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Diecisiete años después del 11 de septiembre, Estados Unidos sigue respaldando a Al Qaeda

PUBLICADO EL Sábado, 15 Septiembre 2018 05:35 Escrito por Finian Cunningham

 

Se ha afirmado hasta la saciedad que los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 fueron los mayores  realizados en territorio norteamericano. Diecisiete años después y de manera vergonzosa, el presidente Trump y los jefes militares del Pentágono amenazan con ir a la guerra en Siria para defender a los... terroristas.

Vergonzosa” tal vez no sea el término más apropiado. “Consecuente”, sería un término más adecuado.

Oficialmente, el caos que se desató en Nueva York hace diecisiete años se debió a la acción de diecinueve terroristas miembros de la red terrorista Al Qaeda.

Esta descripción sobre unos hechos que cambiaron el destino del mundo, empero, ha sido muy discutida por personas y organismos que no tienen el menor recato en afirmar que las agencias de inteligencia norteamericanas estaban implicadas. Sea como fuere, el caso es que la muerte violenta de unos tres mil ciudadanos estadounidenses, fue el pretexto para lanzar una serie de operaciones bélicas en el extranjero, cuya agenda oculta tenía como objetivo capital fortalecer el imperialismo norteamericano.

La historia oficial nos cuenta que los terroristas de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones en la mañana del 11 de septiembre de 2001, y los hicieron impactar contra las torres gemelas del World Trade Center, en Nueva York, así como contra el edificio del Pentágono, cerca de Washington. Un cuarto avión se estrelló en una zona rural de Pensilvania, supuestamente después de que los pasajeros desafiaran a los terroristas.

La red terrorista Al Qaeda, vinculada con Arabia Saudí a través del wahabismo, fue declarada “enemiga número uno” por el entonces presidente George W. Bush, quien procedió a lanzar ofensivas de castigo tanto en Afganistán como en Iraq, supuestamente para vengar las atrocidades del islamismo radical

La llamada “guerra contra el terror” no tardó en convertirse en un cheque en blanco para que los sucesivos gobiernos estadounidenses y sus aliados de la OTAN iniciaran guerras en cualquier parte del mundo, supuestamente para “derrotar a los terroristas”. Incluida la justificación del aumento de los poderes de vigilancia estatal occidentales contra sus propios ciudadanos.

Esto ha supuesto que autores escépticos e incluso críticos hayan cuestionado la historia oficial sobre el 9 de septiembre y el ulterior rosario de intervenciones militares estadounidenses y de la OTAN alrededor del mundo.

Una de las líneas clave para impugnar la narrativa oficial es la evolución documentada de la franquicia terrorista Al Qaeda. Al Qaeda nació patrocinada por los Estados Unidos, tras la suma de diversos grupos islamistas radicales en Afganistán durante la década de los ochenta. Se trataba, en definitiva, de que las tropas soviéticas tuvieran en Afganistán “su propio Vietnam”. La inteligencia militar estadounidense y británica, con la generosa financiación saudí, creó al Frankenstein del terrorismo islámico que, con el paso de los años, irá mutando y extendiéndose a lo largo y ancho de Medio Oriente y más allá de esta área geográfica.

La idea de que, después del 11 de septiembre, los estadounidenses nos protegerían del monstruo que ellos mismos habían creado, generaba no pocas sospechas.

La verdad es que Estados Unidos nunca dejó de manejar los hilos de todos estos grupos terroristas, desde el momento mismo en que Washington decidió que Afganistán iba a ser el “Vietnam soviético”.

¿Fue el 11 de septiembre una suerte de “tiro por la culata” o, quizá, la jugada maestra para presentarnos “nuevo Pearl Harbor”, la luz verde necesaria para declarar una guerra planetaria al servicio de los intereses estratégicos norteamericanos?

El éxito de ese nefasto plan encubierto es cuestionable dado los enormes costos financieros y sociales para la sociedad estadounidense, así como también por el caos generalizado que ha socavado la seguridad global.

Hay observadores para los que parece indiscutible la existencia de una relación simbiótica entre la potencialidad del terrorismo islamista y el Estado imperialista norteamericano. El “enemigo” oficial no deja de ser una bendición para justificar la proliferación de legislaciones opresivas contra los ciudadanos occidentales, sirve como justificación para inflar los presupuestos del complejo militar-industrial en el corazón de la economía capitalista estadounidense y, por supuesto, para intervenir ilegalmente en países extranjeros,  intervenciones que, bajo otros parámetros, serían catalogadas como lo que son: “agresiones criminales”.

El terrorismo islamista sirve para “echar una mano”, como en la época de los soviéticos en Afganistán. En lugar de embarcarse en una participación militar a gran escala, las bandas de Al Qaeda se despliegan para hacer el trabajo sucio de Washington. Tal es la idea de Estados Unidos en Siria hoy: convertirla en un nuevo Afganistán.

El Pentágono y los aparatos mediáticos estadounidenses se burlan de estas afirmaciones sobre la connivencia norteamericana con los terroristas. “Estamos bombardeando Siria para derrotar a los terroristas”, reza el mantra.

Si esto fuese así, como afirma Washington, ¿por qué altos mandos militares estadounidenses, como Michael Flynn, han admitido que el gobierno de Obama apoyo deliberadamente a las bandas terroristas en Siria? ¿Por qué se han invertido cientos de millones de dólares en formar un “ejército rebelde moderado” inexistente en Siria, únicamente para que el armamento “made in USA” acabe en manos de grupos terroristas como el Frente Al-Nusra? ¿Qué hay de los informes de vuelos de helicópteros militares estadounidenses trasladando a “comandantes” de Al-Nusra a territorios “más seguros” de Siria? ¿Es así como se “combate el terrorismo”?

Desgraciadamente, se ha tardado cerca de ochos años en Siria en descubrir el alcance total y real de la criminalidad norteamericana y de sus aliados británicos y franceses, sin olvidarnos de saudíes, turcos e israelíes.

Ahora se está cerrando el círculo. El presidente Donald Trump y sus altos funcionarios advierten que lanzarán ataques militares contra Siria si el Ejército árabe sirio y sus aliados rusos e iraníes continúan con la ofensiva para retomar la provincia de Idlib. La provincia noroeste es el último reducto del terrorismo antigubernamental. Estos terroristas no son, en modo alguno, los “rebeldes moderados” con los que los aparatos mediáticos occidentales engañan a la “población informada”. Estos terroristas son parte del Frente Al-Nusra, Ahrar al Sham, Estado Islámico y otras organizaciones jihadistas de obediencia wahabí fieles a Al Qaeda. La sopa de letras de presuntas partidas de milicianos “moderados” es la enésima engañifa norteamericana.

Lo que está queriendo decir Trump con la cuestión de las “armas químicas” o la necesidad de eviatar cualquier iniciativa del Ejército árabe sirio para recuperar todo su territorio, es una “escalada inaceptable” que recibirá una respuesta militar de los EE.UU.

No hay otra razón creíble para tal despliegue militar por parte de Washington en Siria. Los medios de comunicación occidentales están, como de costumbre, enarbolando la mendacidad, afirmando que la ofensiva del Ejército árabe sirio desencadenará una “crisis humanitaria”, en lugar de informar verazmente sobre el hecho objetivo que lo que pretende Damasco es acabar de limpiar Siria de bandas criminales.

En Siria, hoy, diecisiete años después del 11 de septiembre, la relación real entre el gobierno norteamericano y el terrorismo islamista es obvia. Los Estados Unidos de América son los Estados Unidos de la anarquía.

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