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Manuel Parra: "Sobre la violencia en Cataluña"

PUBLICADO EL Domingo, 02 Septiembre 2018 03:11 Escrito por

Excelente artículo de nuestro columnista Manuel Parra Celaya sobre quiénes y de qué forma ejercen la vioencia en la región española de Cataluña.

 

No, no teman los lectores: no voy a remontarme a las teorías de Sorel, sino a aproximarme a situaciones más próximas y concretas, diríamos candentes en esta hora de Cataluña.

No sé si fueron muchos o pocos los que tragaron aquello de la revolución de las sonrisas con que Mas, Puigdemont y demás hermanos mártires presentaron el proceso separatista y vendernos la moto del golpe de Estado ejecutado el otoño pasado; quizás se trataba de una coartada histórica, para hacernos olvidar lo leído y estudiado sobre la ridícula intentona de Macià en Prats de Molló y la no menos esperpéntica -pero cruenta- de Companys en un 6 de octubre; seguro que ninguna de ambos hechos serán objetos de esa comisión de la verdad (¿no les suena a Orwell claramente?) que prepara el diletante presidente Sánchez.

En todo caso, con la pantomima de las sonrisas, se trataba de hacer comulgar al personal con ruedas de molino y, de paso, poner en un brete ante Europa al tontísimo ejecutivo de Rajoy, como así ocurrió.

Abro el diccionario de la RAE, que, del término violento, me ofrece varias acepciones interesantes; la primera es de cajón: Que está fuera de su natural estado, situación o modo, y que se puede aplicar muy bien a ese sector alucinado de mi tierra; la quinta acepción también es muy ilustrativa: Dícese de lo que hace uno contra su gusto, por ciertos respetos o consideraciones, y este significado es muy claro para fijar la situación de otros catalanes, los que no tragan esas ruedas de molino, pero se ven impelidos a callarse hace décadas.

Para no alargarme en disquisiciones académicas, añado solo la octava acepción: Falso, torcido, fuera de lo natural, que da de lleno en las figuras de los gerifaltes de la gestión separatista.

Particularmente, entiendo por violencia la negación del respeto debido a la dignidad de la persona, y esta definición me sirve para un sinfín de situaciones y de tipos; así, hablaríamos de una violencia económica, cuando se falta a la justicia social; moral, cuando afecta a las creencias religiosas o éticas; psicológica, en el momento que se manipula al ser humano, o física, que es a la que se refieren constantemente los plumíferos y gacetilleros del Sistema.

Hasta hace poco, esa violencia física en Cataluña -además de la destrucción de vehículos de la Guardia Civil, registrada en vídeos- se resumía en referencias de empujones, encontronazos e intercambio de insultos y alguna bofetada que otra. Borrell ya pronosticó que estábamos al borde de un enfrentamiento civil, frase que hizo rasgarse las vestiduras tanto a los separatistas de las sonrisas como a aquellos que seguían utilizando el papel de fumar para sus intimidades (y perdonen el exabrupto).

Hace escasos días, una madre de familia recibió un puñetazo en la cara de un energúmeno, ante la mirada de sus hijos, porque ella había osado echar a la papelera unos plásticos amarillos que representaban lazos a favor de los golpistas del separatismo. En el colmo del cinismo, el diputado Rufián afirmó ante las cámaras de televisión que este altercado carecía de fondo político…

Desde su retiro a lo sagrado, Puigdemont afirmaba sin rubor que los culpables eran los que se oponían a la independencia de Cataluña; es decir, que la chulería y la preponderancia de los CDR y de sus mentores en los despachos oficiales debe ser acatada sin discusión; si volvemos a la historia, estos comités nos recuerdan a las patrullas de control bajo el gobierno de Companys, pero este es otro tema.

En Cataluña se han venido aplicando formas de violencia hace tiempo, sin que merecieran la menor atención por parte de los poderes del Estado. Así, la violencia practicada contra las familias que reclamaban que sus hijos pudieran seguir una enseñanza bilingüe, tema tabú, al parecer, tanto para el PP como para el PSOE en el poder.

O la violencia psicológica que vienen padeciendo en las poblaciones de la llamada Cataluña profunda, donde un cerco social contra los no separatistas es tan completo que obliga a someterse y callarse o exiliarse. O la violencia moral que supone que la asistencia a actos de culto por parte de los católicos se vea supeditada a la aceptación de que los símbolos separatistas predominen sobre la cruz o que el mosén de turno otorgue certificados de catalanismo a sus fieles o les conmine a abandonar la iglesia. O que maestros determinados manipulen en las aulas las conciencias de los pequeñitos…

El clima es, en muchos lugares, irrespirable, y las miradas y gestos de animadversión o de odio hacia los sospechosos de no ser adictos a la sedicente república catalana van siendo sustituidas por actitudes como las del chulángano del Parque de la Ciudadela. Se ha dicho, y no exageración, que una parte de Cataluña está basatunizada.

El puñetazo contra una madre de familia puede ser, para los tibios, anecdótico, pero es consecuencia lógica de este clima de violencia sostenida y pronóstico -Dios no lo quiera- de situaciones más tensas y peligrosas, ante las que no podrán cerrar los ojos los melifluos o interesaos poderes del Estado.

Manuel Parra Celaya

"IN REBUS DUBIIS"

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