Domingo, 23 Septiembre 2018

El fortalecimiento del dólar provoca la desdolarización global

PUBLICADO EL Domingo, 26 Agosto 2018 23:46 Escrito por Federico Pieraccini

Donald Trump abandonó la Asociación Transpacífico (TPP) así como la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones (TTIP), retiró a Estados Unidos del acuerdo climático de París, y eliminó unilateralmente la participación estadounidense en el acuerdo nuclear iraní conocido como “Plan de Acción Integral Conjunto” (JCPOA).

Algunas de estas decisiones, sin lugar a dudas, han recibido apoyo popular más allá de las fronteras de los Estados Unidos. La retirada de Washington del TPP fue bien recibida por Pekín que, durante la presidencia de Obama, expresó enérgicamente su protesta por la exclusión del gigante asiático. En el caso del TTIP, los aliados europeos, en su mayoría, se oponían firmemente al tratado por el hecho de que las multinacionales europeas estarían sujetas al albur de las autoridades estadounidenses.

El acuerdo climático, que impone límites importantes a las emisiones de CO2, así como normas que regulan el índice de contaminación, ha sido fuertemente contestado por los oligarcas de la energía norteamericanos. La retirada del acuerdo de París ha satisfecho a una franja sustancial de los donantes de Trump vinculados a la industria de hidrocarburos. Finalmente, el abandono del JCPOA por parte de Estados Unidos fue elogiado tanto por Riad como por Tel-Aviv, socios fundamentales en la estrategia nacional e internacional de Trump.

 

Meses después de esta huida hacia adelante la mayoría de países han reaccionado ignorando a los Estados Unidos y enfatizando la cooperación entre ellos. El TPP, con sus acuerdos entre once países, se ha mantenido sin Washington. El desarrollo de las relaciones entre la ASEAN y China continúa sin la participación de Washington. Mientras que el TTIP se ha detenido, el Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA), se encuentra en su etapa final de aprobación, un acuerdo entre Canadá y la Unión Europea que elude el TTIP, de marchamo inequívocamente estadounidense. El acuerdo con Irán sigue vigente a pesar de la cobarde retirada de Washington, y los cinco países que permanecen en la agenda tienen toda la intención de respetar el JCPOA, que no es fruto de un día y se negoció durante años.

Además de retirarse de los tratados citados, Washington ha comenzado una guerra comercial de calado, imponiendo aranceles a aliados y enemigos, sin distinción. Desde Rusia a la Unión Europea, así como a China, Corea del Sur, Japón y Turquía, todos se enfrentan a la decisión sin precedentes sobre aplicación de aranceles al comercio. Según Trump, esta es la única forma de equilibrar un déficit comercial que ha alcanzado más de 500 mil millones de dólares USA.

Además de los tratados rotos y la imposición de aranceles, Trump ha criticado con vehemencia algunos pilares del orden liberal surgido con posterioridad a la II Guerra Mundial, como la OTAN y la mismísima alianza con determinados países europeos. La sugerencia de que la OTAN puede estar obsoleta ha sacudido las capitales europeas. La estrategia de Trump era, sin duda, presentarse ante sus electores con logros tangibles y, en el caso de la OTAN, con la imposición de un aumento sustancial del gasto militar de sus miembros europeos. Trump quiere un compromiso del 2% del PIB para gastos en defensa, y los representantes nacionales de la OTAN parecen estar ahora de acuerdo en la necesidad de aumentar dichas inversiones.

Finalmente, el golpe devastador de Washington vino con el abandono del acuerdo nuclear iraní, creando tensiones significativas con los aliados europeos. Estados Unidos decidió imponer sanciones a las compañías que hagan negocios con Teherán a partir del próximo mes noviembre. La Unión Europea reaccionó inmediatamente con una ley para proteger a las compañías europeas de multas estadounidenses, pero no pocas de estas multinacionales, francesas y alemanas principalmente, parecen haber abandonado sus proyectos en Irán, temiendo represalias de Washington.

