición previa para el desarrollo de una Europa común libre de fronteras interiores”.

Kurz y su homólogo danés, Lars Løkke Rasmussen, sugirieron hace un mes el envío de solicitantes de asilo rechazados a campamentos dentro de Europa, pero fuera de las fronteras de la Unión Europea. Plan que, a nuestro juicio, nada resolvería a largo plazo, ya que la mayoría de los inmigrantes permanecerían a unas pocas horas de viaje del corazón de la Unión Europea y podría tener consecuencias catastróficas para los países balcánicos.

Tanto Angela Merkel como Sebastian Kurz se han empeñado en tratar de averiguar la cuadratura del círculo. En 2015, la política de puertas abiertas de Merkel inundó a Alemania con más de un millón de extranjeros, la mayoría de ellos jóvenes musulmanes procedentes de Oriente Medio, a los que no se podía dar ocupación laboral alguna, a menudo se mostraban hostiles con el entorno y entre los que la criminalidad creció en proporciones alarmantes. Su presencia, además, ha reducido drásticamente la calidad de vida de millones de alemanes a quienes nunca se les preguntó si la deseaban o no. El ascenso de la AfD refleja, en cualquier caso, un cambio medular de la política alemana, de tal manera que incluso dentro de la CDU de Merkel, el canciller Kurz es visto como modelo para una nueva generación de líderes, que podrían dar un giro inesperado tras décadas de tibio centrismo y fracaso de las políticas multiculturales, factores estos que han forzado a la derecha a cosechar el peor resultado electoral desde 1949.

Viktor Orban, en Budapest; Jaroslaw Kaczynski, en Varsovia, y sus colegas de Praga y Bratislava, tienen, pues, todos los motivos para señalar el descalabro de las políticas inmigracionistas en países tan diversos como Italia, Austria, Eslovenia y Dinamarca.

El equilibrio de poder en Europa se ha alejado, irreversiblemente, del consenso liberal impuesto durante años por la canciller Merkel. Se cuestiona incluso sobre su permanencia en el poder en un plazo de tres años, y es casi seguro que no volverá a postularse para tratar de tomar las riendas, nuevamente, de Alemania. Para su disgusto suyo, millones de europeos —alemanes incluidos— están redescubriendo la importancia vital de la identidad y la cohesión basada en los ancestros y la cultura compartidos. Es cierto que los discursos que nos llegan de Bruselas no han sintonizado todavía con la realidad, pero el tiempo acabará haciéndolo de manera implacable.

Como ya dije en 2015, las políticas merkelianas fueron un brutal experimento sin precedentes en ingeniería social, no muy alejados de los horrores que, en el pasado, cometieron nazis y comunistas. No es casualidad, pues, que los supervivientes del totalitarismo rojo de la antigua República Democrática Alemana y sus descendientes opten masivamente por las listas electorales de la AfD.

Tampoco debe sorprendernos que los países del antiguo bloque soviético, del llamado “grupo de Visegrado”, permanezcan sólidamente unidos en defensa de la soberanía y la cohesión nacionales. Han conocido a demasiadas pandillas de idiotas ideologizados y no tienen el menor reparo en hacerles frente.

La mayor contribución de Merkel a la historia de Europa, paradójicamente, podría ser que sus estrategias suidas hayan forzado a millones de hedonistas y complacientes europeos a despertar.

Angela delenda est”.