Trump comenzó incluso apuntando directamente a los aliados históricos. Primero criticando enérgicamente a Theresa May por la lentitud del Brexit, luego a Erdogan por la compra del sistema de defensa ruso S-400 y la detención de un pastor estadounidense -acusado de haber participado en el intento golpe de estado de 2016-, dando, por último, luz verde a Arabia Saudita para su particular guerra comercial y política con Qatar, país aliado de Turquía.

En este ambiente incierto y sin precedentes, los mejores amigos de la América de Donald Trump son Israel y Arabia Saudita, con un gobierno italiano que está ofreciendo una faz amigable, con la intención de tratar de desbancar a Francia y Alemania, y tratar de volver a influir en la política europea. Falta por ver qué exigirá Trump a Roma, en puntos tan sensibles como Libia y sobre diversos asuntos comerciales y arancelarios.

Trump parece haber estado esbozando, durante sus casi veinticuatro meses de presidencia, su estrategia política. Los neoconservadores, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, utilizaron la fuerza militar en Iraq y Afganistán, sin poder rival capaz de interponerse en su camino. Con Obama, la estrategia pasó a operar bajo la cobertura de la “democracia” y los “derechos humanos”, utilizando medios más sutiles para provocar cambios de régimen, como las llamadas “revoluciones de color”. Todo parece indicar que esta estrategia seguiría funcionando con Trump. Actualmente, quienes planifican el orden militar de los Estados Unidos, empero, deben lidiar con una fuerza militar efectiva al otro lado: Moscú recupera Crimea para la Federación de Rusia e interviene directamente en Siria para apoyar al gobierno legítimo de Bashar Al-Assad.

Trump parece haber entendido los mensajes provenientes de Pekín y Moscú sobre la inviolabilidad de su territorio, sus esferas de influencia y su soberanía. Por esta razón, las agresiones de Washington parecen abocadas al marco del ámbito económico.

Trump ha armado el dólar y lo está aplicando contra aliados y enemigos, con los que tratar de lograr beneficios para los Estados Unidos. Lo que la actual administración intenta hacer es usar la fortaleza del dólar -la moneda de reserva por excelencia, moneda fundamental todavía para la compra y venta de petróleo- como arma contra adversarios y aliados. Situación dolorosa para terceros países en la medida en que la economía global gira en torno a Washington y el dólar.

La capacidad de impedir que las empresas europeas operen en Irán se deriva del estado del petrodólar. Washington prohíbe a los bancos extranjeros trabajar con bancos iraníes, bloqueando el flujo de dólares estadounidenses hacia ese país, excluyéndolo de las trasacciones bancarias internacionales SWIFT.

Para comprender las consecuencias de estas acciones, es importante observar cómo los presidentes que precedieron a Trump trabajaron para afinar los mecanismos del imperialismo económico estadounidense.

Sin embargo, tras las guerras en Iraq y Afganistán, varios países comenzaron a anticipar y planificar en contra de escenarios de agresión estadounidense.

Las alianzas se han fortalecido -Pakistán con China, India con Rusia, Qatar con Turquía, Irán con Rusia, China y Turquía-, muchos problemas, aunque con lentitud, se están resolviendo -los contenciosos entre la India y Pakistán, así como la consolidación de relaciones de las dos Coreas- y, por último, varios países del orbe se han decantado por comprar armas a Rusia y a China con el objeto de mantener a raya al imperialismo estadounidense.

La metodología de las “revoluciones de color” se empleó como sustituto de la intervención militar directa -Iraq y Afganistán- en otros escenarios como Libia, Ucrania y Siria. Después de las guerras entre 2002 y 2003 en Iraq y Afganistán, potencias como China, Rusia e Irán trazaron una “línea roja” con respecto al intervencionismo norteamericano. La efectividad de las “revoluciones de color” disminuyó cuando rusos, chinos e iraníes comenzaron a cerrar ONGs financiadas por indivíduos como Soros y otros globalistas, con el objetivo de lograr cambios de régimen bajo la falsilla de la “democracia” y los “derechos humanos.

La perspectiva del “establishment” político de Washington se basa en el poder militar, pero este es ahora menos demoledor frente a la capacidad de respuesta chino-ruso-iraní, lo que garantiza la independencia estratégica de Eurasia y sus socios -Turquía, India, Qatar, Pakistán, Líbano, Siria, Libia, Egipto y Filipinas-.

Por lo que respecta a las “revoluciones de color”, el artificio ha sido desenmascarado y los países objetivo de tales ataques ahora pueden reconocerlos rápidamente y actuar con toda celeridad para neutralizarlos, tal y como sucedió en Hong-Kong en 2014.

Donald Trump ha recurrido al único arma que le quedaba; esto es, el poder económico del dólar estadounidense, el único que parece darle la oportunidad de abordar con ciertas garantías los acontecimientos mundiales. La estrategia de Washington tendrá beneficios a corto plazo, cierto, pero efectos devastadores a largo plazo. La única forma de combatir el dominio financiero de Estados Unidos es deshacerse del dólar estadounidense y cambiarlo por otras monedas. El poder económico de Washington, al fin y al cabo, es consecuencia del uso que el mundo hace del dólar. La decisión de Trump de usar el dólar estadounidense como arma tiene, necesariamente, que costarle caro a su país en el futuro, y es más que probable que el dólar, en el futuro, pierda su papel de moneda de reserva mundial. Como ha demostrado el transcurso de la historia, cuando una moneda de reserva se transfiere a otras monedas, el imperio que dependía de esa situación entra irremediablemente en declive. Esto le ocurrió a Francia y Gran Bretaña, y no es descartable que le suceda a Estados Unidos.

Si el sistema de defensa ruso S-400 representa militarmente un serio obstáculo para Washington, negando como lo hace el dominio aéreo norteamericano, la desdolarización será la respuesta obvia al uso del dólar por parte de Trump como arma contra amigos y enemigos.

 

 

Rusia empieza la desdolarización de la economía

 

 

Esta vulnerabilidad está constituyendo, además, una llamada de atención para los aliados de Estados Unidos, que se han llenado bolsillos privados y las arcas estatales con dólares estadounidenses a tasas de interés cero. Basta con mirar la situación de Turquía, con casi 100 mil millones de dólares USA de deuda externa. Ankara es una víctima de la dolarización de su economía y esta es la razón por la es muy vulnerable a los ataques de Trump y, si la situación no ha sido más grave, es porque Qatar ha invertido 15 mil millones de dólares USA para que la lira turca pudiera resistir. El peligro de colapso económico, no obstante, sigue siendo real, en la misma línea que se experimentó en Asia a fines de la década de los noventa por medio de devastadores ataques financieros especulativos. En contraposición a Turquía, Moscú se encuentra con una deuda pública muy baja, de tan solo 13 mil millones de dólares USA, y embarcada en un proceso de desdolarización de la economía.

Trump ha puesto indirectamente en marcha un reequilibrio global muy necesario para los Estados Unidos. La aceptación de Washington de un grado menor de preponderancia mundial, no impide, empero, que Washington haya perdido la libertad de imprimir dinero, aumentar la deuda, cambiar dólares por bienes reales y seguir siendo creíble para el resto del mundo para que continúe comprando bonos del Tesoro, en lugar de oro, como un refugio seguro. De momento, Trump podrá usar el dólar USA como un bate de béisbol con el que golpear a amigos y oponentes.

Sin embargo, esta estrategia ha sido captada por rusos, chinos e iraníes y esa es la razón por la cual han estado intercambiando, durante años, sus dólares por otras monedas. Estados Unidos, como imperio en declive, está defendiéndose como gato panza arriba, empleando todas las armas de las que dispone para tratar de detener su decreciente situación como única superpotencia mundial. Ahora le toca el turno a aliados de Estados Unidos de renunciar al dólar USA, interiorizando que la verdadera soberanía está garantizada por la soberanía económica.

 

 

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